por Luigino Bruni
publicado en Mondo y Missione, octubre 2011
El hambre es una experiencia fundamental en la vida de cualquiera. Durante cientos de miles de años los hombres han luchado contra ella. Yo pertenezco a esta pequeña porción “feliz” de mundo que no ha conocido nunca el hambre, a no ser el hambre buena que nos prepara a gozar de la comida esperada y cierta.
Pero mis padres sí que la conocieron y por eso la presencia, indirecta pero eficaz, del hambre ha sido una constante en mi familia de origen, que me ha enseñado, entre otras cosas, el agradecimiento por el pan de cada día, ese sentido de estupor ante la abundancia, el rechazo al despilfarro, notas todas ellas que hoy forman parte de mi cultura y de mi estilo de vida.
Hoy el hambre es un problema y un escándalo, porque una parte de la humanidad ha sido capaz de eliminarla de su propia existencia pero no ha conseguido vencerla globalmente.
En el mundo siempre ha habido ricos y pobres, porque los talentos están repartidos de manera desigual entre las personas. Pero hasta la modernidad, el exceso generado por las clases ricas apenas llegaba para cubrir su lujoso consumo y poco más. El hambre se debía a la escasez de recursos y la hostilidad de la naturaleza. Hoy en cambio el escándalo y el rechazo nacen de la conciencia de que la humanidad, gracias a la tecnología y a la economía, produce un exceso capaz de erradicar potencialmente el hambre de toda la población mundial. Pero el hambre sigue siendo endémica para más de mil millones de personas. Un escándalo y un rechazo que aumentan cuando se observa que esa misma porción opulenta del mundo ha creado otras formas de enfermedades endémicas debidas al exceso de alimentos (obesidad, bulimia…).
Pero aquí es donde el tema se complica y tal vez se hace más interesante. Aunque tuviéramos sistemas políticos mundiales y locales justos y equitativos, no bastaría producir alimentos o calorías suficientes para que ninguno de los 6.000 millones de habitantes del planeta pasara hambre, para eliminar el hambre del planeta. Hay al menos dos razones para ello. La primera es que el proceso de redistribución de la riqueza es caro y cada vez más ineficiente (es un problema de entropía). Una parte del pastel producido se queda en la lama del cuchillo con el que cortamos los trozos y algunos pequeños trozos se caen al suelo mientras los transportamos. Todo proceso de redistribución absorbe o destruye parte de la riqueza que produce.
Pero hay otra razón más profunda: también es muy importante “cómo” llegan los recursos y los alimentos a las personas. Con un mayor compromiso moral y económico (con un menor despilfarro y burocracia) podrían transportarse recursos y alimentos desde los países opulentos y obesos hasta los hambrientos y empobrecidos del mundo, pero eso no sería suficiente. Nunca habrá pueblos capaces de derrotar el hambre y la exclusión mientras no estén en condiciones de dar el salto a la otra parte de la mesa, de crear los pasteles que ellos mismos comerán después. Una persona hambrienta que reciba el alimento a través de la ayuda internacional no vence el hambre, únicamente llena la tripa.
Pero – esto es lo más importante – el hambre endémica hoy es casi siempre resultado de relaciones equivocadas, del uso de ingredientes depredados, de estructuras de pecado que impiden el acceso a los recursos, como nos explicaba hace ya más de 40 años el Nobel de economía Amartya Sen en sus estudios sobre las carestías en la India. El hambre no es un estatus individual, sino que es fruto de una relación social que no funciona, desde la familia hasta la política internacional. Luchar contra el hambre significa sobre todo curar esas relaciones equivocadas de las que depende el hambre.
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