Pocos se dan cuenta: hoy cualquiera puede crear una moneda, pero solo el que genera confianza puede hacerla aceptar como si fuera un dólar. Una moneda que, gracias a los algoritmos de las criptodivisas, puede ser usada en cualquier parte, superando controles y burocracia, pero minando el sistema financiero.
Alberto Ferrucci
publicado en Città Nuova el 27/04/2026
Las criptomonedas, el Bitcoin (BTC), el Ethereum (ETH), el Binance Coin (BNB) son herramientas digitales que permiten transferir valor sin pasar por bancos u otros intermediarios, pero con un claro defecto: su precio puede oscilar de manera violenta. Por eso aparecieron las Stablecoins, monedas digitales “ancladas” al valor del dólar: las más extendidas son Tether (USDT), lanzada por un empresario italiano, y otras a las que se ha sumado recientemente la USD1, de la empresa WLFI, cercana a la familia Trump.
No todas las stablecoins son iguales: algunas son garantías de reservas reales, otras se basan en mecanismos algorítmicos, mucho más riesgosos.
Las stablecoins permiten transferir dinero de manera rápida, global y con menos reglas que en un sistema bancario tradicional. Los que la usan pueden enviar dólares en pocos segundos a cualquier lugar de los mercados de las criptomonedas. Las transacciones son rastreables, pero no siempre es rastreable la identidad de los que operan.
Al comprar una stablecoin se consignan dólares reales a una empresa privada con acceso al sistema bancario, y un capital inicial y/u otros elementos para inspirar confianza: empresa que promete cuidarlos invirtiéndolos en actividades seguras, en títulos de Estado o en depósitos que generan intereses.
Estos intereses benefician al que emite la moneda (el “token”), que se compromete a devolver su valor en dólares (“a quemar el token”) con una simple solicitud.
En la práctica, sin embargo, la mayor parte de los token permanece en circulación sin ser canjeada.
Al no ser bancos, las empresas emisoras de token no están sujetas a la supervisión que se les impone a las instituciones financieras tradicionales, sino que están sujetas a reglas aún incompletas.
Teniendo márgenes de maniobra muy amplios, operan en el mercado financiero con menos límites que los bancos tradicionales: una libertad que, inevitablemente, abre la puerta a comportamientos riesgosos.
Una entidad financiera puede decidir invertir parte de las reservas en activos que ofrecen mayor rentabilidad pero que son menos seguros: bonos corporativos, instrumentos complejos o incluso criptomonedas, y mientras el mercado siga en alza, nadie se da cuenta.
Pero si una inversión falla, el valor real de las reservas puede caer por debajo de los token en circulación, y si se llega a saber y a perderse la confianza, se desata una carrera por el reembolso, como en las ventanillas de un banco sin efectivo: pero en este caso, no hay detrás un sistema bancario público que venga a ayudar.
Lamentablemente, no salen perdiendo solo los que compraron las stablecoins: una eventual insolvencia de Tether, que posee más de 120.000 millones de dólares en bonos estatales de Estados Unidos, si tuviesen que ser todos reembolsados de golpe, provocaría un shock en los mercados.
Esto debilitaría notablemente el valor de los títulos que poseen, los cuales garantizan también la solvencia de los bancos y otras instituciones financieras, aumentando la tensión en los mercados, con efectos más graves en los momentos más fragiles.
Las stablecoins se crearon para ofrecer estabilidad allí donde la volatilidad de la moneda es la norma, como en muchos países en vías de desarrollo, permitiendo operar en esos países en dólares; pero es una estabilidad con un costo oculto, ya que le permite a empresas privadas comportarse como bancos pero sin ser controladas como tales.
La situación empeora si una entidad emisora poco transparente crea stablecoins que no están totalmente respaldadas y las utiliza para especular comprando bitcoins en un momento de alza, con el fin de revenderlos, obtener dólares reales y reforzar las reservas: un tema de discusión es si esto no se vuelve un modo encubierto de hacer dinero de la nada, aprovechando la confianza de los usuarios.
Mientas las reglas a nivel internacional sigan siendo tan débiles como son en el presente, y más teniendo en cuenta que el sistema bancario se está abriendo a las stablecoins, la seguridad que prometen dependerá más de una confianza ciega que de garantías reales.
En un sistema tan expuesto, basta un error para que un dólar digital “estable” se transforme en un detonador sistémico.
Credit Foto: Foto di Marta Branco su Pexels