Algunas reflexiones sobre el destino universal de los bienes y la necesidad de la cooperación internacional frente a los desafíos de nuestro planeta y a las reivindicaciones territoriales presentadas por el presidente de Estados Unidos Donald Trump.
Benedetto Gui
publicado en Città Nuova el 13/01/2025
Trump quiere comprar Groenlandia por motivos estratégicos y por sus recursos naturales (particularmente mineros e hidroeléctricos); se apoya en la protección militar que Estados Unidos le brinda desde la Segunda Guerra Mundial, y amenaza con aranceles – o algo peor – si no se le complace.
Dinamarca apela al principio de que las fronteras establecidas no se pueden tocar. Y están además los 60 mil habitantes, que tendrán ellos también sus buenas razones para reclamar la independencia y, por tanto, la tenencia de aquel territorio.
Sumemos un dato geográfico. Groenlandia tiene una enorme superficie de casi 15 veces la superficie de Bangladesh, donde 175 millones de personas tienen que conformarse con un territorio equivalente a menos de la mitad de la ya superpoblada Italia. Estados Unidos, con 350 millones de habitantes, ya dispone de casi 10 millones de kilómetros cuadrados: casi tanto como Europa (incluida la Rusia europea), que tiene 750 millones de habitantes, y un poco más que China, que tiene 1.400 millones de habitantes. Dinamarca tiene 6 millones de habitantes y un territorio grande como el de los lombardos y los vénetos, que tiene 15 millones.
Cada uno de los tres contendientes puede reivindicar sus razones para quedarse con Groenlandia. Estados Unidos, su fuerza económica y su responsabilidad militar dentro de la OTAN. Dinamarca, el haber visto reconocida su posesión en la época de Napoleón, en el momento de la separación de Noruega (la primera nación europea en tomar el control, aunque de forma intermitente). Los groenlandeses, en gran parte de etnia Inuit, su presencia en ese suelo desde la prehistoria, lo que debería ser un motivo suficiente para tener derecho a autogobernarse. En realidad, no siempre es así, como nos enseña el caso de los aproximadamente 30 millones de curdos, una población ampliamente mayoritaria en extensas zonas de Turquía, Irán, Irak y Siria, que no consiguió nunca hacer reconocer su independencia.
Las tres alternativas, si implican que uno de los tres grupos podrá apropiarse de manera exclusiva de los recursos de esta inmensa isla, casi intacta todavía, son malas soluciones para el que piensa que la Tierra es patrimonio común de la humanidad.
El pensamiento social de la Iglesia, con justa razón, no ha querido nunca darle valor absoluto ni al derecho de propiedad de los individuos sobre casas o terrenos, ni a la soberanía de las Naciones sobre territorios incluidos dentro de sus fronteras. Esos derechos, adquiridos con el tiempo mediante procesos más o menos justificados, deberían verse más que nada como convenciones útiles para evitar un continuo conflicto entre innumerables posibles contendientes, y para dar a sus titulares la libertad y el incentivo de disponer de ellos útilmente, pero teniendo siempre presente el ‘‘destino universal’’ de los bienes de la Tierra.
Pero entonces la discusión no sería solo la propiedad de Groenlandia, o de la Antártida próximamente, sino también de los interminables territorios siberianos, conquistados por Rusia entre los siglos XVI y XVII; o la de varias partes del continente americano, conquistados por pueblos europeos occidentales; o la de la península arábiga, conquistada (con muchos otros territorios) por el primer Estado Islámico.
Está claro que estos son solo tres ejemplos de los muchos que hay de conquistas, a filo de espada o a cañonazos, de territorios que resultaron luego ser muy importantes en términos de recursos del subsuelo, cosa que por otra parte sus ocupantes no sabían ni podían imaginar.
Soy consciente de que todo eso puede sonar como pura utopía, y más en tiempos en que la reivindicación violenta de territorios ha vuelto a ser de gran actualidad, y con ello la reafirmación del derecho de hacer retroceder al que busca acercarse a las propias fronteras. Pero lo que nos recuerda que los recursos de la Tierra deben administrarse de manera cooperativa es la emergencia climática, a la que no escapan ni siquiera las metrópolis más avanzadas del poderoso Estados Unidos.
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