Brasil 2011

Eventos Internacionales

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20º aniversario de la EdC en Brasil, del 25 al 29 de mayo de 2011...

Los 20 años de la EdC en Brasil han sido un aniversario importante, no tanto para hacer balance del pasado, como sobre todo para mirar al futuro, a los siguientes 20 años de EdC, desde el 2011 hasta el 2031. En esta página queremos contaros dos importantes actos desarrollados para la ocación: la Asamblea Internacional de la EdC “Protagonistas de una nueva economía hoy” del 25 al 28 de mayo de 2011 - Mariápolis Ginetta (Vargem Grande Paulista) y el acto conclusivo del 29 de mayo de 2011 - Sala Memorial de América Latina (Sao Paulo) - La profecía se hace historia. 20 años de Economía de Comunión.

Aquí podréis encontrar todos los contenidos disponibles en edc-online.org: las encuestas, los textos de las intervenciones, los vídeos, los artículos…

La EdC como vía para la renovación de los carismas

Logo_Brasile_2011_rid2Panel 3 "Aspectos institucionales y dimensión cultural", 28 de mayo de 2011. Reproducimos la intervención íntegra de sor Alessandra Smerilli

La EdC como vía para la renovación de los carismas

por Alessandra Smerilli

Cuando un carisma, sea grande o pequeño, irrumpe en la historia, comienza un proceso de cambio que termina por afectar a todos los aspectos de la vida humana.110528_Ginetta_Smerilli Sin los carismas de los fundadores de órdenes y congregaciones entre los siglos XVII y XX, por poner sólo un ejemplo, la historia de los estados europeos hubiera sido muy distinta. Los hospitales y la asistencia sanitaria, la escuela y la educación, la atención a los marginados, son indudablemente fruto de políticas públicas e “instituciones”, pero ciertamente los carismas fueron innovadores, abrieron caminos en estos terrenos de frontera de lo humano.

Carisma viene del griego charis, gracia, que literalmente significa: “lo que da alegría”; charis es también la raíz de la palabra gratuidad. La gratuidad es esa actitud interior que nos lleva a acercarnos a cualquier ser vivo, a cualquier persona, a cualquier actividad, a la naturaleza, a nosotros mismos, con la conciencia de que todo eso no son “cosas” que se pueden usar, sino realidades que hay que respetar y amar porque tienen un valor propio que la personas acoger y reconoce como bueno.

Luisa de Marillac, Francisco de Sales, Juana de Chantal, Don Bosco, Scalabrini, Cottolengo, Don Calabria, Francesca Cabrini, recibieron como don ojos para ver en los pobres, en los chicos de la calle, en los inmigrantes, en los enfermos y en todos los que sufren, algo grande y hermoso por lo que merece la pena dar la vida. Cientos de miles de personas les siguieron, atraídos en inspirados por aquellos carismas. Así pues, el carisma es el don de unos ojos capaces de ver cosas que otros no ven.

La Economía de Comunión, nacida también de un carisma, se está revelando en los últimos años como un instrumento precioso para que todos los carismas puedan expresar en plenitud su nota distintiva en la Iglesia y en la sociedad. La cultura que proviene de la EdC consigue dar luz a los carismas, al mismo tiempo que les remite a su vocación originaria: tener ojos nuevos para responder a necesidades siempre nuevas. Por poner un solo ejemplo, la relectura de la bienaventuranza de la pobreza que se ha hecho en los últimos años en la EdC ha inspirado a muchos carismas para reencontrar lo esencial de su propia actuación. Las reflexiones sobre los bienes relacionales, sobre la reciprocidad y sobre el arte de la gratuidad dentro de la economía y las organizaciones han dado un nuevo impulso a las obras de los carismas hoy.

Más concretamente, la EdC es un ejemplo para una gestión renovada de las obras de los carismas, una gestión que saber unir eficacia, eficiencia, comunión y misión.

El carisma se expresa y se hace visible a través de la misión y las obras concretas que, precisamente porque son expresión del carisma, pueden ser definidas como organizaciones con motivación ideal.

Las obras son tales porque la motivación que las inspira (o que inspiró su constitución) no es en primer lugar el beneficio ni elementos solo instrumentales sino una motivación ideal, es decir una misión, una “vocación”, un carisma.

En otras palabras, la actividad que se desarrolla no puede ser ni práctica ni lógicamente distinta del resultado que se quiere alcanzar. La actividad es parte constitutiva del fin por el que se actúa.

Esto quiere decir que la gestión de las obras requiere profesionalidad. Pero hay una cosa que distingue a las obras de un carisma de las empresas sin ánimo de lucro o públicas: que haciendo las mismas cosas (asistencia, educación, etc.) tienen una motivación distinta, una motivación ideal inscrita en su misma misión y naturaleza. La importancia de la motivación ideal conduce a una gestión innovadora y creativa, capaz de garantizar vitalidad al carisma y de dar calidad a la vida.

En este momento histórico concreto, los institutos religiosos tienen que hacer frente a muchos retos relacionados con la disminución de vocaciones, el aumento de la edad media de sus miembros, la realidad de las obras que es cada vez más compleja y la participación creciente de colaboradores laicos en nuestra misión, una participación no proyectada sino fruto de una respuesta a una situación de emergencia.

El reto más grande es el de conseguir llevar adelante las obras, gestionándolas bien, para asegurar su continuidad. Ante este reto se puede incurrir en dos errores, ambos mortales. El primer error es buscar la eficiencia y la profesionalidad a cualquier precio (sirviéndose de técnicas empresariales), con el riesgo de perder el carisma  por el camino. Una obra carismática que pierda el carisma está destinada a la muerte. El segundo error es creer que basta la buena voluntad para revitalizar las obras y asegurar la continuidad y vitalidad del carisma. Tras esta visión se esconde el miedo a que ocuparse de la gestión sea como sofocar el carisma. Pero seguir gestionando de forma poco competente, en estos tiempos de complejidad, podría ser peligroso y podría llevar a cometer errores sin posibilidad de rectificación.

En este momento tan especial para la vida de los institutos religiosos, la EdC se presenta como una propuesta innovadora, que puede ayudar a renovar su gestión sin cambiar su naturaleza, precisamente porque la EdC es expresión de un carisma y vive todas las dinámicas de los carismas.

Es cierto que la EdC no es la única propuesta que existe para este tipo de situaciones. Entonces, podemos preguntarnos qué diferencias hay entre la EdC y otras propuestas en esta misión concreta.

Antes que nada, creo que la EdC, al ser expresión del carisma de la unidad, puede ayudar a hacer resplandecer y resaltar el carisma originario. El carisma de la unidad no sustituye a los restantes carismas, sino que los saca a la luz y al mismo tiempo los remite a su deber ser. La experiencia de estos últimos años es que, al entrar en contacto con la EdC, las obras de los carismas redescubren su vocación originara, los religiosos entienden con más claridad qué tienen que cortar y qué tienen que potenciar y, sobre todo, entienden mejor cómo hacer todo eso.

En segundo lugar, la EdC, al proponer un modelo de empresa que por su naturaleza consigue mantener unidas la eficiencia y la comunión, se presenta como un ejemplo ideal para las obras de los carismas, que ponen en la base de su actuación la comunión, pero que al mismo tiempo no siempre consiguen seguir adelante de forma eficiente. La mayor parte de las cuentas de las obras de los carismas (sobre todo escuelas, hospitales, etc.) no alcanzan el equilibrio económico, a veces porque se carece de una mentalidad gerencial sobre las obras y otras veces porque falta eficiencia en la gestión. Todo ello es también fruto de la operación cultural que de alguna forma ha desnaturalizado el sentido de la gratuidad, reduciéndola como suele decir Luigino Bruni, al licor que se toma después de la cena.  La idea es que la gratuidad dentro de las organizaciones puede ser perjudicial y crear ineficiencia. Se expulsó a la gratuidad de las empresas que buscan la eficiencia… y la eficiencia no fue tomada en consideración por quienes quieren hacer de la gratuidad su estilo de vida y de acción. En este panorama, la EdC se sitúa como un faro, precisamente porque su característica distintiva es conseguir estar en el mercado impregnándolo al mismo tiempo de gratuidad.

Las buenas prácticas que se viven dentro de las empresas de la EdC, por las que respira la cultura propia del carisma de la unidad, se están convirtiendo en un gran patrimonio al servicio de las obras de los carismas, que comienzan a renovar sus prácticas de gestión.

Finalmente, la originalidad de la propuesta de la EdC está también en el método, hecho de colaboración a la par y no de imposición de un modelo estándar (praxis habitual de muchos consultores), buscando juntos las soluciones adecuadas para el desarrollo de la obra en plena correspondencia con la intuición originaria de los fundadores, de manera que pueda responder a las nuevas necesidades de hoy.

Hasta ahora nos hemos detenido en la importancia de la propuesta de la EdC para las obras que nacen de los carismas, pero estoy convencida de que también el mundo de los carismas, con su historia secular, tiene mucho que dar a la EdC que, por el contrario, es una experiencia joven. En particular, las obras de los carismas han superado felizmente varios cambios generacionales, han experimentado y siguen experimentando prácticas no verticales de gobierno, en las que cada “detalle” que podría parecer secundario es expresión de la cultura del carisma. La EdC puede beneficiarse de todo eso.

Para terminar, los carismas que entrar en contacto con la EdC ponen de relieve su vocación de estar al servicio de las esperanzas de los más pobres. Servir a los carismas es estar de parte de los pobres, de los más necesitados, de aquellos de quienes nadie quiere ocuparse. Servir a los carismas es contribuir a la realización del “no había entre ellos ningún necesitado”.

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