Agorà - Entre el siglo XIII y XV la economía se convierte en un tema de debate teológico y alcanza a un público amplio: el ensayo de Luca Ughetti Predicare l’economia (Carocci, 2025).
Luigino Bruni
publicado en Agorà di Avvenire el 08/11/2025
Los comerciantes siempre supieron que el mercado era una forma de reciprocidad y de amistad civil. Intercambiar bienes no era más ni menos civil que administrar una comuna o una hermandad. Quienes lo tenían menos claro eran los teólogos, los obispos y los papas, que basándose en el principio según el cual la idea de la realidad es superior a la realidad, describieron y regularon mercados, comercios, contratos y finanzas mostrando un conocimiento pobre sobre los mercados y sobre las transacciones reales, demasiado pobre como para que todo la Edad Media y, aún más, la Edad Moderna católica pudieran conocer una verdadera alianza por el Bien común entre laicos y clérigos, entre los documentos oficiales de la Iglesia y las escrituras contables de comerciantes y banqueros. En los tratados morales de teólogos y pastores de la Iglesia se leían condenas a los préstamos con interés, a las ganancias que sacaban los comerciantes, como si en las ciudades reales hubiese alguien que prestara dinero gratuitamente o que llevara tejidos de Florencia a París sin ninguna ganancia.
Pero mientras los teólogos y los doctores escribían manuales sobre la moneda, los comerciantes tenían que trabajar. Todos sabían, incluso los autores de los tratados morales, que los agentes económicos-financieros no trabajaban gratis, que recurrir a sus servicios tenía un costo, y que el precio a pagar por obtener la mercancía-moneda se llamaba interés, aceptado por todos los operadores, sobre todo si no era excesivo. Entre el siglo XIV y XV, Venecia tenía más de cien bancos, cristianos y judíos, Florencia setenta, Nápoles cuarenta, Palermo catorce. La Iglesia era experta en ambigüedades, también en lo económico. Conocían los nombres de los grandes banqueros de la ciudad, se sentaban con ellos en los consejos de gobierno, y sobre todo se aprovechaban de sus servicios. Esto lo sabían todos, sobre todo los citadinos, pero se hablaba muy poco, también porque los que escriben la historia, en general intelectuales, sobrevaloran el peso de los libros y de las ideas, y se olvidan, o subestiman, el hecho de que la realidad se impone con sus necesidades y deseos. Desde lo alto de las catedrales y desde sus latinorum, los teólogos aplicaban prohibiciones que hacían más complicada la vida de los comerciantes y de la gente, incluso de los comerciantes honestos, y sobre todo de los pobres a los que, de buena fe, querían proteger.
Predicare l’economia de Luca Ughetti se inscribe en la rama de estudios, inaugurada por maestros como Amleto Spicciani y Giocomo Todeschini, que se centra en las órdenes mendicantes del siglo XIII y la segunda mitad del siglo XV en el centro de Italia (sobre todo la Toscana, Umbria y Las Marcas), para comprender el nacimiento de la economía de mercado. El libro es una colección de ensayos (las repeticiones se vuelven, por lo tanto, casi inevitables) que inspira a los que aman conocer más acerca de las raíces de la economía italiana y europea, en particular del espíritu del capitalismo meridional anterior a la Reforma, y por lo tanto de una narrativa diferente al análisis de Max Weber sobre la ética protestante.
Los primeros protagonistas del libro son dos predicadores dominicos de la Florencia del siglo XIII y XIV, Remigio de Girolami y Taddeo Dini; luego sigue un extendido análisis de algunas obras menos conocidas de Bernardino de Siena y de algunos de sus discípulos de la Observancia franciscana, Juan de Capistrano y Jaime de la Marca (maestro de Marco de Montegallo, de quien hemos hablado otras veces en estas páginas, como fundador de Montes de Piedad y de Montes frumentarios).
Los dominicos, como sabemos, eran menos abiertos que los franciscanos (Olivi, Scoto) con respecto a las novedades de los comerciantes y de los mercados. Su crítica a las ganancias y, todavía más, a la usura se refleja con fuerza en el volumen: “Todo usurero peca, y todo pecador es usurero” (Remigio, p. 42). Es interesante ver la amplia gama de animales y de bestias usadas para describir los pecados de los comerciantes y de los usureros: águila, ballena, serpiente, burro, perro. El apelativo de ‘perros’ era, desde Jerónimo, el más elegido para los judíos, que se convirtieron en la imagen perfecta del usurero: un fuerte anti-semitismo acompañó la fundación de la economía de mercado, un aspecto que el libro menciona pero que apenas desarrolla.
Son importantes las páginas dedicadas a Bernardino, que se caracteriza por la ambigüedad, la misma que la de su época. El gran predicador de Siena muestra en algunos textos una mayor apertura hacia el mercado y los comerciantes, si es que la actividad satisface las seis condiciones indicadas por la teología y el derecho medieval: persona, causa, tiempo, lugar, consorcio, modo. A estas seis notas morales, Bernardino, dirigiéndose (con cierta creatividad) a Scoto, agrega una séptima: el daño común, una versión en negativo del bien común. En estos sermones hay siempre palabras de condenación, sin excepción, a la usura, pero hay también algunas palabras buenas respecto al comercio, como cuando Bernardino usa incluso metáforas económicas para hablar de la Salvación (“Dios comerciante”) y de la “mercantia amoris” (p. 92). Pero muchas veces Bernardino pasaba por alto un dato que él y los otros predicadores sabían muy bien: que los grandes comerciantes y grandes usureros eran generalmente de las mismas familias toleradas como banqueros, gracias a su filantropía como comerciantes. Pensemos al respecto en uno de los mensajes de “El mercader de Venecia” de Shakespeare: Antonio, el mercader que interpreta el lado de la víctima, y que se jacta de prestar gratis, y Shylock, el usurero que hace de verdugo, una tesis que Shakespeare discute.
Al análisis de esta séptima condición de Bernardino, Ughetti le dedica muchas páginas, de las cuales emerge la raíz de la desconfianza sustancial que los predicadores medievales tenían para con los comerciantes. La base de la propuesta teórica, implícita pero fuerte y clara (aunque Ughetti no lo dice), es que el comercio se desarrolla en una constante condición de lo que hoy llamaríamos ‘información asimétrica’, donde el comerciante es la parte más informada y la que abusa de sus conocimientos para engañar al sencillo pueblo. Esto se ve con claridad con el bernardino Jaime de la Marca, cuando en los años 1440-1450, en uno de los temas de su Quaresimale, enumera todos los trucos fraudulentos de un comerciante (‘Mastro Bartolomeo’): “Primero es el que cuenta y engaña; que al contar tan rapido deja atónito a aquel o aquella que recibe el dinero: porque cuenta con prisa (‘ta', ta', ta', uno, dos, tres, cinco, siete, ocho, diez, trece, catorce, diecisiete, diecinueve, veinte’), y la pobre mujer que no tiene tanto intelecto cree que es lo que tú dices y los recibe tal y como tú se los das, y cuando va a la casa y empieza a contar peso por peso, se da cuenta de que la engañaron con tres monedas” (p. 218). Esta hipótesis, que algunas veces y en algunos mercados se comprueba, se volvió una regla general de las transacciones. De ahí la conclusión de que el trabajo de compraventero no era un trabajo legítimo, porque no era útil al bien común (es decir, al bien del común, al bien de la ciudad), porque estaba fundado en esos engaños.
Los comerciantes eran conscientes de que a menudo el beneficio mutuo era asimétrico (+4, +1) debido a las tantas correlaciones de poder y de información, pero hasta ayer era raro que quien aceptaba un intercambio lo hiciera perdiendo intencionalmente riqueza y utilidad; también porque los intercambios se repetían, las personas volvían y había entonces efectos importantes sobre la reputación. Pero cuando el contrato llegaba a generar un signo menos en cualquier parte del contrato (+1;-1, +4;-1…), los ejecutantes sabían perfectamente que se estaba saliendo de la economía y se estaba entrando en el hurto, se dejaba la fisiología y empezaba la patología del mercado. Y por estos actos indebidos se confesaban, pedían perdón y restituían cada tanto ese mal recaudo, quizás en el jubileo o poco antes de morir, como nos relataba hace casi un siglo Armando Sapori. En las finanzas la asimetría era muy grande, por eso era perseguida con mucha atención por las leyes, pero también aquí el beneficio mutuo tenía un radio de alcance amplio, que todos conocían muy bien – y no eran raras las protestas de la gente cuando las autoridades civiles y religiosas expulsaban a los judíos con sus bancos de las ciudades medievales y modernas. En algunas páginas de Bernardino también aparece el beneficio mutuo en el mercado, pero en otras páginas es negado, alimentando la idea de los comerciantes (sobre todo pequeños) como ladrones y estafadores, como gente a mirar con desconfianza.
Y sobre la base de esta parcial teoría del valor, Jaime de la Marca construye toda una casuística, que haría avergonzar a la actual bolsa de valores, porque el “modo” del contrato no debe ser “Malignus, Falsus, Infedelis, Iniustus, Crudelis” (p. 214), más veinte casos de estos cinco géneros (desde el camuflaje hasta el cambio falso). También en el Quaresimale encontramos otro diálogo hipotético con el comerciante que reivindica la legalidad de su trabajo porque “nutre a la ciudad”, y para su tesis argumenta: “La primera motivación es evidentemente falsa, ya que nunca he visto a nadie morir de hambre, salvo a quienes están en prisión por deudas o a quienes se les ha despojado de sus propios bienes, dado que Dios da alimento a los hombres” (p. 221).
Leyendo estos libros y otros del género nos damos cuenta de que la economía de mercado en Italia y en Europa logró desarrollarse a pesar de las acciones de los predicadores. Los comerciantes y banqueros no escucharon la casuística de los predicadores, trataron de seguir trabajando, incluso porque muchos franciscanos, mientras sus colegas profesores de teología escribían tratados en latín, eran amigos de comerciantes, eran sus confesores, los veían en las Órdenes Terceras y los alentaban a seguir más allá de los repudios y las prohibiciones de tratadistas y predicadores. Pero por sobre todas las cosas, los comerciantes y los agentes económicos han desarrollado, en los países católicos, una doble moral que sigue estando en la base de tantas anomalías latinas, desde las amnistías fiscales hasta la evasión generalizada. No hemos sido capaces de generar una verdadera cultura de confianza entre mercado, religión y ciudad, y por eso también en nuestra hermosa Constitución republicana no encontramos palabras como ‘empresario’, ‘mercado’ o ‘banco’.