Brasil 2011

Eventos Internacionales

Image

20º aniversario de la EdC en Brasil, del 25 al 29 de mayo de 2011...

Los 20 años de la EdC en Brasil han sido un aniversario importante, no tanto para hacer balance del pasado, como sobre todo para mirar al futuro, a los siguientes 20 años de EdC, desde el 2011 hasta el 2031. En esta página queremos contaros dos importantes actos desarrollados para la ocación: la Asamblea Internacional de la EdC “Protagonistas de una nueva economía hoy” del 25 al 28 de mayo de 2011 - Mariápolis Ginetta (Vargem Grande Paulista) y el acto conclusivo del 29 de mayo de 2011 - Sala Memorial de América Latina (Sao Paulo) - La profecía se hace historia. 20 años de Economía de Comunión.

Aquí podréis encontrar todos los contenidos disponibles en edc-online.org: las encuestas, los textos de las intervenciones, los vídeos, los artículos…

¿Cuál es la antropología de la Economía de Comunión?

Logo_Brasile_2011_rid2En su tema del 26 de mayo ante la Asamblea de la EdC, Vera Araujo nos propone un análisis antropológico de la EdC. He aquí el texto completo de su intervención

¿Cuál es la antropología de la Economía de Comunión?

por Vera Araújo

110526_Ginetta_Vera

Toda celebración debe manifestar los motivos más profundos que tiene para “volver a evocar”. Hoy para nosotros celebrar no significa festejar con solemnidad o exaltar con un rito un acontecimiento que sucedió hace 20 años. Más bien quiere decir hacer memoria, en el sentido de hacer presentes las razones íntimas que dieron vida a aquel acontecimiento. Y sobre todo significa reflexionar sobre nuestro compromiso y participación en aquel acontecimiento, mirando al presente y también al futuro.

Todos los que estamos aquí presentes sabemos qué es la Economía de Comunión, sus rasgos características, sus fines específicos, su propia metodología. Conocemos también su desarrollo en el tiempo y su expansión en el mundo. Sabemos también de sus alegrías y de sus momentos difíciles. Todo eso se ha convertido en un patrimonio que hay que conservar y del cual tomar indicaciones y sugerencias para seguir adelante.

Seguramente comprendemos cada vez mejor que la tarea a la que estamos llamados no es sencilla ni fácil, aunque es fascinante. Sobre todo no es una empresa para principiantes, sino que –como decía Chiara al lanzar este proyecto- requiere personas preparadas y convencidas.

La EdC tendrá cada vez más el deber de profundizar en los distintos elementos del proyecto y elaborarlos científicamente, de manera que puedan ser, para todos aquellos que participan en él, una ayuda válida y eficaz.

Siempre he pensado que la Economía de Comunión necesita una visión antropológica nueva con sus respectivas consecuencias concretas. En otras palabras, podemos preguntarnos: “¿Cuál es la antropología de la economía de comunión?” O bien, “¿Qué tipo de hombre es capaz de conjugar economía y comunión?”

Todo ser humano está llamado a vivir la realidad de la comunión en todos los aspectos de su existencia. Nos damos cuenta de que esto puede parecer una utopía en una sociedad como la actual, marcada por una crisis en las relaciones interpersonales, con alarmantes consecuencias sobre las relaciones sociales, económicas, institucionales e internacionales.

Pero para hablar de economía en sentido pleno debemos antes que nada recuperar el papel y la centralidad de la persona, que la cultura moderna ha perdido en la trama de los distintos sistemas o en la afirmación absoluta de la individualidad y de la identidad.

Volver a proponer la centralidad de la persona quiere decir purificarla y liberarla de los viejos y superados esquemas ideológicos y colocarla como fundamento de las ciencias histórico-sociales, para profundizar hoy en su verdadero significado, en medio de la fragmentación y liquefacción de la modernidad.

Decir persona significa hablar de relaciones, de comunión, porque la persona es la fuente de la comunión. Persona quiere decir al mismo tiempo identidad y socialidad. La identidad cualifica a la persona como un ser único, irrepetible, no intercambiable y no suprimible. La socialidad que forma parte de su ADN como un elemento constitutivo de su ser, está ya presente toda entera en cada persona y se expresa plenamente en el encuentro con el otro como momento esencial.

En consecuencia, vivir en comunión no es una opción sino una exigencia profunda de cada uno de nosotros. Sin ella siempre estaremos insatisfechos, en búsqueda, incompletos.

Este problema se supera con la creatividad típica del ser humano que es capaz de transformar con su voluntad y con su inteligencia lo negativo en positivo, o viceversa. Así, el pluralismo étnico, en lugar de ser una barrera se convierte en una oportunidad de enriquecimiento (el extranjero, el diferente, con quien me encuentro por la calle o en el trabajo, es una persona con la que puedo y debo construir relaciones de comunión); el pluralismo religioso puede convertirse de sectarismo en diálogo abierto y en ocasión única para vivir el respeto de las ideas así como para buscar juntos la verdad; el pluralismo político puede dejar de suponer un enfrentamiento sobre cada acción o decisión política para transformarse en un momento privilegiado en el que descubrir juntos el bien no sólo de algunos sino de todos (de la ciudad, de la nación, del mundo); las desigualdades económicas, la pobreza no sólo material sino también moral, pueden convertirse en el momento del rescate, del compartir.

En las relaciones que se crean entre unos y otros se puede crear una verdadera y real comunión en el sentido de unión profunda, de unidad viva que tiende a realizarse en la fusión de las almas, en la convergencia de los objetivos, en el cumplimiento y en el perfeccionamiento de un proceso de unificación.

La comunión puede tener intensidades distintas pero debe ser siempre auténtica y no formal. La comunión con los familiares o con los amigos no es la misma que se construye con el vecino o con la cajera del supermercado, pero ambas debe ser relaciones con personas y no con funciones o, peor aún, con objetos.

Dicho con palabras sencillas: la comunión surge allí donde las personas establecen relaciones verdaderas, llenas de sentido, significativas, inervadas de amor verdadero fruto del compromiso constante de donarse al otro, a cualquier otro, en el esfuerzo por superar el propio individualismo egocéntrico y cerrado, para arribar a una alteridad abierta y recíproca.

Para los creyentes cristianos, la fuente de esta comunión  entre las personas es la Trinidad misma, modelo de unidad, reflejo de la vida íntima de Dios, Uno en tres Personas.

Esta es la enseñanza de la Iglesia, tal y como la podemos encontrar en la encíclica de Juan Pablo II “Sollicitudo rei socialis”: «La conciencia de la paternidad común de Dios, de la hermandad de todos los hombres en Cristo, « hijos en el Hijo », de la presencia y acción vivificadora del Espíritu Santo, conferirá a nuestra mirada sobre el mundo un nuevo criterio para interpretarlo. Por encima de los vínculos humanos y naturales, tan fuertes y profundos, se percibe a la luz de la fe un nuevo modelo de unidad del género humano, en el cual debe inspirarse en última instancia la solidaridad. Este supremo modelo de unidad, reflejo de la vida íntima de Dios, Uno en tres Personas, es lo que los cristianos expresamos con la palabra « comunión ». (40).

Este modelo de comunión trinitaria no es abstracto o lejano, sino que ha de realizarse en la tierra entre los hombres. Escribe Chiara Lubich: «Es la vida de la Santísima Trinidad la que debemos tratar de imitar, amándonos entre nosotros, con el amor infundido por el Espíritu en nuestros corazones, como el Padre y el Hijo se aman entre ellos (...). Desde los inicios del Movimiento (de los Focolares) nos han fulgurado las palabras de Jesús en la oración por la unidad: “Como tú Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una cosa sola” (Jn. 17, 2-21). Y entendimos que teníamos que amarnos hasta consumarnos en uno y encontrar en el uno la distinción. Como Dios que, siendo Amor, es Uno y Trino» (“Lectio” con ocasión del otorgamiento del doctorado honoris causa en Teología por la Universidad de Trnava (Eslovaquia), 23.06.2003, Castelgandolfo (Roma), Editorial Nové Mesto, Bratislava, p.36).

Para llegar a este alto grado de convivencia humana es necesario cuidar nuestras relaciones, desarrollar nuestra capacidad para relacionarnos, comprender a fondo la esencia de las relaciones humanas para poderlas llevar a la práctica en la vida diaria e incluirlas en nuestros proyectos sociales.

Detengámonos por un momento para indagar en esta realidad tan central en nuestra existencia.

Se siente la urgente necesidad de una cultura de la relación, verdadera revolución capaz de hacer frente a los desafíos de nuestro tiempo. En otras palabras, se siente la necesidad de formarnos en el conocimiento y en la práctica de los valores que están presentes en las relaciones significativas.

Aun a costa de parecer de otra época, diría que el amor es uno de estos elementos fundamentales. Me consuela saber que no estoy desarrollando un tema “religioso” o al menos no solamente religioso. Me encuentro en buena compañía al asignar al amor la primacía y el fundamento de la relación.

El gran sociólogo ruso Sorokin, en la introducción de una obra suya de madurez, confiesa: «Suceda lo que suceda en el futuro, sé que he aprendido tres cosas que permanecerán para siempre como firmes convicciones en mi corazón y en mi mente. La vida, incluso la vida más dura, es el bien más precioso, bello, maravilloso y milagroso del mundo. El cumplimiento del deber propio es otra cosa estupenda que da felicidad en la vida y ésta es mi segunda convicción. La tercera es que la crueldad, el odio, la violencia y la injusticia no pueden y nunca podrán conducir al renacimiento psicológico, moral o material. La única vía para alcanzarlo es la noble vía del amor creativo y generoso, no sólo predicado sino vivido con coherencia» .

Para él las relaciones humanas pueden adquirir tres formas:

  1. compulsory (coercitiva);
  2. contractual (contractual)
  3. love relationship (de amor).

Quisiera citar también al sociólogo polaco Bauman, quien afirma: «El amor consiste en añadir algo al mundo, y cada añadido es la huella viviente del yo amante; en el amor, el yo es poco a poco trasplantado en el mundo. El yo amante se expande a través de la auto-donación al objeto amado. El amor consiste en la supervivencia del yo a través de la alteridad del yo»

Para nosotros cristianos, el amor es ágape, el amor que es la esencia misma de Dios, que se nos dona en el Espíritu Santo («porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» [Rm 5,5]). Con este amor nosotros podemos y debemos nutrir nuestras relaciones para llegar a la comunión. Conocemos bien el arte de amar que Chiara, con su carisma, nos enseñó con las palabras y con el testimonio de su vida, inspirada en la fuente de la Palabra de Dios, del Evangelio de Jesús.

Repasemos rápidamente los puntos fundamentales del arte de amar:

-    Amar a todos
El amor verdadero es universal, no es parcial, no excluye en función de gustos, categorías de cualquier tipo, sexo, etnia, color de la piel, clase social, nacionalidad, religión o cualquier otra diversidad. Todos, pero realmente todos, deben ser incluidos en el circuito del amor.

-    Ser los primeros en amar
Tomar la iniciativa en el amor significa romper barreras, superar obstáculos, abrir puertas, superar los muros para encender una llama, una luz; significa también superar cierto “pudor” para armarse de valor y... comenzar con decisión. Comenzar es una actitud clave: quiere decir romper el hielo, encontrar las palabras o la “salida” justa que permite el movimiento, el proceso, el arranque.
En una página de su Diario de 1971, Chiara escribe: « “Amar a todos” y “ser los primeros en amar” pone nuestras almas en tal dinámica que no se pueden quedar dormidas; y entonces –como dirían los Gen: “por el don de la ciencia”– así como los astros existen mientras se mueven, nosotros existimos mientras amamos. Estas dos frases son tan potentes que bastarían para imprimir la máxima velocidad a nuestra vida interior con todas las consecuencias que se pueden imaginar”»

-     Hacerse uno
He aquí dos palabritas que encierran siglos de sabiduría y que no sólo son útiles sino muchas veces determinantes en nuestra vida de relaciones.
Hacerse uno encierra el impulso a buscar al otro –quienquiera que sea- allí donde se encuentra y en la situación en la cual se encuentra, sin prejuicios ni pretensiones por nuestra parte. Y después asumir las alegrías y los pesos del otro haciéndolos propios, de acuerdo con la enseñanza de Pablo: «alegraos con los que están alegres y llorad con los que lloran, tened los mismos sentimientos los unos para con los otros» (Rm. 12, 14-15)

-    Amar al enemigo
Aquí no se trata de sabiduría antigua. Aquí se trata de novedad, de la novedad traída por Jesús.
El mensaje evangélico que se nos propone requiere superar y anular la categoría del enemigo, siguiendo el ejemplo del Padre celestial que manda el sol y hace llover sobre buenos y malos. «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian» (Lc 6,27). Palabras sencillas y claras que decretan uno cambio de mentalidad y de juicio y sobre todo contienen una indicación precisa para inaugurar un tipo de convivencia humana que excluye, en la solución de los contrastes, de los conflictos y de las simples contraposiciones, el uso de la fuerza, la venganza y la mentira, el instrumento de guerra, la prevaricación del poder, la explotación y la opresión.
Amar al enemigo, hoy, en nuestro tiempo es una invitación al desarme global y total, desarme en primer lugar de los corazones, de las inteligencias y también de las armas, no para caer y soportar la anarquía, el caos, el desorden, sino para inventar, con fantasía creadora alimentada por el amor, instrumentos, formas y modos más acordes y coherentes con la dignidad de los individuos, de las comunidades y de los pueblos; para actuar una justicia –tan ineficiente hoy- que no se inspire en la ley del talión sino que ofrezca espacios y métodos donde tengan cabida el perdón, la misericordia y la posibilidad real de rehabilitarse. 
Además el enemigo no es sólo el terrorista, el violento, el opresor, sino  sencillamente cualquiera que me haga daño, o que no me caiga bien. Es el que no me saluda, el que esparce mentiras sobre mí, el que impide que progrese en mi trabajo.

Padre celeste che manda il suo sole e fa piovere sui buoni e sui cattivi. «Amate i vostri nemici, fate del bene a quelli che vi odiano» (Lc 6, 27). Parole semplici e chiare che decretano uno sconvolgimento di mentalità e di giudizio e soprattutto contengono una indicazione precisa per inaugurare un tipo di convivenza umana che esclude, per la soluzione dei contrasti, dei conflitti e delle semplici contrapposizioni, l’uso della forza, la vendetta e la menzogna, lo strumento della guerra, le prevaricazioni del potere, lo sfruttamento e l’oppressione.

Me parece un deber introducir este mensaje y esta enseñanza en el corazón de la vida cotidiana, en nuestras ocupaciones laborales, en nuestra participación activa en la vida social y política, en nuestras familias, comunidades sociales y ciudadanas, en nuestras naciones y en la comunidad global.

El amor-ágape entonces se llena de colores o, mejor dicho, asume en su seno y en su manifestación todas las virtudes cívicas, todos los valores, que definen una sociedad verdaderamente humana con dimensiones culturales y espirituales.

Podemos reconocer un crecimiento en el amor, crecimiento cuantitativo y también cualitativo. El primero tiende a convertirse en un hábito, es decir en una actitud que se va haciendo cada vez más constante, estable, firme y menos precaria, variable y rara.

El crecimiento cualitativo del amor-ágape se refiere a una serie de contenidos de valor que solo pueden asumirse de modo duradero poco a poco.

Intentemos relacionar algunos de ellos.

Un grado mínimo, indispensable en las relaciones sociales vividas en el amor, es la tolerancia. Tolerancia quiere decir que, en la relación, el otro puede ser él mismo, puede manifestarse a sí mismo aunque yo pueda mantener una actitud casi de indiferencia. Es algo positivo pero enseguida se entiende que es insuficiente. La tolerancia puede impedir la contraposición abierta, la confrontación dura e incluso el conflicto, pero no tiene la capacidad de crear relaciones constructivas.

Otro valor importante es el respeto. Significa algo más que la tolerancia. El respeto reconoce el valor y la identidad del otro como alguien que me habla y me comunica algo de sí mismo. No es posible una convivencia social verdadera sin respeto por la dignidad de los demás.

Richard Sennet, sociólogo americano, ha publicado recientemente un ensayo que tiene un título significativo: “Respeto – la dignidad humana en un mundo desigual”. Comentando el sistema de bienestar de su país, afirma que éste no tutela a las personas y su dignidad porque no ofrece los servicios sociales con el debido respeto.

Otra actitud cada vez más necesaria para nuestras relaciones es el don. En una sociedad como la actual, marcada profundamente por la cultura del tener, en la que el dinero tiene la capacidad de mercantilizar las distintas dimensiones de la vida, el don emerge como elemento de liberación y de libertad. Actualmente se está produciendo un auténtico redescubrimiento del don. Sólo dos citas: «El don contiene una ineludible implicación de socialidad y de relacionalidad; y en él hay expresiones y consecuencias concretas, incluso independientemente de las  orientaciones internas o interiores  -por ejemplo, caritativas, filantrópicas o ‘interesadas’- de quien lo vive» .

El gran sociólogo Simmel afirma que al donar y al aceptar el don se forma una acción recíproca: «En cada acto de donar, más allá del valor intrínseco del don hay un valor espiritual en base al cual no podemos absolutamente deshacer o anular con otro don exteriormente equivalente el vínculo interior que se ha creado con la aceptación del don. La aceptación del don no es sólo un enriquecimiento pasivo, es también una concesión del donante. Como al donar, también al aceptar el don se pone en evidencia una predilección que va más allá del valor del objeto» .

Podemos decir que el ser humano es un donador, capaz de donarse y de donar. Esta capacidad está ínsita en su naturaleza.

Para los creyentes es fruto de ser “imagen y semejanza de Dios” (cf. Gn. 1, 26). El primer donador es generoso. Para los no creyentes es fruto de su naturaleza relacional, capaz de abrirse al otro en el don.

Para unos y otros el don y el donarse son una categoría existencial que debe entrar en todos los órdenes de la vida de relaciones, privadas y públicas, para construir una sociedad sana y civil.

Pero hay que estar atentos. El don auténtico, el don verdadero, tiene características propias: es gratuito («Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» Mt. 10, 8); es altruista (no es egoísta); es desinteresado (y no utilitarista); es alegre («Que cada dé lo que haya decidido su corazón, no con tristeza y por la fuerza, porque Dios ama a quien da con alegría» 2Cor. 9,7); es abundante, generoso (no calculador) sencillo y sincero («quien de, que lo haga con sencillez…» Rm. 12, 8).

Chiara siempre nos ha impulsado a vivir la cultura del dar.

Dos breves fragmentos:
«Demos siempre; demos una sonrisa, comprensión, perdón, escucha; demos nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestra disponibilidad; demos nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestras ideas (…) nuestra actividad; demos nuestras experiencias, las capacidades, nuestros bienes (….) de modo que nada se acumule y todo circule. Dar: que esta Palabra no nos de tregua». (C.Lubich, Santi insieme, Roma 1994, p 104).

«Como toda planta creada por Dios absorbe del terreno sólo el agua necesaria, también nosotros tratemos de tener sólo lo necesario. Es mejor que de vez en cuando veamos que falta algo. Es mejor ser un poco pobres que un poco ricos». (C.Lubich, In cammino con il Risorto,  Roma 1987, p 65).

También la solidaridad consolida la vida relacional. Solidaridad significa atención al otro que está en necesidad y con el cual nos identificamos compartiendo sus preocupaciones, penas, sufrimientos, angustias y necesidades espirituales y materiales. La solidaridad da cauce de participación alas fuerzas vivas de la sociedad que, organizadas, por ejemplo, en el llamado “voluntariado activo”, responden a las más variadas necesidades en las que el otro, cualquiera que sea, puede encontrarse. La solidaridad no es sólo cuestión de comprometerse a hacer, es una virtud que nace de la convicción de que el otro no sólo debe ser ayudado, sino que debe entrar en el ámbito mismo de la actividad de cada uno; es una virtud que nace del corazón, un corazón  capaz de sentir, de conmoverse ante el dolor ajeno y que se convierte después en determinación firme y perseverante de comprometerse por el bien de todos y cada uno porque cada uno se siente, y realmente lo es, responsable de todos.

Tolerancia, respeto, don, solidaridad. Son sólo algunas de las expresiones del amor ágape. Cada uno de nosotros puede alcanzar otras, ya experimentadas en la propia vida.

Este programa para “hombres nuevos” es ciertamente exigente pero conlleva alegría, satisfacción, serenidad interior, paz profunda, realización humana.

La pregunta que puede surgir es ésta: ¿Somos capaces de tanto? ¿Estamos en condiciones de pagar el precio, los inevitables sufrimientos que dicho comportamiento comporta? ¿Merece la pena? ¿Hay esperanza en el horizonte de nuestra vida?

Benedicto XVI dedicó una encíclica a la esperanza, la Spe Salvi. Me gustaría seguirle, junto con vosotros, en su reflexión tan profunda y convincente.

« Sufrir con el otro, por los otros; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo. Pero una vez más surge la pregunta: ¿somos capaces de ello? ¿El otro es tan importante como para que, por él, yo me convierta en una persona que sufre? ¿Es tan grande la promesa del amor que justifique el don de mí mismo? La fe cristiana nos ha enseñado que verdad, justicia y amor no son simplemente ideales, sino realidades de enorme densidad. En efecto, nos ha enseñado que Dios –la Verdad y el Amor en persona– ha querido sufrir por nosotros y con nosotros ». (SS 39).

¿Cuál es la antropología de la Economía de Comunión, de una economía a la altura de los tiempos? ¿Cuál es la antropología adecuada para los desafíos globales?

A lo largo de su evolución, de su crecimiento, el ser humano ha sido llamado a afrontar nuevas realidades, a encaminarse por senderos inéditos, a ver horizontes desconocidos y algunas veces llenos de presagios sombríos. Siempre ha logrado ponerse en juego y renovarse para ser aun más protagonista, según el designio amoroso de Dios, como representante suyo en la tierra.

A partir de su conciencia de ser homo sapiens sapiens, poco a poco el ser humano ha ido asumiendo nuevas características: homo faber, homo oeconomicus, homo politicus, homo comunitarius, homo psychologicus, homo ludens y otras, según las transformaciones de la vida personal y social. En estas caracterizaciones se puede ver cómo se pone de relieve una u otra realidad.

La globalización de nuestro mundo, la creciente interdependencia, la búsqueda de soluciones unitarias a los problemas de la economía, de las ciencias, de la participación política, de la cuestión medioambiental, etc., parecen requerir otro tipo de hombre, menos sectorial y… por ende global, una especie de hombre-mundo, según una feliz expresión de Chiara Lubich.

Quizás, y sin quizás, estos tiempos esperan que emerja con fuerza un nuevo tipo de hombre y de mujer, capaces de abrazar todas las dimensiones de la vida: material, espiritual, económica, política, social, civil, relacional y comunional. Estos son los tiempos apropiados para que habite nuestro planeta el homo agapicus, el hombre que sabe amar y que ama y encuentra en el amor la semilla, la luz, la fuerza y la verdad de todo y de cada cosa; el hombre que será capaz de componer en comunión toda la operatividad y toda la diversidad.

Siguenos en:

Memoria Edc 2018

Memoria Edc 2018

La economía del dar

La economía del dar

Chiara Lubich

«A diferencia de la economía consumista, que se basa en la cultura del tener, la economía de comunión es la economía del dar...

Humor con Formy

Humor con Formy

¿Conoces a Formy, la mascota de la EdC?

Saber más...

El dado de la empresa

El dado de la empresa

La nueva revolución para la pequeña empresa.
¡Costrúyelo! ¡Léelo! ¡Vívelo! ¡Compártelo! ¡Experiméntalo!

El dado de la empresa también en español Descarga la App para Android

Seguici su:

¿Quién está conectado?

Hay 536 invitados y ningún miembro en línea

© 2008 - 2019 Economia di Comunione (EdC) - Movimento dei Focolari
creative commons Questo/a opera è pubblicato sotto una Licenza Creative Commons . Progetto grafico: Marco Riccardi - info@marcoriccardi.it

Este sitio utiliza cookies técnicas, también de terceros, para permitir la exploración segura y eficiente de las páginas. Cerrando este banner, o continuando con la navegación, acepta nuestra modalidad para el uso de las cookies. En la página de la información extendida se encuentran especificadas las formas para negar la instalación de cualquier cookie.