¿Qué aprendí interactuando durante dos días con los exponentes mundiales de la Economía de Comunión (EdC)?
Ricardo Voltolini
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La frase del título todavía suena en mi memoria con la misma fuerza con que la escuché el 29 de mayo en la apertura del Encuentro Global de Economía de Comunión en Buenos Aires (Argentina). Y seguramente va a resonar durante mucho tiempo, porque la memoria retiene con más intensidad lo que pasa a través del afecto y es pertinente. Concretamente, la frase expresa una idea potente para el que, como yo, trabaja en la sostenibilidad y el liderazgo regenerativo: la verdadera “curación” no llega ignorando el dolor del problema, sino atravesándolo y sacando de él los elementos necesarios para la recuperación.
En el contexto del desarrollo humano, la metáfora contiene tres significados que se aplican tanto a los traumas de la vida individual como a las crisis económicas, sociales, ambientales, climáticas y, actualmente, geopolíticas, que afectan a la vida colectiva del mundo. Es la llamada “policrisis”, tan bien definida por el filósofo Edgar Morin, recientemente fallecido.
Primero: la regeneración requiere, en primer lugar, mirar a la verdad de frente, en lugar de esconderla con soluciones superficiales.
Segundo: tal como la cicatriz representa para el cuerpo un esfuerzo, empezando por las células de la herida, así en la vida personal y colectiva el dolor de la pérdida es lo que cataliza el cambio, lo que devuelve la fuerza, la resiliencia y la creatividad necesaria para crear lo nuevo. Un principio biológico puro y simple.
Tercero: regenerar no es sinónimo de reparar; el nuevo tejido que nace de la curación tiende a ser más fuerte de lo que era antes de ser una herida.
Si hasta acá la metáfora es demasiado filosófica, vuelvo a lo que concretamente escuché en el Congreso de la EdC.
Los modelos más eficaces no nacen de discursos victimistas ocasionales ni de ideas geniales concebidas en oficinas aisladas, sino en las periferias, en el corazón mismo de las crisis y en las fisuras del propio sistema económico. Siempre surgen de adentro hacia afuera.
Por eso son esencialmente regenerativos, como destacó en uno de los paneles el español Isaías Hernando, corresponsal de la Comisión Internacional EdC. 
Según la economía regenerativa, las crisis son oportunidades de ruptura y son puntos de partida para la innovación y para nuevas estructuras, más eficientes; refuerzan redes de cooperación que transforman la vulnerabilidad en riqueza a partir de recursos sociales, culturales y espirituales; y otorgan un rol protagónico a las comunidades porque reconocen que solamente ellas, que conocen profundamente los sufrimientos de sus propios territorios, son capaces de aprender a organizarse y a crear soluciones de adentro hacia afuera.
Desde el punto de vista de la sostenibilidad, en lugar de limitarse a buscar el “impacto cero”, o sea, a dejar de empeorar el cuadro de degradación ambiental y del cambio climático, la economía regenerativa reconoce sin filtros una gran “herida en el tejido”, y como forma de sanación propone empresas más responsables que combinen las ganancias con la restauración de los ecosistemas y las comunidades heridas.
Durante los dos días del seminario conocí experiencias conmovedoras en educación, en desarrollo comunitario, en turismo solidario, en empresas sociales, en ecología integral y en apoyo a los pueblos originarios. Conocí iniciativas que tuvieron un impacto en localidades argentinas como Catamarca, Salta, Tucumán, Entre Ríos y otras, y que mejoraron también la realidad de ciudades tan diferentes como San Pablo y Salvador (Brasil), Asunción (Paraguay), Esmeraldas (Ecuador) y Santiago (Chile). Podría escribir un libro, pero puedo resumir lo que aprendí en dos enseñanzas que valen para toda la vida:
1. Regenerar significa dar lugar a algo nuevo. No necesariamente de cero, pero mejor y más fuerte. Desde adentro hacia afuera de la herida socioeconómica.
2. Regenerar significa poner la economía al servicio de la vida y el ser humano. Y no la inversa, como sucede hoy.
El modelo ideado por Lubich reúne a líderes interesados por el mundo entero
Antes de compartir las conclusiones de este congreso, sería oportuno explicar qué es la Economía de Comunión (EdC) y por qué he decidido, aún no siendo católico, participar en un movimiento que nació en el seno de la Iglesia católica.
La EdC nació en 1991 en São Paulo, bajo la iniciativa de la italiana Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares. Conmovida por la escandalosa desigualdad social de las periferias de la capital paulista, en un momento de fuerte recesión económica a nivel nacional, la líder religiosa propuso un modelo alternativo al asistencialismo para generar trabajo, riqueza y dignidad. En ese entonces, yo trabajaba como periodista en la Folha de S. Paulo y conocía muy de cerca esa realidad: hiperinflación, desocupación y hambre en aumento.
En lugar de confiar en la buena voluntad de los ricos, Chiara pensó que la solución más eficaz estaba en crear una respuesta estructural a la producción de riqueza utilizando la lógica del libre mercado. Entonces convocó a empresarios y los alentó a desarrollar actividades competitivas, pero orientadas por la lógica del beneficio en “comunión”: reparto colectivo de los resultados, colaboración y reciprocidad, relaciones justas entre empresarios, trabajadores, clientes y proveedores.
Su idea de polos empresariales se difundió rápidamente a nivel mundial, con altos y bajos. Hoy se cuentan unas mil empresas en cincuenta países, y todas forman una sólida red solidaria cuyas acciones benefician a 200 mil personas cada tres años.
Aunque estoy casado con una participante del Movimiento de los Focolares, entré en contacto con la EdC recién en noviembre del 2025, durante la COP30 de Belém (Pará, Brasil), en un encuentro con Lorna Gold, directora ejecutiva del Movimiento Laudato Si’. Y fue como un flechazo.
No solo porque vi en ese modelo similitudes con prácticas que desde hace años admiro de las cooperativas brasileñas, sino también porque al poco tiempo conocí, sin ningún plan prestablecido, a líderes verdaderamente éticos, afectuosos, inclusivos, íntegros y ecocéntristas. Muy por encima de la media.
Modestos y a la vez inspiradores, los líderes de comunión se mueven gracias a un tipo de energía que es poco habitual en los líderes de empresas tradicionales, y que podría definirse como “don” o como “cultura del don”. Esta fuerza interior – una mezcla de humildad, compasión y solidaridad – consiste en poner talentos, ganancias y recursos al servicio del bien común. En la práctica, no de palabra.

Los líderes de comunión no viven en piloto automático, estresados, desconectados y bajo una constante presión por alcanzar objetivos improbables. Están guiados por el amor y el sentido del propio objetivo. Poseen competencias interiores que los hacen más equilibrados y felices, como una brújula de valores, integridad, presencia, empatía, resiliencia, capacidad de conectar, conciencia de la interdependencia, visión propositiva del mundo, capacidad de construir relaciones y de co-crear soluciones. Como fundador del movimiento “Marcas que se Importam” veo en ellos a líderes que cuidan de los demás y del mundo.
Créanme que pasar dos días con personas que se preocupan por los demás restablece lo mejor de la humanidad que hay en nosotros, despierta un inesperado estado de poesía y fortalece el optimismo en el camino hacia la construcción de un mundo mejor. Por todo eso, aunque no hubiera aprendido nada de lo que aprendí en el Congreso, hubiera valido la pena participar como si fuera una simple terapia.
La diversidad, la vocación y el espíritu de comunidad son signos de una celebración del bien
Con más de 400 participantes de 43 países, el Congreso Internacional de la EdC tuvo dos momentos. Un primer tiempo de inmersión de tres días en el que los participantes pudieron conocer, “en el campo de las comunidades”, 16 iniciativas locales latinoamericanas. Y un segundo momento, en el Centro Cultural la Usina del Arte, en el barrio de La Boca, donde los responsables de los proyectos tuvieron la oportunidad de compartir sus historias y desafíos.
“A nosotros, Economía de Comunión, nos espera seguir ofreciendo al mundo lo que nos hace una propuesta singular, profunda y auténtica, capaz de transformar territorios, empresas, organizaciones y personas a partir de la inmersión en el corazón de las heridas. Generamos nuevas culturas económicas a partir de la comunión. Sin este contenido, las nuevas reglas y los nuevos mercados no podrán mantenerse”, afirmó en la apertura del evento la brasileña Maria Helena Fonseca Faller, integrante de la Comisión Internacional de la Economía de Comunión.
Fue emocionante escuchar el testimonio de Vanderlei Burure Wadi, líder xavante, sobre el impacto del Programa Supera de la EdC Brasil, que financia becas de estudio para jóvenes de esa comunidad indígena del Mato Grosso.
Me impactaron también historias como la de la productora camerunesa de chocolate Mabs&Smalls Kitchen y la de la panadería surcoreana Sung Sim Dang, empresas de comunión que concilian las ganancias con el bienestar de los empleados, el reparto de los resultados económicos, el respeto por el medio ambiente y el desarrollo de las comunidades.
Me ha gustado particularmente conocer a la pareja de empresarios brasileños Armando y Roseli Tortelli. Entusiastas de la EdC de la primera hora, acaban de crear, en Foz do Iguaçu, el Instituto Protelli Teko Porã, con la intención de contribuir a la mejora de la calidad de vida del pueblo guaraní que vive en la Triple Frontera.
Para sostener las actividades de la organización, pusieron en práctica uno de los conceptos de la Economía de Comunión: con los recursos procedentes de los beneficios de una de las empresas del holding familiar, esperan poder operar en cinco ejes: educación y formación; salud y bienestar; cultura y economía; gestión y sostenibilidad; y derecho y justicia.
“Nosotros queremos promover la dignidad de los indígenas guaraníes, con una atención particular en los niños y jóvenes”, me dijo sonriendo Armando, que arrancó este camino en 2018, visitando regularmente la comunidad y fortaleciendo los vínculos con sus representantes.
La regeneración requiere la co-creación de soluciones restaurativas en los territorios
El Congreso de Buenos Aires terminó sus tareas en un clima de celebración universal, pleno de ideas, con algunos compromisos y al menos dos conclusiones generales importantes.

La primera refleja una tendencia ya conocida en el mundo del ESG: el paso del concepto de sostenibilidad al concepto de regeneración. Según los defensores de la EdC, las empresas ya no pueden limitarse a mitigar los daños, sino que deben rediseñar los procesos para restaurar ecosistemas degradados y curar los tejidos sociales heridos. Es lo que están haciendo las pocas empresas más proactivas en el ambiente de la sostenibilidad.
La segunda conclusión es que el modelo de donación de arriba hacia abajo, fundado en la noción de pobreza, ha llegado a su límite y tiene que ser sustituido por soluciones creadas de manera colaborativa con los líderes locales de las periferias urbanas y rurales. El desafío será poner en valor las riquezas culturales, espirituales y los saberes tradicionales de las comunidades, con el objetivo de generar bienestar y autonomía.
Mientras finalizaba el evento, dentro de mí celebraba la suerte de haber conocido a tantas personas buenas e inspiradoras, y no pude menos que recordar al filósofo San Agustín, (354-430 d.C.), autor de las Confesiones y uno de los grandes doctores de la Iglesia católica: “Si el hombre conociera las ventajas de ser bueno, haría el bien por egoísmo”.
Para participar más activamente en sus iniciativas, visita: www.globaledc.org
Ricardo Voltolini es uno de los pioneros de la sostenibilidad empresarial en Brasil. Fundador de Ideia Sustentável y del movimiento Marcas que se Importam, es escritor, profesor, conferencista, mentor y asesor de empresas y organizaciones.