Economía y Carismas/1 - Hoy comienza una nueva serie sobre las dimensiones económico-teológicas de las comunidades religiosas, en particular de las monásticas: un recorrido para descubrir el valor del dinero y de los contratos en la vida espiritual
Luigino Bruni
publicado en Avvenire el 31/05/2026
El texto más antiguo en lengua vulgar italiana, el ‘Placito Capuano’ (del año 960 aprox.) contiene la palabra ‘San Benito’: «Sao ko kelle terre, per kelle fini que ki contene, trenta anni le possette parte sancti Benedicti». El manuscrito habla de un conflicto de tierras del Monasterio de Montecassino.
No es casual que aquel contrato mencione a San Benito, porque los contratos y las tierras son una parte fundamental de su carisma, una expresión de su ‘ora et labora’. En Occidente los monasterios benedictinos han sido de las primeras comunidades carismáticas cristianas, que si, por un lado, retomaban antiguas tradiciones (piénsese en los esenios), por el otro, presentaban importantes novedadas vinculadas a Cristo y a su Evangelio. Hay que tener presente que cuando se usa la palabra ‘carisma’ para describir a la gran tradición monástica, esta palabra asume un significado que, en parte y significativamente, es diferente al que tiene esa palabra cuando se usa para hablar de movimientos y comunidades actuales, ligadas más claramente a un fundador carismático. En la fundación de los monasterios, el ‘líder’ no era, de hecho, el abad fundador, sino la regla. No depender de la persona de un fundador carismático es uno de los secretos de la longevidad de los monasterios medievales europeos (un estudio hecho por el economista suizo Bruno Frey y sus colegas reportó, sobre 134 monasterios del norte de Europa, una duración promedio de casi 600 años: The corporate governance of Benedictine abbeys, 2010).
Aquel ‘labora’, entonces, no es solo un asunto práctico y contingente de comunidades compuestas por muchas personas que debían trabajar para vivir. No: el trabajo y la economía son parte del ADN de los carismas cristianos. Francisco también definió su carisma en relación con el dinero, pero quería que sus hermanos, en lo posible, trabajaran; y también las monjas de clausura siempre trabajaron y siguen trabajando, y cuando dejaron de hacerlo, por pensarse como puras servidoras de lo sagrado, entraron en crisis profundas.
Intentemos, entonces, explorar algunas de las características de la economía de los carismas, ejercicio que haremos a lo largo de cinco domingos (cada quince días), para reflexionar sobre la riqueza, los bienes inmuebles, la gobernanza y la pobreza de las personas y comunidades (incluido el sentido del ‘voto’), para tratar de entender los desafíos que plantean las cosas nuevas de la Iglesia y de nuestra magnífica humanidad.
El punto de partida es una clara evidencia: hay mucho de economía en la vida de las comunidades espirituales y carismáticas. Monjes y frailes han estado, con sus prácticas y pensamiento, en el origen de la economía de mercado, que nació, por lo tanto, de un espíritu cristiano. Y hoy deberíamos preguntarnos todos, creyentes o no, si será todavía posible trabajar, crear empresas y producir sin un “espíritu”. La IA puede hacer muchas cosas por nuestra economía, pero no puede darnos el espíritu.
El monaquismo y las comunidades cristianas aprendieron la importancia de la presencia de la economía en el Antiguo y Nuevo Testamento, que usan el lenguaje económico para hablar de la Alianza y de los sacrificios a Dios; y cuando el discurso en la Biblia se vuelve particularmente solemne e importante, aparecen el dinero y los contratos. Pensemos en la compra de Jeremías del campo de Anatot (Jer 32), en el contrato entre Abraham y los hititas por la compra del sepulcro para su mujer Sara (Gen 23), o en las treinta monedas de Judas. El contrato y la economía se vuelven el lenguaje necesario en los momentos decisivos de la vida, como en la compra profética de un campo para decir ‘volveremos del exilio’ y tendremos trabajo, hijos, felicidad; o para solemnizar la sepultura de una mujer, madre del nuevo pueblo de la Alianza. En la Biblia, además, algunas llamadas decisivas ocurren mientras las personas están trabajando. Eliseo, Moisés, Ruth, los primeros apóstoles… Es la gran laicidad de la fe bíblica, que tiene una idea tan grande y tan digna del hombre que lo hace dialogar con los ángeles en los campos, en los talleres, en las tiendas.
Nosotros hemos perdido esa laicidad, dentro y fuera de la Iglesia, dentro y fuera de las comunidades cristianas. Porque creemos que las palabras y los gestos de la economía, en el trabajo y en los contratos, son demasiado humanos y ordinarios como para encontrar allí palabras y mensajes proféticos; y pensamos que los únicos actos y palabras dignas de Dios deben ser los que se efectúan dentro del templo, durante el culto y la liturgia. Y así es que seguimos hablándonos de un Dios cada vez más distante de la verdadera vida de la gente, del Evangelio y de la Biblia.
La vida de las comunidades espirituales cristianas hoy está bajo presión en muchos aspectos. Y algunos observadores atentos, pero quizás también cínicos, ya han proclamado el fin de la era de los carismas en la Iglesia.
Esta nueva crisis se manifiesta también, y generalmente en primer lugar, en el ámbito económico y financiero, como en la falta de dinero o de préstamos bancarios, en las hipotécas, en los inmuebles ociosos o vacíos que se quieren vender pero sin que se encuentren compradores (o compradores dignos de la historia del carisma). Porque la economía es una señal que revela crisis más profundas: de jóvenes, de vocaciones, de sentido del carisma, de la vida comunitaria, de Dios, o del significado de ser pobre por elección en un mundo lleno de pobres que no eligen serlo. Y frente a crisis económicas cada vez más difíciles de entender y de explicar, dada la complejidad del lenguaje, se acaba por no querer mirarlas, o por confiar su gestión sólo al ecónomo, o, peor aún, a los consultores externos, que con sus facturas agravan sin duda la crisis económica, y sin ninguna garantía de solución. Porque sabemos que la solución no se encuentra en el plano económico-financiero, lo estamos aprendiendo; pero la sostenibilidad, y este es el punto clave, no se encuentra sin mirar con atención, cuidado y estima los balances y los préstamos. Ora et labora.
Si el Dios bíblico quiso revelarse eligiendo la economía y el trabajo como sus palabras, si la Palabra de Dios es también palabra de contrato y de dinero, entonces el mismo Dios nos sigue hablando todos los días recurriendo al lenguaje de la economía y las finanzas.
Tenemos que aprender a leer los balances como se leen las Escrituras: no son la misma cosa, pero tienen el mismo valor, la misma dignidad y el mismo sentido espiritual. Existe una verdadera ‘mística del balance financiero’, que despreciamos cuando consideramos a la economía como un lenguaje demasiado vulgar, y que rebajamos a una pura técnica de contadores.
El lenguaje de los números, las tazas y los intereses confieren, por el contrario, seriedad y dignidad a nuestros discursos, a nuestra misión, a nuestra credibilidad carismática, sobre todo cuando los números expresan crisis y fragilidad. Y cuando, por varias razones (venta de inmuebles, rentas…), la economía funciona mientras el resto funciona poco (vocaciones, vida evangélica y misionaria…), la pregunta “carismática” sobre la economía se vuelve todavía más urgente. Porque en los carismas la riqueza es más problemática que la pobreza, en cuanto puede producir un efecto cortina que nos engaña y nos impide ver las crisis de las otras dimensiones del carisma. Hay que tomar en serio la economía que “va mal”, pero más en serio hay que tomar la economía que “va bien”, si esta no está acompañada de una salud carismática general de la comunidad.