La economía busca protectores

Tratamos de convencernos de que, para actuar, necesitamos incentivos y de que las personas responden sólo a intereses… Pero la defensa de los bienes comunes requiere gratuidad: ¡No hay que contaminar un lago sólo porque no nos convenga!

por Luigino Bruni

publicado en  pdf Avvenire (201 KB)  el 12/05/2015

Adamo Eva Poussin cropLa protección es una vocación universal de todos y de cada uno. La economía, pese a que su etimología (oikos nomos) evoca el oikos, el medio ambiente, la casa, en las últimas décadas está traicionando esta vocación de protección porque está demasiado condicionada por los rendimientos y los beneficios a corto plazo. El homo oeconomicus, tal y como lo ha pensado hasta ahora la ciencia y la praxis económica, no tiene lugares donde vivir sino espacios que ocupar. El lugar, lo sabemos, tiene que ver con la identidad, la especificidad, las raíces. El espacio es la dimensión racional de los lugares: es uniforme, sin raíces ni destino. Y así, nuestro capitalismo especulativo está eliminando las especificidades y las identidades de los lugares, de sus tradiciones sociales y económicas, para poderlos controlar y orientar al mercado, dando vida a un mundo uniforme, sin biodiversidad en cuanto a formas de empresa, de trabajo, de vida.

La lógica económica imperante no comprende la protección, la custodia, porque no comprende la gratuidad. El mercado tal y como lo conocemos hoy está cada vez más definido por la lógica del incentivo y, por tanto, del cálculo coste-beneficio. Tratamos de convencernos de que, para actuar en el ámbito económico y, por tanto, laboral, debemos ser incentivados, porque las personas sólo responden a intereses. Pero para proteger la creación, la tierra, los bienes comunes, las relaciones, para cuidar de los demás y de nosotros mismos, es esencial la dimensión de la gratuidad o, al menos, una lógica más compleja que la mera razón económica, que es demasiado simple. La única razón para no contaminar un lago no puede ser la conveniencia de tenerlo limpio, sino, antes que nada, el respeto a una realidad viva como nosotros. El respeto, la dignidad, la gratitud no son categorías económicas pero son palabras fundamentales para vivir y dar vida. Las razones que llevaron a nuestros abuelos a cuidar los ríos y los valles no fueron solo ni principalmente económicas: existía un instinto ancestral, incluso religioso, que los llevaba a comportarse de una manera no depredadora con el medio ambiente que los acogía. Una relación no depredadora que también otras culturas no occidentales han sabido salvaguardar a través de los siglos. La protección forma parte de la condición humana. Pero es ajena a nuestro capitalismo, que sigue cuidando a los hijos de Abel con fundaciones creadas por los hijos de Caín, como cuando las multinacionales de los juegos de apuestas patrocinan a asociaciones que tratan a jugadores patológicos. O cuando las multinacionales del armamento ‘protegen’ a los huérfanos de las guerras. Esta protección es lo opuesto a lo que aparece en la tradición bíblica y en cualquier humanismo verdadero, que nos recuerdan que el ser humano es un animal capaz de proteger, de cuidar. Y, por tanto, capaz de cuidar de sí mismo, de los demás y de la naturaleza.

No es casualidad que en el libro del Génesis encontramos la misma palabra, shamar, cuando se habla del Adam como ‘protector’ del jardín (capítulo 1), y cuando Caín homicida-fratricida vuelve de los campos y se declara no guardián, shamar, de su hermano (capítulo 4).

La custodia es una expresión directa de otra gran palabra humana: responsabilidad. Caín no se sentía guardián y, por tanto, no se sentía responsable. De hecho, ante la pregunta de Dios: “¿Dónde está tu hermano?”, no responde sino que plantea otra pregunta: “No lo sé. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”. De nuevo, shamar: Adán se sentía el guardián del Edén, Caín no se sentía guardián de su hermano y, por tanto, no había custodiado ni las relaciones ni la tierra de los hombres. Tras cada una de estas solicitudes de protección se esconde la pregunta radical de la fraternidad, inter-humana y cósmica (los seres humanos no agotan la vocación universal a la fraternidad, como comprendieron muy bien Job o San Francisco).

La protección del mundo y la protección de los demás son lo mismo. Cuando falta, prevalece la muerte. Muere Abel y junto a él mueren también los animales, las plantas, la creación que, al igual que el hermano, nos pide protección.

La protección nos obliga a salir de nosotros mismos para ocuparnos del otro. Por lo tanto, por naturaleza, es anti-narcisista, en cuanto a que nos descentra. Y en una civilización donde el narcisismo se está convirtiendo en una enfermedad endémica, la protección no se comprende y no se ve.

Se dan algunos desafíos culturales y sociales de los que dependen la calidad, la cantidad y, quizás, la supervivencia de lo que conocemos como protección de nuestra sociedad. El primero se refiere a los niños y ancianos. Las familias, donde aún siguen existiendo, ya no son capaces, a grandes rasgos, de asegurar la protección y el cuidado del despertar y el ocaso de la vida. Debemos reinventar nuevas formas de protección de las relaciones y de las personas en estas fases fundamentales, porque no puede ser el mercado, junto con lo que queda del estado social, los que protejan nuestras relaciones primarias. Es necesaria, como recuerda la filósofa Jennifer Nedelsky, una revolución en la cultura del cuidado, que lleve a toda persona adulta a cuidar de sus propias comunidades y sus propios lugares, si queremos salvarnos.

El segundo tiene que ver con los bienes comunes. No se pueden salvar los mares, los glaciares, los bosques, los espacios verdes y la biodiversidad, dejando su gestión y su ‘custodia’ en manos de la mera lógica económica, como viene ocurriendo. Entre otras cosas, porque estamos descargando sobre los pobres muchos de los costes de nuestras ‘soluciones’.

Es necesario hablar más de protección, es necesario hablar más de gratuidad, es necesario hablar más de vida. Y pedir más. Quizás haya alguien que responda.

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