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Hacer

Las palabras de la economía civil - “Hacer”, una palabra que responde a una necesidad profunda de nuestro ser.

Benedetto Gui.

Original italiano publicado en Leroy Merlin el 08/10/2019.

“¡Cómo me gusta la vida activa!” acostumbraba a decir mi tío mientras se acomodaba en su butaca. Todos nos echábamos a reír pero, conociéndole, su postura y sus palabras no eran tan contradictorias como podría parecer a primera vista. Es más, expresaban un sano equilibrio, que en nuestro tiempo cuesta mucho encontrar.

Estamos activamente envueltos en un imparable proceso de transformación de tierras, bosques, mares, plantas, animales, minerales en el subsuelo de los barrios residenciales, mobiliarios, urbanizaciones turísticas, una gran variedad de alimentos, medios de transporte, objetos de todo tipo y función, pero también, con un ritmo no menor, zonas industriales abandonadas, bosques destruidos, páramos degradados, aguas envenenadas y fondos marinos llenos de plásticos y latas, y basureros que se nutren de los alimentos y objetos citados (que muchas veces ni siquiera han pasado, o lo han hecho parcial y apresuradamente, por la fase del uso). Nuestros indicadores valoran positivamente este proceso y elogian su rapidez y su extensión. Pero este proceso solo es posible gracias a un empleo constante y muchas veces incesante de tiempo y de energía, junto con el sacrificio de importantes espacios vitales y de la salud (también para los peor posicionados en la escala económico-social, no solo quienes tienen el prestigio y demás beneficios derivados de estar en los puntos más altos).

Hacer, y hacer funcionar la máquina, es el imperativo colectivo que nos hemos dado, aunque no seamos plenamente conscientes. Este “hacer” muchas veces es admirable por su seriedad, profesionalidad, inteligencia, intuición o capacidad de riesgo, pero en no pocos casos está mal dirigido con respecto a lo que es verdaderamente importante para la sociedad en su conjunto y para nosotros mismos.

Este “hacer” no abarca a todos, porque hay normativas cada vez más restrictivas y dinámicas competitivas cada vez más apremiantes (en los mercados de bienes y en los mercados de capitales) que hacen empresas cada vez más exigentes, parsimoniosas y cautas a la hora de garantizar puestos de trabajo. De ahí la cantidad de jóvenes, y muchas veces de adultos, imposibilitados para desempeñar su correspondiente dosis de hacer-trabajar. Y la extensión de la automatización y la inteligencia artificial hace temer que el fenómeno crecerá.

¿Debe resignarse la sociedad a echar mano a la cartera (incluso a la de las mega empresas globales que hoy logran desplazar rendimientos imponibles a países con un fisco más acomodaticio) para dar una renta a quienes no tienen trabajo, renunciando a la idea de que puedan tenerlo (como ya se ha hecho varias veces a través de las distintas formas de jubilación anticipada, un poco apasionante privilegio de algunas minorías)?

¿Por qué creo que ese no es el camino? La respuesta está precisamente en la palabra “hacer”, que responde a una necesidad profunda de nuestro ser y constituye un componente demasiado relevante para el crecimiento de la persona como para renunciar a él. Ciertamente existen muchas formas de “hacer” que no pasan necesariamente por un puesto de trabajo: desde las innumerables y meritorias formas de voluntariado a otras no menos profundamente humanas como las artes; y desde el cuidado de la naturaleza al cuidado doméstico de niños, ancianos y enfermos (algo que la politóloga canadiense Jennifer Nedelsky recomienda a todos los adultos durante al menos una docena de horas semanales). Pero el trabajo reconocido como tal constituye una experiencia personal importante por lo que enseña, porque habitúa a superar obstáculos, por el rol social que atribuye y por las oportunidades de relación que crea.

¿Y el medio ambiente? Ciertamente, tal y como están hoy las cosas, cada puesto de trabajo de más significa un derroche de recursos no renovables y emisiones, porque estos son los efectos de una extensión de la econosfera a costa de la biosfera. Pero este no es un destino inevitable. La economía moderna ha crecido ahorrando trabajo y sustituyéndolo con recursos naturales y combustibles, con la posibilidad de gestionar a bajo coste los residuos que se derivaban. Esto puede y debe cambiar, mediante prohibiciones, incentivos y desincentivos y – aún mejor – con una nueva visión de las cosas. No solo es posible reducir la intensidad de los llamados daños colaterales del puesto de trabajo, sino que muchos puestos de trabajo pueden nacer precisamente de las actividades de recuperación y conservación.

El mensaje para las nuevas generaciones no puede ser: “No hagáis más o haced menos, porque ya hemos hecho suficiente (daño) nosotros”. Antes bien, digamos: “¡Hacedlo mejor! Usad vuestra energía, poned en juego vuestras ganas de transformar la realidad, pero en una dirección con más amplias miras”. Recordémosles en todo caso - a ellos y a nosotros mismos - que al lado del verbo “hacer” deben tener sitio otros verbos como estar, reflexionar, escuchar o saborear.

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