El abrazo mortal

Editorial – Deuda y finanzas hipertróficas

El abrazo mortal

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 7/08/2011

logo_avvenireLa esperada rebaja de la calificación de los Estados Unidos por parte de Standard & Poor’s, de AAA ad AA+ (por primera vez en la historia), añade una nueva tesela al mosaico que se está componiendo estos días. Todavía no tenemos una idea clara de lo que le está ocurriendo a nuestro sistema económico, pero lo que sí podemos intuir es que nos encontramos ante la más grave crisis del sistema capitalista, una crisis que comenzó en otoño de 2008 y se encuentra en pleno desarrollo, sin que sepamos cuándo y cómo terminará, si es que termina.

El crac de otoño de 2008 nos reveló una primera novedad: que ya no era posible separar la economía real de las finanzas, puesto que en la era de la globalización la economía real es también financiera y una crisis en los mercados financieros se convierte inmediatamente en una crisis real (paro, PIB) y viceversa. Por eso esta crisis implica también un fracaso de la ciencia económica y un fracaso nuestro, de los economistas (incluidos los consejeros de Obama), que usamos instrumentos obsoletos para descibir el mundo y sugerir recetas.

Pero el temporal de estos días nos trae otra novedad: ya no es posible separa la economía de la geopolítica ni de las políticas de cada uno de los estados. Entre la caída de los mercados financieros, los problemas políticos de Obama, las vicisitudes del gobierno italiano y la debilidad del sistema político europeo existe una relación tan estrecha que ya no es posible saber dónde termina el Mercado y dónde comienza la Política. Sólo conseguiremos salir de esta crisis, que marca una época, si sabemos ver conjuntamente y de manera sistémica las finanzas, la economía y la politica, con una mirada global, pero sin perder de vista la dimenión regional (véase Grecia). Las finanzas han crecido como una buena planta que, cuando le faltan cuidados y la necesaria poda, termina por invadir el jardín entero.

Hoy el volumen anual de los títulos que se intercambian en los mercados financieros supera con creces (entre 8 y 10 veces) la cifra del PIB mundial, un volumen que durante los últimos 15 años ha aumentado más de 40 veces. Deberíamos preguntarnos, también los expertos, cómo es que hemos asistido inertes a este crecimiento hipertrófico y elefantiásico de las finanzas especulativas, sin pararnos de vez en cuando a valorar, a distintos niveles (económico, político, civil, ético) si el camino que iniciamos en los años 90 no nos conduciría por senderos impracticables y muy peligrosos.

Esta hipertrofia financiera se funde en un abrazo mortal con la desorbitada deuda, privada y pública, de la economía mundial económicamente avanzada. No debemos cansarnos nunca de repetir que el problema de esta crisis es el excesivo endeudamiento privado (en 1998) y público (ahora), debido a las grandes operaciones de salvamento de bancos y a la financiación de carísimas guerras.

Si no reducimos el endeudamiento medio de Occidente (y de Japón, también enfermo) no saldremos de esta crisis. Entre otras cosas, porque en estos días en los que todo el mundo habla de crecimiento debemos tener muy en cuenta que la economía capitalista ha crecido mucho y mal durante estos últimos veinte años (gracias también a las innovaciones financieras), con graves consecuencias medioambientales y sociales: las tasas de crecimiento de los años anteriores a 2008 no se pueden volver a plantear, tanto por razones económicas (falta de demanda) como sobre todo por razones medioambientales y éticas. En caso contrario, cometeremos el error de quienes descubren que tienen diabetes y para curarla intentan aumentar un poco la actividad física, pero siguen comiendo dulces como antes del diagnóstico. Para curarse seriamente hay que cambiar globalmente el estilo de vida, haciendo sacrificios, una palabra antigua e impopular pero que sigue siendo crucial cuando la historia se pone seria.

Las crisis, individuales y colectivas, siempre son ambivalentes: podemos salir de ellas siendo peores o siendo mejores; el resultado depende sobre todo de nosotros y de nuestra visión del mundo. Un error mortal que hay que evitar durante las crisis es no tomarse en serio las señales que nos llegan de fuera. No hay que demonizar a los mercados financieros. Nos enseñan algo importante. En primer lugar que todos hemos infravalorado las crisis de estados como Grecia, Portugal e Irlanda. Las crisis financieras estructurales y globales son algo muy serio, aunque afecten a estados pequeños, ya que puede ser un niño quien señale que el rey (el euro) está desnudo.

Una segunda señal o mensaje que nos llega de esta crisis es la urgencia de realizar reformas serias y profundas, sobre todo en pensiones y en la reducción del despilfarro de la administración pública, reformas que requieren una unidad política nacional que aún no se ve más allá de las diversidades partidistas. Esta falta de responsabilidad es grave, porque el momento que estamos viviendo es tal vez el más grave desde la época del terrorismo. Finalmente, esta crisis será una felix culpa si nos hace dar vida a una economía de mercado que supere el capitalismo hiperfinanciero que hemos creado, ya que estamos pagando el aumento de bienestar económico con la moneda de la fragilidad y la inseguridad de todos pero, de manera especial, de los más débiles (ya sean personas o estados).

Por eso debemos seguir todos con mucha atención y responsabilidad lo que acontece estos días. Lo que está en juego no es únicamente la suerte del mercado financiero y de los poseedores de títulos, sino la calidad de la economía de mercado que surja de esta crisis y por ello la calidad de la libertad, de los derechos y de la democracia.

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