editoriales Avvenire

0

Una carta de amor a la humanidad

Editorial - Una encíclica de León XIV generada por la esperanza. Y en sus “elogios al límite”, la invitación a cuidar la magnificiencia

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 26/05/2026

Magnifica humanitas es una carta de amor que la Iglesia, con el papa León XIV, le escribe a la humanidad de hoy. Esta mirada buena sobre las mujeres y los hombres es el primer regalo que nos hace el papa León. En sus tiempos de luz, de hecho, la Iglesia amó al mundo con la “caridad de los ojos”, mirándolo con confianza y esperanza. Incluso el largo y central discurso sobre la Inteligencia Artificial, con sus precisas y profundas “advertencias antropológicas y espirituales por su uso”, se desarrolla también en ese humanismo de la esperanza: “Deseamos entrar en diálogo con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con quienes participamos juntos en los acontecimientos, las preguntas y las aspiraciones de la humanidad” (2). No es una encíclica generada por el miedo a lo nuevo, no condena nuestro tiempo haciéndose a un lado, sino que el Papa, bajo el mismo cielo de todos, le da voz a las esperanzas, a las alegrías y a las sanas preocupaciones de tanta gente. Una encíclica que habla la misma lengua afectuosa del Concilio Vaticano II. Por lo tanto, para entender su sentido, su tono y su raison d’être, es necesario ubicarla al lado, no tanto de la Rerum novarum, sino de la Gaudium et spes, la otra carta de amor que la Iglesia le escribió a la humanidad, en una época también nueva y difícil.

Una encíclica muy linda, necesaria e importante, por momentos magnífica y profética, que nos revela la teología y el corazón del papa León XIV, un texto a la altura de las más grandes encíclicas del pasado. La esperábamos, y en muchas páginas supera las expectativas: “el aumento del gasto militar se presenta como la única respuesta a un futuro incierto o a amenazas percibidas, mientras que el costo real recae sobre los más pobres” (204). Como sucede en muchas encíclicas, el título es síntesis y corazón de todo el texto: la humanidad es magnífica, y todos los llamados que se le hacen tienen como objetivo preservar esa preciosa magnificiencia. Es verdad que habla poco de los desafíos ligados a las criaturas no humanas, porque sencillamente al papa León, en tiempos de transhumanismo y posthumanismo, le preocupa el humano, le importa destacar la belleza y la grandeza del Adán. “Lo has hecho un poco menor que Dios (Elohim)” (Salmos 8:5), una distancia teológica que esta encíclica viene a reducir todavía más, no porque rebaje a los Elohim, sino porque eleva a los hombres y mujeres.

Y cuando presenta los retos de la IA, vistos con la mirada perfecta del principio de subsidiariedad, el papa León sigue con el elogio al Adán y al valor de su palabra humana, porque es imagen de aquella Palabra que, desde la Trinidad, quiso hacerse hombre: “Cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia. La imitación artificial de la relación de cuidado o de acompañamiento puede ser peligrosa” (100). Hay dimensiones del trabajo, incluso del trabajo de cuidados, que se pueden apoyar en la IA (de hecho podemos verlo); pero hay otros donde la sustitución de la palabra, el rostro, las manos y el corazón humanos produce simplemente desvalorización y deshumanización.

En la Magnifica humanitas se habla mucho de trabajo: la palabra “Jesús” aparece nueve veces, la palabra “Cristo” treinta, y “trabajo” setenta y una, para que no olvidemos que aquel Logos había sido carpintero. En las relaciones humanas decisivas, la palabra y el corazón no pueden, no deben, tener sustitutos perfectos, y si lo hacemos nos degradamos a nosotros mismos, a nuestro trabajo, a nuestra magnificiencia. Entonces cuando un jefe debe despedir a un trabajador, aunque recurra a los algoritmos, al final debe entrar en juego su palabra humana, hablar con aquel trabajador, poner la cara y poner el alma, con todas sus limitaciones e imperfecciones. No por casualidad en el “elogio al límite” están quizás las páginas más proféticas: “debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite” (118), porque “es precisamente en nuestro ser limitados donde encuentran lugar la compasión, la sincera preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y el fracaso” (119).

La IA reduce los costos cognitivos y simplifica lo complejo: pero el homo sapiens no siempre ama las reducciones de tiempo y costo, porque nos gusta con frecuencia participar en los procesos, nos gustan los caminos más largos y más lentos de regreso a casa, porque queremos ver los árboles y las flores. La IA nos puede crear un agente que imite perfectamente al San Francisco de ayer, pero no puede crear nuevos San Franciscos y Leopardis de hoy, que son lo que necesitamos infinitamente para vivir bien. Porque los algoritmos y las máquinas no van a satisfacer la dimensión esencial de la felicidad humana, aquella de desear ser deseados por humanos. Somos un deseo deseando otros deseos, solamente humanos; los deseos más pequeños nos sirven pero no nos bastan: solo Adán es el último peldaño de la escalera de la tierra que puede alcanzar el paraíso.

El diálogo que el papa León entabla entre el universo de la IA y el principio de subsidiariedad es altamente fecundo. Por la forma en que se está desarrollando, la IA es anti-subsidiaria, porque está concentrada en unos pocos gigantes económico-financieros, y porque no hay en ello una verdadera biodiversidad. Inteligencias humanas, en cambio, hay tantas como personas, y ninguna suma de inteligencias humanas es superior en dignidad a la inteligencia de una sola persona. La democracia, y con ella los mercados civiles, funcionan mediante la agregación de millones de inteligencias dispersas en un admirable proceso cognitivo que surge desde abajo, y en el momento en que alguien piensa que millones de inteligencias humanas tienen más dignidad que una sola, la democracia muere: “La subsidiariedad requiere que dichos procesos no se impongan desde lo alto de modo opaco y unilateral” (71). Por último, la carta de León XIV se desarrolla siguiendo dos caminos bíblicos, uno oscuro y otro luminoso: la torre de Babel y la reconstrucción de Jersusalén por parte de Nehemías. Una construcción equivocada y otra acertada. Nehemías (Ne 1-2) siente un llamado para volver a Jerusalén, para reconstruirla: “Hoy, reconstruir significa reconocer que…existe una posibilidad luminosa: la de edificar juntos,… hacer crecer la justicia y la fraternidad” (10).

En cambio, el fundador de Babel es Nimrod, “el primer hombre poderoso de la tierra” (Gen 10:8). Babel es una gran enseñanza sobre el poder y los imperios, y sobre su corrupción intrínseca. Tanto los reconstructores de Nehemías como los constructores de Babel eran trabajadores, en ambos había una acción colectiva, una comunidad de trabajo. Desde hace milenios, la historia es, todos los días, una mezcla de trabajadores que construyen Babel y trabajadores que edifican arcas y reconstruyen ciudades. En la Biblia, Babel viene después del diluvio y el arca de Noé. El “síndrome de Babel” (10) llega puntualmente cuando se sale de un diluvio (globalización, guerras…) o se temen otros, y la tentación de construir muros equivocados se hace muy fuerte: “Años y años se dedicaron a la construcción de la torre. A los ojos de los constructores, un ladrillo se volvió más precioso que un ser humano; un hombre caía y moría y nadie prestaba atención, pero se caía un ladrillo y todos lloraban. A las embarazadas no se les permitía dejar de trabajar ni siquiera en el momento del parto: parían forjando ladrillos” (Louis Ginzberg, Las Leyendas de los Judíos). En estos tiempos de gran y nuevo sufrimiento, Magnifica humanitas aumenta la gratitud hacia la Iglesia y hacia el papa León, y es un gran regalo para todos aquellos que siguen esperando y creyendo que la humanidad, a pesar de todo, es magnífica.

Tags: Magnifica humanitas