Brasil 2011

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20º aniversario de la EdC en Brasil, del 25 al 29 de mayo de 2011...

Los 20 años de la EdC en Brasil han sido un aniversario importante, no tanto para hacer balance del pasado, como sobre todo para mirar al futuro, a los siguientes 20 años de EdC, desde el 2011 hasta el 2031. En esta página queremos contaros dos importantes actos desarrollados para la ocación: la Asamblea Internacional de la EdC “Protagonistas de una nueva economía hoy” del 25 al 28 de mayo de 2011 - Mariápolis Ginetta (Vargem Grande Paulista) y el acto conclusivo del 29 de mayo de 2011 - Sala Memorial de América Latina (Sao Paulo) - La profecía se hace historia. 20 años de Economía de Comunión.

Aquí podréis encontrar todos los contenidos disponibles en edc-online.org: las encuestas, los textos de las intervenciones, los vídeos, los artículos…

La EdC, más allá de la empresa social

Logo_Brasile_2011_rid2Panel 1 "Empresarios y empresas", 26 de mayo de 2011. Reproducimos la intervención completa de Luca Crivelli

La EdC, más allá de la empresa social

por Luca Crivelli

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Aunque las empresas de la EdC no sean necesariamente diferentes de las empresas normales con ánimo de lucro, desde el punto de vista de su forma jurídica o de su esquema organizativo, no hay duda de que forman parte de ese subconjunto de organizaciones que tratan de superar los clásicos principios del habitual mundo de los negocios. Para las empresas de la EdC, al igual para las organizaciones que conforman el variado mundo de la economía civil y de la empresa social (un término útil para distinguirlas podría ser el de OMI, “organizaciones con motivaciones ideales”), la producción de la mayor ganancia económica posible para los propietarios del capital no es la única y tal vez ni siquiera la principal finalidad de su actividad.

Del mismo modo, para las empresas de la EdC prestar atención a la creación de valor para los demás portadores de interés (trabajadores, consumidores, proveedores, comunidad local) no es una simple condición que tenga que cumplir una organización para mantener su legitimidad social y con ello perseguir sus fines lucrativos en un horizonte temporal de largo plazo. Es mucho más que eso. Sin duda, también en las empresas que en este intento de clasificación no he considerado expresamente como OMI, hay empresarios y empresas que viven su responsabilidad social con seriedad y esfuerzo, encontrando en la filantropía una cauce para devolver a la sociedad una parte del valor que no hubieran podido generar sin la contribución de muchas personas y sin un sistema de reglas e infraestructuras que funcione.

El objetivo de mi intervención es presentar los elementos que definen la identidad específica de las empresas de la EdC, precisando tanto los elementos comunes con otras organizaciones que persiguen fines ideales, como los factores diferenciales.

Arquetipos de las organizaciones con finalidades ideales

Esquemáticamente podemos distinguir tres tipos de empresas y organizaciones que transcienden los principios de la forma habitual de hacer negocios:

1.    Empresas cuya actividad económica sirve indirectamente para solucionar problemas sociales. En esta categoría se incluyen las iniciativas de emprendimiento social surgidas en Norteamérica con el objetivo explícito de sostener financieramente los fines sociales de organizaciones sin ánimo de lucro. La finalidad ideal consiste en destinar (parcial o totalmente) una parte de la ganancia económica que la empresa obtiene en el mercado gestionando actividades que  no son distintas de las realizadas por las empresas del mundo habitual de los negocios. La finalidad ideal sólo se hace concreta y real a posteriori, cuando se realiza la donación de los beneficios, ya que esa es la forma elegida por la empresa para participar indirectamente en las finalidades de las ONG vinculadas a ella. A través de su actividad económica en el mercado, la empresa contribuye a mantener y desarrollar las instituciones que viven y operan más allá del mercado, edificando la sociedad civil.

2.    Empresas que nacen con el fin de contribuir directamente a la solución de problemas sociales. Entran en esta categoría las organizaciones económicas que deciden producir explícitamente beneficios (monetarios o en especie) en favor de personas especialmente vulnerables o en situaciones precarias. Un ejemplo de este tipo de empresas es el Grameenbank de Yunus (cuya actividad bancaria se concentra en la oferta de servicios de micro finanzas para las mujeres y más en general para personas que no tenían acceso al crédito), así como el desarrollo posterior y más articulado al que Yunus llama “empresa social”, en el que colaboran el propio Grameen con algunas multinacionales (Danone, Adidas, Intel, Basf, Pfizer, etc.) para poner en marcha empresas capaces de satisfacer las necesidades fundamentales de personas vulnerables al menor precio posible, excluyendo de entrada el reparto de beneficios a los titulares del capital. En este segundo grupo están también las organizaciones del mutualismo como, por ejemplo, las cooperativas de trabajo.

3.    Hay un tercer tipo de organizaciones que, junto a la promoción de fines sociales específicos, se proponen expresamente el objetivo de humanizar la economía de mercado, uniendo a la producción de riqueza la promoción de la justicia y haciendo, al mismo tiempo, que la organización productiva sea más democrática e inclusiva. Dentro de esta tercera categoría estarían, por ejemplo, las organizaciones de comercio justo y solidario, los sujetos de la llamada economía civil, como las cooperativas sociales europeas (sobre todo las que se dedican a la inserción laboral de personas desfavorecidas, con especial atención a la participación de los socios-trabajadores y a una gestión empresarial que involucre a todos los portadores de interés), así como las experiencias de economía social y comunitaria de América Latina.

La identidad de la EdC

Es imposible asociar a las empresas de la EdC con ninguno de estos tres arquetipos de OMI. El reparto de los beneficios para tres fines (sobre todo la donación 110526_Ginetta_Sala01de una primera parte como ayuda directa a los pobres y una segunda parte para la difusión de la cultura del dar), así como el hecho de que estos fondos sean gestionados por las estructuras del Movimiento de los Focolares y mediante su ONG (AMU), parecerían indicar una cierta afinidad entre la EdC y las experiencias norteamericanas de emprendimiento social.

Pero desde el principio, desde mayo de 1991, Chiara señaló también dos vías maestras para resolver de forma directa el problema de la exclusión y la pobreza: creación de puestos de trabajo para quienes carecían de ellos y participación de toda la comunidad, empezando por los pobres, en la propiedad de los parques empresariales (“somos pobres, pero muchos”). Esto parecería indicar un cierto parentesco entre las empresas de la EdC y el modelo de OMI de la empresa social estilo Yunus.

Finalmente, la EdC  no se limita a promover iniciativas empresariales, sino que se propone alcanzar un sistema económico distinto: humanizar la economía. En este sentido hay que interpretar el recuerdo de Chiara en mayo de 1991 de un eslogan que dio en 1968 a la segunda generación del movimiento, a los gen: “no capitalismo ni comunismo, sino cristianismo”.  También invitó a los jóvenes a estudiar y desarrollar una nueva teoría económica capaz de dar dignidad a la acción de las empresas de la EdC. Por último, si vemos la historia de estos 20 últimos años, en 1997 se elaboraron unas “líneas para dirigir una empresa” y en 2007 Chiara, en su último mensaje, nos invitó a construir “empresas de comunión”, reinventando incluso su estructura organizativa. Un signo claro del compromiso de nuestro proyecto para hacer posible la experiencia de la fraternidad también en la esfera del mercado y en la organización empresarial.

El hecho de que no se puedan posicionar claramente las empresas de la EdC en ninguna de estas tres categorías, tal vez quiera decir que su identidad más profunda hay que buscarla en otro lado. Personalmente creo que la verdadera identidad de las empresas de la EdC la desveló la misma Chiara cuando definió a la EdC como «toda amor, toda una construcción de amor». La acción (y el éxito) de las empresas de la EdC, a diferencia de los tres tipos de OMI citadas con anterioridad, no puede cuantificarse en una única escala dimensional: ¿cuántos beneficios hemos donado (OMI de tipo 1)? ¿cuántos problemas sociales hemos resuelto y cuántas personas hemos sacado de la pobreza gracias a nuestros bienes y servicios (OMI de tipo 2)? ¿cuánto hemos conseguido aumentar el grado de justicia de nuestras relaciones económicas y cuánta participación democrática hemos asociado a los procesos de toma de decisiones de las organizaciones productivas (OMI de tipo 3)?

El fin último y más profundo de las empresas de la EdC es contribuir a realizar el sueño de Chiara, el carisma que Dios le dio a esta mujer, impulsándola a orientar toda su existencia al ut omnes unum sint, al mundo unido, a la fraternidad universal. Toda acción realizada con cualquier hermano o hermana que entre en contacto con una empresa de la EdC, mientras realiza las actividades y transacciones económicas normales, puede aumentar la comunión y contribuir a alcanzar su fin último. Las empresas de la EdC no difunden la “cultura del dar” sólo con la donación de sus beneficios y las actividades formativas del Movimiento, sino con toda su actuación económica y social. Hay muchas experiencias en el mundo que nos dicen que este estilo de vida, orientado a la fraternidad universal, puede convertirse en una forja de extraordinaria creatividad, capaz de regenerar un tejido social falto de ilusión y confianza.

De una tensión ideal de largo alcance a “soluciones institucionales”

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En mi opinión, en la grandeza de la EdC está también su limitación. Si el fin y el modus operandi de nuestras empresas es la difusión a 360 grados de la experiencia de la fraternidad, entonces debemos reconocer que una finalidad tan amplia y universal es, por su naturaleza, vulnerable y frágil, en cuanto a la dificultad de traducirla en soluciones institucionales que permitan medir su impacto. No debemos olvidar que nos encontramos en un contexto empresarial, en el que la medición de los resultados y de la eficacia con respecto a los objetivos marcados es la esencia misma de la empresa.

Pero “generar comunión” es un objetivo que no se deja encuadrar fácilmente en dispositivos, normas ISO, baterías de indicadores o en cuadros de mando y de hecho podría sucumbir ante lo que sí se mide en la cuenta de resultados de una empresa. Si no nos esforzamos por transformar los fines de la EdC en soluciones institucionales, en mecanismos contables y reproducibles, capaces de durar en el tiempo, en mi opinión tenemos el peligro de quedarnos en una ética de las intenciones, en una tensión ideal, aunque altísima, sujeta a una fuerte inestabilidad y con riesgo de paternalismo y autorreferencialidad. Por eso, las empresas más maduras de la EdC llevan tiempo moviéndose hacia la adopción de una praxis que sea objetivable y medible, que se exprese en un compromiso verdaderamente estricto. Es significativo encontrar en este terreno los tres tipos de OMI citados al comienzo, que representan el arquetipo de otras tantas pistas para vincularse estrechamente a un compromiso institucional.

1)    Un primer grupo de empresas ha sentido la necesidad de vivir con la máxima radicalidad el compromiso de dar una parte importante de sus beneficios, siguiendo con encomiable fidelidad la lógica de los tres tercios.

2)    Un segundo grupo de empresas ha asumido un papel directo en la lucha contra las distintas formas de pobreza del mundo contemporáneo (como la empresa social de Yunus), desarrollando actividades de micro crédito, creando incubadoras de empresas para contribuir a resolver el problema del desempleo juvenil, contratando trabajadores desfavorecidos o tratando de innovar sus productos para reducir el impacto ambiental.

3)    Hay un tercer grupo de empresas que se está tomando en serio la invitación de Chiara en 2007, para crear formas de gestión de comunión y reinventar los instrumentos para hacer realidad la fraternidad también en la dirección de las empresas de la EdC. En primera línea están nuestras cooperativas sociales, que tienen la posibilidad de echar mano del bagaje de experiencias y experimentos del tercer tipo de OMI, pero también hay muchas empresas “normales” que están experimentando en su seno estilos de gestión más participativos. En este campo, hay que recordarlo, estamos todavía en los comienzos. Se trata de un camino complejo y no exento de peligros que las empresas seguramente no pueden ni deben recorrer en solitario. Podría ser útil servirse de alguna estructura civil, como una asociación de empresarios de la EdC, capaz de mediar y estimular la evolución en este sentido. La meta es hacer que las funciones y los roles directivos estén cada vez más al servicio de la comunidad empresarial, dando vida a “estructuras de comunión” capaces de mantener en el tiempo la práctica del amor recíproco en las empresas.

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