Sobriedad, pobreza y gratuidad

Es absolutamente indispensable poner el principio de gratuidad en el centro del debate sobre la economía y el mercado

por Luigino Bruni

publicado en la sección sobre Educación al Consumo Responsable de e-coop

Luigino Bruni: Si ayudamos a una persona con problemas, pero no hacemos que se sienta amada y respetada, se comportará de forma oportunista.

Para hablar de sobriedad y de consumo responsable es necesario tomar como punto de partida una palabra que hoy resulta incómoda, marginada y combatida, pero sin la cual no es posible decir nada sobre la sobriedad y el consumo crítico. Esa palabra es pobreza. La palabra pobreza, en la cultura cristiana y occidental, no se asocia a un mal absoluto. Hay palabras que siempre son negativas: mentira, violencia, racismo... La pobreza no es una de ellas, ya que si bien existe una pobreza que se sufre y no se elige, que significa exclusión e indigencia, existe otra pobreza querida y elegida, que nace de una exigencia espiritual interior de liberarse de cosas para rodearse de otros bienes, entre los que destacan los bienes relacionales.

Sin personas que elijan libremente llevar un vida pobre (o sobria, aunque prefiero pobre), hoy como ayer, en Italia como en África, es muy difícil, por no decir imposible, que las personas que no han elegido la pobreza sino que la padecen puedan salir de las trampas de la indigencia y la exclusión. Los programas gubernamentales y públicos de lucha contra la pobreza también pueden ser implementados por funcionarios con yates y coches caros, que alternan congresos sobre la pobreza con vacaciones millonarias. Pero si los cooperantes de las ONG, los misioneros, o los voluntarios internacionales no son personas que hayan elegido libremente llevar una vida sobria y no consumista, es muy probable que sus intervenciones no tengan un éxito duradero. En otras palabras, las instituciones y sus funcionarios pueden ocuparse de la pobreza sin ser pobres (eso es lo normal) y sus intervenciones en algunos casos serán útiles, sobre todo cuando se trata de construir puentes, canales, hospitales,  escuelas, estructuras e infraestructuras. Pero si las personas que trabajan día a día en esos hospitales o en esas escuelas, si las personas que comparten la vida de los pobres no son también libre y conscientemente pobres y sobrias, las personas que reciben ayuda tienden a comportarse de modo oportunista, aprovechándose de la ayuda recibida, que no se convierte en desarrollo humano (como muchos estudios sobre el llamado “Dilema del Samaritano” nos muestran). ¿Cuál es el motivo? Si una persona que se encuentra objetivamente en un plano de inferioridad (de bienes, derechos, oportunidades o capacidades), no se siente apreciada y respetada antes que ayudada, no transformará os bienes y servicios que recibe en capacidades y por ello en desarrollo, como nos enseñan Amartya Sen y Martha Nussbaum. Un pobre sólo puede ser ayudado por alguien que comparta una vida pobre, que establezca con el receptor de la ayuda una relación de communitas y no de immunitas.

Una condición antropológica necesaria para poder comprender y llevar una vida (libremente) pobre está asociada a otra palabra que me resulta muy querida: gratuidad, una palabra que hoy está entrando también en los debates pura y auténticamente económicos, aunque solo en ambientes innovadores de economía social y civil. Poner el principio de gratuidad en el corazón de los temas de la economía y el mercado es una operación muy importante, que en cierto sentido tiene alcance revolucionario. No hay nada más ausente hoy en el debate económico, en los mercados y en las empresas que la gratuidad. A quienes hablan de gratuidad en economía se les suele tomar por ingenuos o muchas veces por impostores  («¿qué habrá detrás?»), y en cualquier caso la gratuidad se ve como un elemento dañino para el funcionamiento de los mercados y las empresas. Por eso hay que ver detalladamente qué es y qué no es la gratuidad.

Un primer error consiste en confundir la gratuidad con lo que se da gratis (a precio cero) o con la filantropía. Un segundo error es identificarla con los regalos promocionales o con los descuentos que, por el contrario, suelen funcionar como una vacuna, metiendo en el cuerpo una pequeña cantidad del virus que quieren combatir (la verdadera gratuidad). Al introducir en la sociedad trocitos de don, nos inmunizamos del don verdadero, siempre trágico y doloroso, temido por la sociedad de consumo. Un tercer error es asociar la gratuidad al puro don, poniéndolo en conflicto con el deber, con el contrato, con el mercado. En realidad, la gratuidad remite a la palabra griega charis, gracia, al agape, la palabra griega que los latinos tradujeron como caritas, o, en algunas tradiciones, como charitas, donde la “h” señalaba con más claridad el vínculo entre el agape y la charis.

La gratuidad es gratia, puesto que es don gratuito no solo para el receptor de los actos de gratuidad, sino también para quien los realiza, ya que la capacidad de gratuidad es algo que sucede en nosotros y nos sorprende siempre, como cuando somos capaces de volver a empezar después de un gran fracaso o de perdonar verdaderamente errores graves de los demás (y nuestros). Es importante, también para la economía, la asociación que se da en muchos idiomas, entre don y perdón. No hay perdón sin don, ni don sin perdón. El perdón que nace del agape siempre es un don, un for-give. El perdón-gratuidad siempre es un don, puesto que significa perdonar estando dispuestos a ser heridos y traicionados una vez más: “te perdono ahora y estoy dispuesto a perdonarte si me vuelves a herir”.

Esta es la gratuidad que el mercado capitalista no conoce. La gratuidad es una dimensión de todo acto humano, de toda empresa y no solo de las no lucrativas. Sería un error muy grave asociar la gratuidad solamente al voluntariado, a la economía social, dejarla en manos de “especialistas” que se ocupan del 2% de la vida económica y social. ¿Y qué hacemos con el restante 98%? La gratuidad, por ejemplo, no debe estar presente solo en los patrocinios o en las fundaciones bancarias sino en toda la actividad ordinaria de bancos y empresas.

La gratuidad no es el licor del final de la comida, sino la manera de preparar la comida entera, la calidad de las relaciones que establecemos mientras vivimos dentro y fuera del mercado, con quienes se sientan a nuestra mesa y con quienes se quedan fuera de nuestros banquetes opulentos (toda sobriedad implica siempre una opción por la pobreza), la ética y la sostenibilidad ambiental de las verduras y el arroz que compramos para preparar la comida, etc. En todas estas cosas está en juego la gratuidad en el consumo y en el mercado.

Entonces ¿qué es la gratuidad? Es esa actitud interior que nos lleva a relacionarnos con los demás, con nosotros mismos y con la naturaleza, sabiendo que estamos ante algo que hay que amar y respetar y no usar para fines egoístas. Cuando se activa la dimensión de la gratuidad, el camino a recorrer es tan importante como la meta a alcanzar. El don puede ser gratuidad pero también puede que no lo sea, si en el don prevalece la dimensión de la obligación. Una palabra que nos ayuda a entender esta dimensión necesaria de la gratuidad es la inocencia, que vemos sobre todo en los niños. El niño que juega sin otra finalidad que el juego mismo expresa esta dimensión de la gratuidad. La gratuidad también está presente en el comportamiento de esa persona anciana que, aun viviendo sola, se hace bien la cama y se prepara la comida con esmero, para expresar su dignidad de persona y no dejarse.

Recordando su experiencia en el campo de concentración, Primo Levi escribía: En Auschwitz noté muchas veces un fenómeno curioso: la necesidad del “trabajo bien hecho” está tan profundamente radicada dentro de nosotros que nos empuja a hacer bien incluso el trabajo impuesto, el trabajo de esclavos. El albañil italiano que me salvó la vida trayéndome a escondidas comida durante seis meses, detestaba a los nazis, detestaba su comida, su lengua, su guerra; pero cuando le ponían a levantar una pared, la hacía recta y sólida, no por obediencia sino por dignidad.

Levantar una pared recta por dignidad también es expresión de gratuidad, puesto que nos dice que existe en los otros, en nosotros mismos, en la naturaleza, en las cosas e incluso en las paredes, una verdad y una “vocación” que hay que respetar y no someter a nuestros intereses. “Aquella pared era él mismo”, comentaba el laudista Foscolo durante un encuentro: La belleza y la solidez que aquel albañil ya no veía en sí mismo por las condiciones inhumanas en que vivía, las había encarnado en aquella pared, como diciendo: ‘aunque todos veáis otra cosa, en realidad yo soy recto y hermoso como esa pared’. La gratuidad es una dimensión que puede acompañar a casi cualquier acción, desde el contrato hasta el don. El consumo crítico vive la gratuidad no porque consiga descuentos para los clientes o de los fabricantes, sino porque diseña contratos y relaciones orientados al bien y a la justicia; porque levanta “paredes rectas”.

La economía hoy no es capaz de ver la gratuidad. Pero tal vez no la vea porque es como la levadura y la sal de la tierra. La levadura, como sabemos, es una cantidad tan pequeña, en comparación con la harina y el agua, que se pierde entre ellas; pero es esencial para hacer el pan y para hacerlo bueno y comestible. Por eso, si la gratuidad desaparece de la economía, el pan de la economía y en consecuencia de la ciudad, siempre será un pan ácimo

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