Agape (La gran alborada)

Comentario – Virtudes para recuperar y vivir/7

por Luigino Bruni 

publicado en Avvenire el 22/09/2013 

logo_avvenireLa reciprocidad es la regla de oro de la sociabilidad humana. Reciprocidad es una palabra que explica mucho mejor que cualquier otra la gramática fundamental de la sociedad, incluida la indignación, la venganza o las interminables causas en los juzgados. El ADN del animal político es una hélice formada por un entramado de dar y recibir. También el amor humano es esencialmente reciprocidad, desde el primer instante de la vida hasta el último, cuando al abandonar esta tierra estrechamos la mano de un ser querido y, cuando eso no es posible, la estrechamos interiormente con las últimas energías de la mente y del corazón. Esta dimensión de reciprocidad del amor, que consiste en amar a quienes nos aman, las culturas humanas la han expresado de muchas maneras y con distintas palabras.

Las palabras más conocidas de la cultura griega son eros y philia, dos formas distintas de amor que tienen en común la reciprocidad, la necesidad fundamental de la respuesta del otro. La reciprocidad del eros es directa, biunívoca, exclusiva: amamos al otro porque colma una necesidad, nos sacia apagando en nosotros un deseo vital. En la philia griega (que se parece a lo que hoy llamamos amistad), la reciprocidad está más articulada: se tolera la falta de respuesta del otro, no siempre se lleva la cuenta de cuánto se da y cuánto se recibe y se perdona muchas veces. Mientras que el eros no es una virtud, la philia puede serlo, porque comporta fidelidad al amigo que temporalmente nos traiciona o no responde a nuestro amor con reciprocidad. Pero el amor-philia no es un amor incondicional, porque se interrumpe cuando el otro o la otra, con su falta de reciprocidad, nos hace entender que ya no quiere ser nuestro amigo.

El eros y la philia son esenciales y espléndidos para la vida buena, pero no suficientes. La persona es grande porque no le basta la reciprocidad, ya de por sí grande, sino que quiere el infinito. Así, en un momento determinado de la historia, cuando los tiempos estuvieron maduros, surgió la necesidad de encontrar otra palabra que expresara una dimensión del amor no contenida en esas dos semánticas del amor, que ya eran ricas y elevadas. Esta nueva palabra fue agape, no del todo inédita en el vocabulario griego, aunque nuevo era el uso y el significado que le atribuyeron “los de los caminos”, el primer (y hermoso) nombre de los cristianos. Pero el agape no fue una invención; fue una revelación de una dimensión presente, en potencia, en el ser de toda persona, incluso cuando queda enterrada esperando que alguien le diga “sal fuera”. El agape no empieza donde terminan las otras formas de amor, no es el no-eros o la no-philia, puesto que es su presencia la que hace que todo amor sea pleno y maduro. El agape le da al amor humano la dimensión de gratuidad que ni la philia, ni mucho menos el eros pueden garantizar. Y así, abriéndolas, realiza todas las virtudes, que en su ausencia son solo egoísmo sutil. Por eso cuando los latinos tradujeron el agape, eligieron la palabra charitas, que en los primeros tiempos se escribía con una hache intercalada, que para ser una letra muda decía muchas cosas.

En primer lugar decía que esa charitas no era ni amor ni amititia, sino otra cosa. Decía además que esa charitas tampoco era la caritas de los comerciantes romanos, que usaban ese término para expresar el valor de los bienes (lo que cuesta mucho, lo “caro”). La hache quería recordar que charitas hacía referencia a otra gran palabra griega: charis, gracia, gratuidad (“Ave Maria, llena de charis”). No hay agape sin charis, ni charis sin agape. Así, la philia puede perdonar hasta siete veces, el agape hasta setenta veces siete; la philia regala la túnica, el agape también el manto; la philia camina una milla con el amigo, el agape dos, incluso con quien no es amigo. El eros soporta, espera y cubre poco; la philia cubre, soporta y espera mucho; el agape lo espera, cubre y soporta todo.

La forma de amor del agape es también una gran fuerza de acción y de transformación económica y civil. Cada vez que una persona actúa por el bien y encuentra dentro de sí y en la acción misma los recursos para seguir adelante incluso sin reciprocidad, allí está actuando el agape. El agape es el amor típico de los fundadores, de los que inician un movimiento o una cooperativa sin tener la posibilidad de contar con la reciprocidad de los demás y necesitan fortaleza y perseverancia en su larga soledad. El agape no condiciona la decisión de amar a la respuesta del otro. Pero sufre cuando esta respuesta falta, porque el agape se realiza en la reciprocidad (<un mandamiento nuevo os doy: amaos unos a otros>), aunque no se siente tan mal como para interrumpir el amor no correspondido. La plenitud de la reciprocidad agápica se expresa también en una relación triangular: A se dona a B, y B se dona a C. El agape tiene esta propiedad transitiva que no está presente ni en la philia, ni mucho menos en el eros. Es más, esta dimensión ternaria de apertura al otro es esencial para que se de el agape.

Incluso el amor materno y paterno hacia un hijo no sería agápico y por lo tanto maduro y pleno, si se agotara en la relación A => B, B => A, sin la dimensión B => C que supera toda tentación de amor incestuoso o narcisista. Esta necesidad de reciprocidad, este seguir adelante incluso cuando no hay respuesta, hacen del agape una experiencia relacional al mismo tiempo vulnerable y fértil. El agape es una herida fecundísima. El agape hace que las comunidades sean lugares acogedores e inclusivos, de puertas abiertas y nunca cerradas, y echa por tierra jerarquías sagradas, órdenes de castas y cualquier otra tentación de poder. El agape es además esencial para el bien común, porque conoce un tipo de perdón que es capaz de borrar el mal recibido. Cualquiera que haya sido víctima del mal, de cualquier mal, sabe que el mal causado y recibido no puede ser plenamente compensado ni reparado por una condena ni por una indemnización civil. El mal sigue actuando, es una herida que permanece, a menos que un día encuentre el perdón del agape que, a diferencia del perdón del eros y de la philia, tiene la capacidad de sanar las heridas, incluso mortales, transformándolas en el alba de una resurrección.

Pero hay una tesis que ha atravesado la historia de nuestra cultura. El agape, se dice, no puede ser una forma de amor civil porque, a causa de su vulnerabilidad, no sería prudente. Únicamente se podría vivir en la vida y espiritual y familiar y a lo mejor en el voluntariado; pero en las plazas y en las empresas deberíamos conformarnos con los registros del eros (incentivos) y, como mucho, de la philia. Una tesis muy arraigada, entre otras cosas, porque se basa en la evidencia histórica de muchas experiencias que nacieron del agape y después retrocedieron hacia la jerarquía o el comunitarismo. Es la historia de muchas comunidades que empezaron con el agape y frente a las primeras heridas se transformaron en sistemas muy jerárquicos y formalistas. O experiencias que nacieron abiertas e inclusivas y después de los primeros fracasos cerraron sus puertas expulsando a los distintos. La historia es también la secuencia de estos “retrocesos” que, sin embargo, no reducen el valor civil del agape, y deberían impulsarnos a poner más agape y no menos en la política, en las empresas y en el trabajo. Porque cada vez que el agape aparece en la historia humana, incluso aunque dure poco o muy poco tiempo, nunca deja el mundo como lo había encontrado. Eleva para siempre la temperatura de lo humano, coloca un nuevo clavo en la roca para que quienes el día de mañana retomen la escalada puedan comenzar unos centímetros más arriba.

Ninguna gota de agape se pierde en la tierra. El agape ensancha el horizonte de posibilidad de bien de la humanidad. Es la levadura y la sal de todo pan bueno. El mundo no se acaba y la vida vuelve a empezar cada mañana porque hay personas capaces de agape: <Tres son las cosas que perduran: la fe, la esperanza, y el agape. La más grande de todas es el agape>.

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