Templanza (más allá de la carestía)

Comentario – Virtudes para recuperar y vivir

por Luigino Bruni 

publicado en Avvenire el 11/08/2013 

logo_avvenireLa templanza es una palabra que está saliendo de nuestro vocabulario ciudadano. Del lenguaje económico ya salió hace mucho, cediéndole el puesto a su contraria. Junto con la templanza, todo el léxico de la ética de las virtudes tiende a desaparecer de la gramática de la vida en común. Y las consecuencias políticas, cívicas y económicas de este ocaso están, por desgracia, están a la vista de todo el mundo.

Nuestra civilización (al menos la occidental) corre el peligro de dejar de entender el mensaje de vida buena que se contiene en la ética de las virtudes, por muchas razones, pero especialmente por dos.

La primera es la desaparición de la categoría de la “educación del carácter”, empezando por la educación de los niños. Lo natural y espontáneo inmediatamente se convierte en bueno, sin que se advierta la necesidad de corregir u orientar comportamientos o inclinaciones que pueden ser espontáneos pero no buenos. Conozco padres que, en nombre de presuntas teorías pedagógicas neo-roussonianas, no dejan que sus hijos les llamen mamá o papá, sino Luisa y Marcos. "Les resulta natural", argumentan ante mi perplejidad, "¿por qué forzarles?!". La ética de las virtudes, en cambio, vive de una tensión dinámica entre naturaleza  (todos somos capaces de virtud) y cultura (es necesario un ejercicio, disciplina y voluntad, para convertirnos en lo que ya potencialmente somos). Por eso unos grandes cultivadores (a veces inconscientemente) de la ética de las virtudes son los verdaderos atletas y los verdaderos científicos. La segunda razón es la falta de reconocimiento del valor que tiene la experiencia del límite. Y si no somos capaces de ver lo positivo del límite es imposible que entendamos y apreciemos las virtudes, en particular la de la templanza, que consiste precisamente en valorar el límite. Es posible que la escritura en tablillas de arcilla surgiera en Mesopotamia porque un mensajero del señor de Uruk no podía hablar.

Ya no se habla de la templanza, pero son muchos, muchísimos, los malos frutos de su carestía entre nosotros: la destrucción del medio ambiente, el estilo de vida de los nuevos ricos y poderosos, la forma de hablar y de escribir emails, las tragedias familiares y la infinita infelicidad causada demasiadas veces por hombres y mujeres que ya no están educados en el dominio de sí mismos y en el control de sus pasiones, es decir, en la templanza.

La templanza fue una gran virtud económica de generaciones pasadas. Orientó el consumo y sobre todo generó el ahorro que permitió el desarrollo económico de la postguerra. Era una virtud que informaba también la vida de los empresarios (aunque no de los rentistas, que nunca me cansaré de distinguirlos de los empresarios y de reconocer en su proliferación la primera enfermedad de toda sociedad decadente), que aun conociendo la abundancia educaban a sus hijos y a sí mismos en el buen uso de las cosas y en una cierta sobriedad que podía no humillar a los pobres. La virtud de la templanza me lleva a no consumir hoy una parte de la renta para tenerla a disposición mía o de mi familia, el día de mañana y permitir que otros conciudadanos míos puedan usar esa riqueza para inversiones durante mi abstinencia. Es significativo que la teoría económica clásica utilizara la misma palabra “abstinencia” para justificar el ahorro y también para el ayuno y la castidad, recordándonos que estos tres fenómenos son todos hijos de la Señora Templanza.

Nuestra cultura económica, que se basa en el mayor consumo posible aquí y ahora, mejor aún si es a crédito, necesita por el contrario del vicio de la intemperancia (mezcla de avaricia y gula) para poder auto-alimentarse. Para comprender la naturaleza de la virtud de la templanza pensemos que ésta se desarrolla en un mundo caracterizado por la escasez absoluta de recursos. Está bien no abusar de los bienes, puesto que lo que yo consumo como superfluo es lo que al otro le falta como necesario. Todas las enseñanzas de los Padres de la Iglesia sobre el uso de los bienes y la pobreza hay que leerlas y comprenderlas en este contexto de recursos limitados y de relaciones económicas como “juegos de suma cero”. También hay que considerar en este horizonte de escasez la ética campesina centrada en la virtud de la templanza, incluyendo su fruto más típico que fue el movimiento de las Cajas Rurales, sobre todo en el Noreste de Italia (no es ciertamente casualidad que la región del Trentino Alto Adige ocupe hoy el último lugar en Italia por cuota de población víctima de esa grave falta de templanza que se llama “juegos de azar”).

En el siglo XX, con la segunda revolución industrial, pensamos que se había terminado la era de la escasez y que habíamos llegado al Edén de la infinita reproducibilidad de los bienes. Y así empezamos a ver el mundo como un lugar de recursos potencialmente ilimitados. Ahí comenzó el ocaso de la templanza como virtud. Lástima que este tiempo de lo ilimitado no haya durado mucho más que un destello. Primero el medio ambiente, después la energía y el agua, y más tarde el deterioro de los capitales civiles, relacionales y espirituales, nos han ido mostrando poco a poco otros límites no menos apremiantes y graves que los de la edad de la escasez de mercancías privadas y la abundancia de capitales colectivos. Hoy, en efecto, los nuevos límites son sobre todo límites sociales y globales, que piden una recuperación inmediata de la virtud de la templanza como nueva virtud social y económica.

La interiorización del valor del límite es inaplazable, pero sólo una nueva ética de las virtudes  puede hacerlo, puesto que toda interiorización exige saber atribuir un valor intrínseco a las cosas por encima del cálculo utilitarista coste-beneficio que hoy domina todos los ámbitos de nuestra cultura. Pero mientras que ayer existía una clara relación entre mi templanza, mi bienestar personal y nuestro bien común, hoy, en la era de la complejidad, este nexo se ha oscurecido. Ya no resulta inmediato asociar el uso del aire acondicionado en mi habitación con el aumento de la temperatura en la ciudad (y con el consiguiente aumento del uso de aire acondicionado, en una espiral de tenebroso escenario futuro). La racionalidad económica por sí sola no ayuda en esta toma de conciencia (todo lo contrario), porque para realizar una acción por haber interiorizado su valor intrínseco hace falta el registro lógico de la virtud. Si no des-mercantilizamos nuestra sociedad, es decir, si no liberamos de la lógica de los precios y los incentivos zonas importantes de la vida ciudadana que hoy están ocupadas y colonizadas por ellos, cada vez será más difícil entender el valor de la sobriedad, la abstinencia y el autocontrol, para nosotros y para nuestros hijos.

Para terminar, hoy como ayer, sin templanza no se comparten los bienes ni se da la alegría de la comunión. Si no nos educamos continuamente en los límites del yo, sólo compartiremos con los otros las migajas de opíparos banquetes. Pero así no experimentaremos la verdadera fraternidad, que es fruto de decisiones costosas de personas que saben reducir las razones y los motivos de lo “propio” para edificar lo “nuestro” y lo de todos.

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