Finanzas creativas

Entender la crisis/2

Las finanzas "creativas"

de Alberto Ferrucci
publicado en Città Nuova N. 4/2009link.gif
Mucho se habla de hipotecas subprime, productos derivados, rating y morosidad. ¿Qué realidad se esconde detras estos términos? ¿Por qué ha explotado la burbuja especulativa? 

Desde el comienzo de la era de la informática y las telecomunicaciones, con la liberalización del movimiento de capitales, la actividad de los bancos de negocios se hizo frenética. A ello contribuyeron también algunos premios Nobel que inventaron algoritmos estadísticos capaces, según ellos, de predecir la evolución de los precios y de calcular el riesgo financiero de las operaciones en el futuro.

 

Nacían así los denominados productos derivados, cuyo precio, por poner un ejemplo, depende de la evolución de la cotización de materias primas como el cereal, el cobre, el oro o el petróleo, necesarias para producir pasta, cables eléctricos, joyas o gasolina. Las empresas que producen estos bienes muchas veces están dispuestas a pagar un precio más alto con tal de asegurarse el suministro de las materias primas a un precio cerrado. Quienes venden estos productos derivados cobran una prima que producirá beneficios siempre que los precios se mantengan por debajo de la variación prevista por los algoritmos estadísticos y pérdidas, incluso relevantes, en caso contrario. 

Estos productos derivados pueden ser de utilidad para los productores, pero también pueden ser comprados por aquellos que quieren especular sobre el valor de las materias primas. Con ello, como ocurrió hace unos meses con el cereal y el petróleo, se puede amplificar enormemente el aumento de precios, transformándolo en una tragedia para los pobres.

Tales derivados permiten apostar sobre la evolución futura de acciones y obligaciones, así como sobre índices bursátiles, y pueden provocar pérdidas enormes para todo el sistema.

Después se inventaron productos para financiar las hipotecas inmobiliarias de segunda clase (subprime), concedidas a quienes no podían aportar más garantías que el valor de la propia casa que querían comprar, sin necesidad de probar la existencia de ingresos suficientes para pagar las cuotas de la hipoteca. Tales títulos supusieron un enorme éxito de ventas: los algoritmos calculaban un riesgo pequeño, con el presupuesto de que el valor de las casas seguiría creciendo, mientras que la falta de garantías justificaba un tipo de interés mayor.

Se fueron inventando otros productos similares: para financiar las tarjetas de crédito al consumo o para asegurar contra la insolvencia de los clientes. Tal es el caso de los CDS (Credit Default Swaps), que se inventaron hace diez años y de los que se han emitido ¡44 trillones de dólares!, una cifra equivalente al 78% del producto bruto de todo el mundo, una verdadera locura.

Y por supuesto productos compuestos por una mezcla de todo lo anterior, las llamadas obligaciones salchicha, ideadas bajo el presupuesto de que un conjunto diversificado de riesgos es mejor que un riesgo concentrado, ya que todas las operaciones no pueden salir mal a la vez.

Los ejecutivos de los bancos de negocios, sobre todo después de que la Comisión Americana de Seguridad en el Cambio eliminó todos los límites al respecto en 2004, empezaron a garantizar emisiones hasta 30 veces superiores al valor del capital del banco (efecto palanca). Un beneficio del 2% en estos títulos se convertía, en proporción al capital invertido por los socios, en un 60%. De este modo los ejecutivos recibían salarios y primas altísimas, produciendo dinero con el dinero ajeno mediante un enorme castillo de naipes, pero cargando de riesgo a los ahorradores y a los operadores de la economía real.

Esta posibilidad de emitir títulos y endeudarse con independencia del propio capital, en la práctica tiene el mismo efecto que imprimir papel moneda. Por eso, cuando tales títulos pierden valor es como si se retirase papel moneda del mercado, quedando los bancos sin liquidez para prestar dinero a las empresas de la economía real que producen bienes y servicios. Es lo que está sucediendo hoy.

Para gestionar estas finanzas creativas hacían falta empleados familiarizados con las nuevas y complejas lógicas de cálculo del riesgo; los empleados de banca formados antes de la era de la informática se limitaban a distribuir estos nuevos títulos al público sin ser capaces de captar su peligrosidad.

Con frecuencia llegaban a invertir sus propios ahorros, fiándose del prestigio de los bancos emisores y de la valoración de las agencias de rating, sin tener en cuenta que quienes encargaban las valoraciones eran los mismos emisores, por lo que resultaba lógica la elección de la agencia más optimista.

Los ejecutivos más antiguos desconfiaban de estas nuevas finanzas, que no llegaban a comprender del todo. Por eso los bancos italianos, cuyo relevo generacional es más lento, están menos involucrados en la crisis que los bancos suizos, ingleses, franceses y alemanes.

Evidentemente, a estos últimos no les bastó que uno de estos jóvenes gurús ya en 1995 hiciera saltar con sus jueguecitos –operando con su ordenador desde una oficina de Singapur- al banco Barings, un prestigioso banco de negocios que presumía de tener como accionista a la reina de Inglaterra. Hace poco otro joven gurú, -tal vez solo para hacerse notar- quemó 5.000 millones de euros de la francesa Société Générale.

Estas finanzas creativas, además, han desquiciado la relación tradicional de confianza entre el empleado y el usuario. Ahora hay que asegurar el riesgo de insolvencia y delegar en los superiores la valoración de lo que puede ofrecerse al ahorrador. Antes, para garantía de ambas partes, los empleados no concedían un préstamo si no les parecía que había suficiente capacidad de devolución y no vendían productos que no consideraban seguros. Hoy con frecuencia se han convertido a su pesar en simples burócratas.

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