Justicia (más allá de la iniquidad)

Comentario – Virtudes para recuperar y vivir/2

por Luigino Bruni 

publicado en Avvenire  el 18/08/2013 

logo_avvenireHay un fuerte contraste entre el profundo sentido de la justicia que todos, incluso los malvados, llevamos dentro, y el mundo que se nos muestra como un espectáculo de injusticia generalizada. <El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado> (J.J. Rousseau). Para muchas injusticias no bastan los tribunales y los abogados. No son suficientes porque los aspectos legales, conmutativos y comprensibles sólo cubren una pequeña parte del territorio de la justicia, cuya extensión coincide con la de la entera vida en común. Una respuesta equivocada a la cuestión de la justicia es la tendencia, hoy creciente, a “judicializar” toda la vida social, codificando en la medida de lo posible todas las relaciones interpersonales y transformando todas las relaciones humanas en contratos.

Una tendencia-tentación que, en lugar de aumentar la justicia, está bloqueando escuelas, comunidades de vecinos y hospitales, con trampas de desconfianza recíproca, puesto que muchas relaciones humanas se desnaturalizan cuando se “contractualizan”. 

El humanismo europeo nos dió una lección distinta sobre la justicia. En primer lugar consideró a la justicia como una virtud cardinal, diciéndonos que ésta es, antes que nada, fruto de un ejercicio continuo de la persona. Antes de invocar la justicia como principio, hay que practicarla, vivirla, buscarla y cultivarla como las demás grandes virtudes de la existencia. La justicia de los ciudadanos es la que genera la justicia de la ciudad, como simbólicamente expresaba la cultura griega a través de Dike, la diosa de la justicia de la polis, que era hija de Themis, la diosa de la Justicia anterior a cualquier sistema jurídico histórico y concreto, que hace justo a quien la sigue. Por eso Themis puede incluso entrar en conflicto con Dike, como ocurre en la gran tragedia de Antígona, quien, en nombre de una justicia más grande, entierra en contra de la justicia de la polis al hermano muerto Polinice. También los escribas y fariseos tenían su justicia, en base a la cual condenaron a Cristo. Ninguna invocación a la justicia es justa si viene de ciudadanos injustos que usan la justicia-Dike contra la justicia-Themis, muchas veces oprimiendo a los pobres y a los justos para sacar provecho. Si faltan ciudadanos amantes y practicantes de la virtud de la justicia, las leyes que se elaboren están condenadas a ser injustas, tanto más injustas cuanto más democrática sea la forma de gobierno. La necesidad de ciudadanos virtuosos es la principal fragilidad de las democracias, como bien sabían Montesquieu o Filangeri. Al mismo tiempo, las leyes justas refuerzan, premiándolas, las virtudes cívicas de los ciudadanos.

Por este motivo las declinaciones de la virtud de la justicia son abiertas y voluntariamente vagas: nos invitan a reconocer y a dar “a cada uno lo suyo” pero no nos dicen cómo se mide “lo suyo” ni quién debe medirlo. Aunque la justicia-Dike está llamada a dar contenido y límite a “lo suyo” de cada uno, no es menos cierto que la indeterminación de la virtud de la justicia es expresión de su ser relación entre personas. Reconocemos y damos al otro lo que le corresponde en justicia, siempre que entre nosotros exista una pertenencia común, siempre que el otro me interese de verdad, le considere asunto mío  y aunque le llame tercera persona, en realidad, a un nivel más profundo, es segunda (un “tú”). Y mientras que la justicia-Dike puede conformarse con dar a cada uno lo suyo, la virtud de la justicia va más allá del cálculo de “lo suyo”. El cristianismo nos ha dicho que la diferencia entre su justicia y la de los escribas y fariseos se llama agape, y no empieza donde acaba la justicia, sino que es su cumplimiento y su forma.

La economía no se ha tomado nunca en serio el tema de la justicia, a excepción del economista y filósofo indio Amartya Sen y pocos más. Para la ideología-religión capitalista, la justicia forma parte de los vínculos que hay que respetar, pero no pertenece a los objetivos que hay que alcanzar. Justicia es sinónimo, en el mejor de los casos, de respeto forzoso de las leyes sobre el trabajo, el medio ambiente o la seguridad, o sinónimo de pagar los impuestos. Todos estos vínculos son vividos como limitaciones del único y verdadero objetivo de la empresa capitalista: la maximización del beneficio o más propiamente y más gravemente, de las rentas. Pero al principio no era así. El “justo precio” fue uno de los grandes temas de la economía medieval, y Antonio Genovesi, paralelamente a su tratado de economía (“Lecciones de economía civil”), escribió en 1766 la “Diceosina”, un tratado sobre la justicia, que era el alma de toda su producción económica y ética. La justicia que conoce – cuando la conoce – nuestro capitalismo se parece a la de los escribas y fariseos: es la justicia de los vínculos y el respeto formal y ritual de la ley. La cuestión de la justicia afecta y juzga a todo el sistema capitalista actual, pero es una cuestión que hemos dejado de lado durante demasiado tiempo, sobre todo a causa de una crisis de pensamiento crítico.

No se trata simplemente de denunciar (justamente) como injustos fenómenos aislados del capitalismo (como los vergonzosos sueldos y pensiones de muchos altos cargos públicos y privados, los paraísos fiscales, la especulación que no crea trabajo sino que lo destruye, las multinacionales de las apuestas que causan hambre a los pobres con la connivencia de las instituciones…). Se trata de ser conscientes de que existe una enemistad muy profunda y radical entre nuestro capitalismo financiero y la virtud cardinal de la justicia. Eso no significa negar que muchas personas practiquen cada día la virtud de la justicia en la vida económica, sino únicamente reconocer que un sistema basado en la búsqueda del máximo beneficio de los propietarios de los grandes bancos, de las aseguradoras y de las empresas multinacionales, está en conflicto, como sistema ético, con las exigencias de la virtud de la justicia. Para juzgar la justicia de este capitalismo, no hay que compararla con la del feudalismo, que todavía era menor, sino con la que podíamos haber hecho realidad si no hubiéramos traicionado la vocación social y civil de Europa para seguir los cantos de sirena del consumismo y las finanzas especulativas. Este capitalismo, que sigue produciendo rentas y privilegios para unos pocos y desempleo y marginación para muchos, que redacta leyes que refuerzan esos privilegios y desalinean cada vez más los puntos de partida para desventaja de los débiles y los pobres, no puede tener a la justicia de su parte. Debe conformarse con la eficiencia, cuando la consigue.

Si quisiéramos superar este modelo de desarrollo y adentrarnos con decisión por el camino de la justicia, deberíamos tener un valor cívico y una fuerza de pensamiento al menos iguales a las que generaron el movimiento cooperativo europeo, que en el alba del capitalismo intentó otra vía al mercado y a la empresa y por ello puso en discusión los derechos de propiedad, la distribución de la renta (un tema que ya ha salido de los libros de economía), el poder y la igualdad de oportunidades entre los sujetos económicos, sin negar la libertad ni el mercado. En cambio, la historia del siglo XX ha producido un capitalismo que es esencialmente la imagen a contraluz de nuestros vicios y nuestras pocas virtudes. Por eso siempre puede cambiar y evolucionar, si así lo queremos.

El espectáculo de la injusticia y la iniquidad sigue dominando la escena de este mundo. Muchos se han hecho adictos a los privilegios y al confort injusto del capitalismo actual y lo alimentan con sus decisiones cotidianas. Otros, demasiado pocos todavía, siguen pensando y diciendo que muchas de las grandes injusticias manifiestas pueden ser eliminadas de nuestra sociedad y actúan en consecuencia como pueden. Y así siguen, con testarudez, teniendo “hambre y sed de justicia” y de vez en cuando sienten que alguien les llama “bienaventurados”.

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