Resurgir sin coraza

Las voces de los días/5 – El arte de reformar es una humilde y milagrosa obra de artesanía.

Luigino Bruni

Publicado en  pdf Avvenire (42 KB) el 03/04/2016

Logo Voci dei giorni rid"Ninguna comunidad se funda de una vez por todas. El primer fundador no puede ser el único y exclusivo punto de referencia. Las necesidades de la sociedad cambian; las comunidades evolucionan; sus miembros crecen. Las comunidades tienen que ser continuamente ‘re-fundadas’. El mito fundador permanece pero la forma en que éste se encarna está llamada a cambiar. En ese momento es muy necesaria la presencia de ‘re-formadores’ sabios que sean capaces de avanzar, manteniendo y desarrollando el mito fundador, pero también podando y remodelando lo que en los primeros años parecía esencial aunque en realidad no lo era.

Jean Vanier, El mito fundador

En la historia de las comunidades, organizaciones y movimientos que han sido capaces de seguir viviendo después de la etapa de los fundadores, se observan algunas constantes: todas han tenido reformadores y todas han sabido contar  historias nuevas, además de la de la fundación.

Los reformadores permiten que el carisma del fundador siga vivo y fecundo y que sus comunidades vuelvan a hacerse las preguntas carismáticas originarias pero cambiando las respuestas. Cuando no surgen reformadores o no se les reconoce e incluso se les considera hostiles, las experiencias carismáticas e ideales inevitablemente declinan por falta de incidencia en el presente. La incapacidad para traducir el primer mensaje y la primera experiencia provoca una falta radical de “vocaciones” y una carestía de jóvenes. Una crisis espiritual y moral profunda afecta a sus miembros más involucrados y motivados. En un primer momento sufren por esta falta de jóvenes y de nuevas vocaciones, después se vuelven indiferentes y por último experimentan incluso una cierta alegría, pues su propia decepción les lleva a no desear que nadie repita su misma triste experiencia existencial. Es una crisis que se manifiesta como un envejecimiento no bueno, que lleva a leer la vida como decadencia y declive. Cuando en las comunidades carismáticas concretas surgen estos síntomas, está claro que necesitan urgentemente una reforma.

En la fase de fundación, los carismas generan más semillas que las que pueden florecer en la primera etapa. Estas semillas están destinadas a germinar en etapas sucesivas, cuando las primeras hayan envejecido.  Un carisma tiene más potencial que el que logra manifestarse en la fundación. Hay vetas profundas que no afloran inmediatamente, aunque estén unidas a la misma fuente, sino que destinadas a emerger durante la sequía o después de un terremoto. La Iglesia ha amado y abrazado más pobrezas concretas, a lo largo de dos milenios, que las que amaron Jesús de Nazaret y sus discípulos. Los pobres de Madre Teresa, de Francesca Cabrini, de don Oreste Benzi o de Frei Hans no son los de la Palestina de Pilatos. Estos nuevos carismas han hecho por la pobreza, en nombre de Jesucristo, “cosas más grandes” que las que hicieron el mismo Jesús y su comunidad histórica. Cada carisma vive un proceso parecido: durante su desarrollo descubre dimensiones que no emergieron durante la vida histórica del fundador. El fundador crea la comunidad-movimiento a través de un proceso de descubrimiento del carisma, que se le revela progresivamente a lo largo de toda su existencia. Lo que resulta más difícil es que la comunidad fundada adquiera conciencia de que este progresivo descubrimiento del carisma continúa después de la primera fundación y que, si se interrumpe, el primer carisma se volverá estéril.

Algunas veces el que entiende que la Iglesia que hay que reconstruir no es la de San Damián es el Francisco histórico. Otras veces el que lo entiende y lo hace es el espíritu de Francisco vivo entre los franciscanos. El Francisco después de Francisco es el que lleva a cumplimiento la fundación de Francisco de Bernardone. En cambio, cuando el proceso de fundación se bloquea con la primera generación, por considerarla completa y definitiva con la muerte del fundador, el carisma no puede madurar ni revelarse en plenitud iluminando y explicando también hechos y acontecimientos de la generación fundacional. Es lo mismo que ocurre en nuestras casas, cuando ponemos algunas manzanas entre los kiwis para hacerlos madurar. El Francisco que sigue viviendo después de él, le sirve también al primer Francisco, en una misteriosa pero real solidaridad inter-temporal. Sin Buenaventura y sin Bernardino de Siena, nosotros sabríamos menos de su carisma. Los primeros beneficiarios del valor de los reformadores son los fundadores, que pueden decir cosas nuevas y a veces distintas gracias a que han sido liberados de las limitaciones de su tiempo histórico. Los reformadores hacen rodar las piedras de los “sepulcros” de sus fundadores, “resucitándolos” así de sus sepulcros. La verdadera reforma no es sólo una actualización del carisma, sino una continuación de la primera fundación, con frutos y milagros distintos pero no menos maravillosos. Los segundos “milagros” son esenciales para poder desvelar los primeros.

Entonces ¿por qué las reformas, que son tan valiosas, son tan raras y siempre tan dolorosas?  Las primeras novedades carismáticas, para poder sobrevivir al tiempo en que nacieron (todas las sociedades tienden a matar a los profetas que podrían salvarlas), tienen que realizar una especie de hibridación entre lo nuevo y lo viejo, para impedir que lo viejo rechace y sofoque a lo nuevo. La primera generación desarrolla de forma natural, alrededor de los primeros arbustos buenos, una vegetación auxiliar que protege las plantas tiernas y nuevas, que así pueden florecer a la sombra de otras plantas más robustas y resistentes a la intemperie. Así pues, las intuiciones carismáticas se rodean de toda una espesura subsidiaria; se revisten de infraestructuras, lenguajes y reglas escritas y no escritas, a veces auto-producidas y otras veces heredadas de la tradición y del contexto histórico concreto. Esta hibridación – que es un proceso distinto y paralelo a la producción ideológica que acompaña el desarrollo de un ideal y del que ya hemos hablado en estas páginas -, en un momento determinado se convierte en una camisa de fuerza que bloquea el crecimiento y cierra el futuro. Las reformas surgen para aflojar y, en los casos más felices, romper el revestimiento inicial que se ha ido transformando progresivamente en una camisa de fuerza, el escudo protector que se ha ido transformando en una rígida coraza de acero.

La mayor dificultad de esta operación de liberación estriba en distinguir la camisa de fuerza de la “persona” que la lleva. En las comunidades carismáticas más grandes y ricas, la hibridación entre lo viejo y lo nuevo es profunda y dura muchos años; algunos trozos de coraza entran en la carne y la piel se reviste con partes de la armadura. El primer lugar que encierra la compenetración de lo viejo y lo nuevo es la misma regla escrita y dejada por el fundador a sus herederos, donde conviven elementos de novedad con otros de revestimiento. Pero ni siquiera el fundador es consciente, salvo en una mínima parte, de esta coexistencia.

Las reformas son dolorosas porque, al quitar la coraza, siempre se arranca algún jirón de piel junto con ella. Por eso las comunidades sienten una tendencia, casi invencible, a rechazar a los reformadores aunque los necesiten para vivir. La exigencia natural y necesaria de proteger y salvar al carisma acaba bloqueando los intentos de reforma. En nombre de la pureza, se condena al carisma a la esterilidad. La pureza se transforma en purismo infecundo, por falta de suficiente valentía carismática para arrancar algún trozo de piel, evitando producir una herida por la que, sin embargo, pasa la única salvación posible.

Toda traducción es también una traición, pero el miedo a la traición no debe impedir que se realice la traducción. Porque sin traducción las espléndidas poesías de los carismas son incomprensibles para las personas que queriendo escucharlas, hablan y entienden otra lengua.

Muchas experiencias ideales y carismáticas hoy seguirían vivas y/o serían fecundas si hubieran sido capaces de generar una reforma a partir del dolor de una herida. Las reformas raramente tienen éxito porque o bien se asfixia a los reformadores auténticos o se escucha a los falsos profetas, o ambas cosas. Los reformadores sabios y los falsos profetas se parecen mucho, demasiado. Cuando resulta demasiado fácil reconocer a los reformadores, casi siempre son falsos reformadores. El primer criterio para reconocer a un reformador es que no se presente como tal a la comunidad. Hay que desconfiar siempre de los reformadores que se auto-atribuyen este título y se presentan al pueblo como “reformadores por vocación”. El primer arte de los reformadores es el del artesano: saben recoger las piedras de ayer, a veces incluso los escombros, y edificar con ellas, con humildad y esperanza, un nuevo San Damián, más pequeño que el viejo templo pero donde es posible escuchar en humilde silencio la primera voz y a veces aprender a rezar.

Cuando los procesos de reforma tienen éxito, las comunidades viven una auténtica resurrección, a la que sigue un pentecostés. Las distintas lenguas se comprenden entre sí y aparecen nuevas historias que contar. Las reformas también son nueva evangelización, buenas nuevas que narrar y narrarnos unos a otros. Al lado de las primeras historias fundacionales surgen otras nuevas, que hacen que las primeras vuelvan a vivir y a cantar. La crisis es siempre una carestía de historias capaces de con-movernos, de movernos por dentro y juntos. Las reformas vuelven a poblar las comunidades y el mundo con nuevas historias de muertos que resucitan, de ciegos que ven, de agua que se transforma en vino y de pobres que se convierten en ciudadanos de un reino distinto.

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