Esperanza (la sala del tesoro)

Comentario – Virtudes para recuperar y vivir/5

por Luigino Bruni 

publicado en Avvenire  el 08/09/2013 

logo_avvenireEl recurso más escaso de nuestra civilización en realidad es la esperanza. No hay duda de que la esperanza es una virtud, pero tras esta gran palabra se esconden muchas cosas, algunas más grandes que la virtud y otras más pequeñas. Como cualquier otra palabra noble y antigua, la esperanza se parece a esas ciudades esrtratificadas por las que a lo largo de los siglos han pasado varias civilizaciones y muchas vidas. Así, podemos encontrar con facilidad un primer estrato, muy superficial, de la esperanza, que no es una virtud sino un mal. Es la esperanza que la mitología griega ponía dentro de la caja de Pandora (la caja que contenía todos los males) y que misteriosa y ambiguamente, no salía a inundar el mundo junto con los demás males, sino que se quedaba encerrada dentro de la caja.

Es la esperanza que San Pablo califica como “vana”, a la que recurren muchas veces los poderosos cuando invitan a los ciudadanos a esperar en una recuperación imaginaria y en un futuro mejor, mientras ellos no hacen nada o hacen demasiado poco para mejorar las condiciones de vida del presente. Es la esperanza de ganar la lotería o la actitud de quien responde “esperemos que todo vaya bien” ante una petición de ayuda; una frase que no cuesta nada (y que tampoco tiene ningún valor) y que señala el final del encuentro y la renuncia al compromiso de buscar juntos una solución concreta. Esta esperanza es ‘opio de los pueblos’ y muchas veces se ha convertido y se sigue convirtiendo en instrumento de dominio, sobre todo de los pobres, víctimas de ilusiones creadas para mantenerlos en su indigencia o en su miseria. Esta esperanza es un mal, porque puede impulsarnos a vivir (o más bien a sobrevivir) sin asumir el compromiso de convertirnos en protagonistas de nuestra propia felicidad, esperando pasivamente que la salvación nos venga de la suerte, de los dioses o del estado. Contra esta esperanza vana e ilusoria libraron una dura batalla primero la filosofía griega y después, con determinación, el cristianismo, para liberar a las personas de esperanzas malévolas y engañadoras y permitir que se abrieran a la esperanza que no defrauda. Una batalla que, debemos reconocerlo, prácticamente se ha perdido. Al menos eso parece, si atendemos a la cantidad de ilusiones y falsas esperanzas que produce nuestra cultura del consumo y la televisión (los datos sobre las horas que pasamos, cada vez más solos, ante el televisor son abrumadores; hemos vuelto a los altísimos niveles de los años 80).

Si hurgamos un poco más en profundidad, encontraremos un segundo nivel o estrato de una esperanza que ya empieza a ser virtuosa. Es esa actitud espiritual y moral gracias a la cual encontramos verdaderas razones para esperar que el futuro próximo sea mejor que el presente y ejercitarnos para que el “todavía no” se convierta en el esperado “ya”. Es la esperanza que empujó a las generaciones anteriores a luchar contra un presente pobre y escaso en bienes y derechos para construir un futuro mejor para sus hijos y nietos. Esta esperanza es la que hizo soportables y a veces incluso alegres los trabajos de muchos de nuestros abuelos y abuelas, empleados como semi-siervos en el campo o en la mina, porque detrás de aquellas lágrimas intuían futuros diplomas, licenciaturas, casas, trabajos y campos. Era la esperanza de las novias, esposas y madres, pero también la de muchos aparceros y pequeños artesanos que se convirtieron en empresarios, más que por amor al dinero, buscando un futuro mejor en dignidad y libertad.

Hay un tercer nivel de esperanza. Al llegar a él comienzan a desvelarse los rasgos de una ciudad antigua muy noble y bella. Es la esperanza de quienes han luchado hasta dar la vida para construir un futuro mejor no sólo para sus hijos, sino para los hijos de todos. Es la esperanza cívica, social y política que ha movido a miles de trabajadores, sindicalistas, políticos, cooperativistas, ciudadanos, hombes y sobre todo muchas mujeres (demasiadas veces olvidadas), que han querido y sabido dedicar su vida a mejorar el mundo. Esta esperanza es la que amplía las fronteras de lo humano, la que sustenta todas las virtudes, regándolas y dándoles valor, sentido y dirección. Y esta es la esperanza que hoy debemos ejercitar diariamente y reactivar, sobre todo juntos, para recomenzar en la politica, en los mercados y en las empresas, que no pueden serguir más tiempo des-esperadas. Es necesario aumentar los actos y los ejercicios virtuosos de esperanza. Debemos ponerlos en el candelero y contárnoslos unos a otros, amplificándolos con los medios de comunicación, porque la esperanza es contagiosa, más que el desánimo y la desesperación cívica.

Pero el descubrimiento de las dimensiones de la esperanza no termina en este tercer nivel, que ya es alto y noble. Hay una cuarta forma de esperanza, que se encuentra a un nivel muy profundo y que es distinta de las otras porque no está contenida dentro del registro semántico de la palabra virtud. A diferencia de las virtudes, no se alcanza con el ejercicio, la disciplina y el esfuerzo. Esta esperanza es sencillamente don, gratuidad, charis. Siempre que llega nos sorprende y nos quita el aliento. Hemos llegado a la sala del tesoro. Esta esperanza no puede calcularse ni preverse, sólo esperarse y desearse. Cuando llega, es causa de gran alegría, de paraíso, como ocurre con el regreso tan esperado del amigo lejano que un día, de improviso, vuelve por fin. Tal vez haya algo de esta esperanza en el misterioso final del Conde de Montecristoo: “toda la sabiduría humana está resumida en estas dos palabras: confiar y esperar". Es la espera confiada del esposo con las lámparas encendidas de esperanza. Esta esperanza llega, como todo don verdadero y grande, sin previo aviso y sin pedir permiso, cuando hemos agotado los recursos naturales para esperar y nos encontramos en unas condicionas en las que no habría ninguna razón razonable para esperar, ni siquiera en el Paraíso. Y sin embargo llega. Después del anuncio de una enfermedad seria, de una traición grave, después de infinitas soledades, cuando menos te lo esperas, aflora en el alma algo delicado, una brisa ligera y sentimos que podemos esperar de nuevo, esperar y confiar, pero de otra manera. Sentimos que se nos da una nueva oportunidad, una nueva razón para esperar de verdad, no por un autoengaño consolador sino porque renace la fuerza de esperar más alla de la desesperación. Y así, después de llevar los libros al juzgado, después de la enésima ilusión por la promesa de un aval bancario, después de la enésima entrevista de trabajo sin resultado, he aquí que con los ojos todavía lúcidos vuelve a florecer dentro la esperanza. Nos sorprende y nos hace volver a empezar la carrera y la lucha. No somos nosotros quienes generamos esta esperanza. Llega y por eso es don, como bien sabía la tradición cristiana que llamó a la esperanza ‘virtud’ poniéndole el adjetivo de ‘teologal’, para poner de relieve su dimensión de gratuidad, de excedencia sobre cualquier mérito, y que ninguna tristeza ni desesperación del presente nos puede robar. Si en la tierra no existiera esta cuarta (o enésima) esperanza, la vida sería insoportable – y en eso se convierte cuando esta esperanza no llega, o no se percibe porque hay demasiados ruidos que la tapan. Sobre todo sería insoportable la vida de los pobres, que, sin embargo, como en la Cabiria di Fellini, consiguen ponerse en camino, sonreir, bailar y esperar de nuevo más allá de la desventura. Esta es la esperanza que hace que, también hoy, miles de trabajadores, empresarios, cooperadores sociales, políticos y funcionarios públicos se pongan de nuevo en pie y, spes contra spem, sigan adelante y relancen su buena carrera y la de todos.

 

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