#OPLAStories - La historia de Juan Diego muestra bien cómo una inversión relacional puede generar responsabilidad, competencia y solidaridad, para una sociedad en la que nadie quede atrás
Tainã Santana
Estamos en Maracaibo, al noroeste de Venezuela. Lo que supo ser el corazón petrolero, frente al lago de Maracaibo, hoy sufre la caída de la producción de energía, la altísima inflación y la inestabilidad de los servicios públicos. El empleo formal escaso, la electricidad intermitente y las dificultades para acceder a la comida y a los servicios sanitarios, son el diario vivir de muchas familias. La migración dejó los barrios vacíos y separó a las familias, a menudo dejándoles a los adolescentes responsabilidades de adultos. En el plano político, las tensiones nacionales, también locales, alimentan las incertidumbres. En un contexto así, las situaciones de vulnerabilidad no son solo la falta de ingresos, sino la fragilidad de las relaciones y las oportunidades. No obstante, las redes comunitarias y la comunión diaria siguen cuidando la dignidad de las personas.
A los 16 años, está por graduarse un joven de Maracaibo que mira el futuro con determinación. En este lugar, donde durante décadas el petróleo ha representado una promesa de desarrollo y que hoy convive con precariedad y migración, estudiar no es algo que se da por sentado: es una decisión diaria de resistencia y esperanza.
“Soy Juan Diego y estoy en el último año del colegio. En julio me gradúo y voy a poder ir a la universidad”. Sus palabras tienen la simpleza del que sabe que cada logro es fruto de una entrega. “Me preocupaba no poder seguir estudiando por motivos económicos”. En muchas familias de la ciudad, los ingresos son inestables, los servicios públicos son irregulares y las oportunidades son muy limitadas. La educación se convierte entonces en un puente frágil entre presente y futuro.
Gracias al trabajo en equipo de los operadores EdC en Venezuela, el apoyo recibido a través de Economía de Comunión marcó la diferencia. “Pude pagar parte de los gastos del colegio y continuar con los estudios. Les agradezco la inversión que hicieron en mí”. No habla solo de ayuda económica, sino de confianza: alguien creyó en sus capacidades cuando el riesgo era el de suspender todo.
“Soy un estudiante al que estudiar y entender las cosas se le hace fácil. Me gusta todo lo relacionado con los números”. Su sueño es estudiar ingeniería petrolera o del gas, para contribuir de manera competente e innovadora a un sector que, a pesar de las dificultades, sigue siendo fundamental para el futuro del país. En un territorio donde los recursos naturales han marcado la historia, Juan Diego desea transformar el conocimiento en responsabilidad.
Pero lo que sorprende es algo que va más allá de su ambición profesional. “Me gusta mucho ayudar a las personas, sobre todo a mis compañeros de clase”. El año pasado descubrió que un amigo había reprobado dos materias. “Cuando me enteré, decidí ayudarlo para que pudiese pasar de año en la escuela”. Tardes de estudio compartido, ejercicios repetidos una y otra vez y explicaciones pacientes. “Al final pasó las dos materias y ahora somos compañeros de clase, y me agradece cada vez que me ve”. Juan Diego sonríe: “lo hice porque es un amigo, y no esperaba nada a cambio”.
En una ciudad donde muchos jóvenes piensan en irse, el esfuerzo cotidiano de Juan Diego es ya una construcción de sociedad. La agente EdC le propuso enseñar matemática y aritmética por las tardes. “Podría ser un servicio a mis semejantes, además de una ayuda económica para mí”. Acepta el desafío: compartir lo que sabe como una forma de restitución y construcción de un mañana mejor.
«Escribo esta carta para expresar mi gratitud por haberme dejado formar parte de algo tan hermoso».
Las palabras de Juan Diego cuentan algo más que una historia individual: muestran cómo una inversión relacional puede generar responsabilidad, competencia y solidaridad. En un contexto frágil, este joven decide quedarse, estudiar y ayudar. Y así, paso a paso, contribuye a construir una sociedad en la que nadie se queda atrás.
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