Salvar a los excluidos del mercado

Iglesia y Economía – Un sistema que tira comida mientras hay niños que mueren de hambre y excluye a los débiles de la posibilidad de trabajar, no puede llegar muy lejos.

por Alessandra Smerilli

publicado en Avvenire el 28/01/2014

Rifuti mercato ridCuando el Papa Francisco habla de economía, en la mayor parte de los ambientes académicos (no sólo económicos), se le considera un ingenuo o, en el mejor de los casos, un sudamericano que habla sobre todo en base a su experiencia pastoral. Una vez más se repite la experiencia de Pablo en el areópago de Atenas: ‘sobre esto ya te escucharemos otro día’.

En realidad, las consideraciones económicas de la Evangelii Gaudium (EG), vengan antes o después de la ciencia económica y sus tecnicismos, ofrecen a los economistas teóricos múltiples reflexiones, todas relevantes y ninguna ingenua,  aunque sí incómodas muchas de ellas porque van en dirección contraria a la de la teoría y la cultura económica.

Para dialogar seriamente con la Exhortación, hay que tener muy en cuenta dos premisas metodológicas del documento. Por una parte, el Papa Francisco dice expresamente (EG nº 51) que se sitúa dentro de la tradición del magisterio social de sus predecesores (y pide al lector que lo de por supuesto). Por otra parte, sostiene que su visión es primordialmente pastoral y que nace de la solicitud y del amor por la Iglesia y por los pobres. Así pues, el Papa no quería escribir un tratado de economía (tampoco era de esperar que así fuera), pero nos pide a todos y a cada uno que asumamos nuestra responsabilidad y tratemos de responder a las evidentes paradojas que nos rodean.

Él pone el acento en dos imperativos enormemente relevantes: no a la exclusión y no a la inequidad. “No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad” (EG nº 53). La reflexión sobre el tema del despilfarro alimenticio, fenómeno típico de los países occidentales, llevar a poner de manifiesto una primera paradoja: vivimos en un planeta donde cada año mueren por causas relacionadas con la malnutrición más de tres millones de niños menores de cinco años y al mismo tiempo se desperdician 1.600 millones de toneladas de comida y el triple del agua que cabe en el lago de Ginebra, tal y como señala el informe de la FAO “Global food losses and food waste”. Un sistema económico que despilfarra ingentes cantidades de comida y de recursos sin ser capaz de evitar que sobre todo los niños mueran de hambre, no es un sistema justo ni es un sistema que genera verdadero desarrollo, el de cada persona y el de toda la persona. 

Todos sabemos, no sólo los economistas, que no es nada sencillo (a veces es incluso imposible) tomar lo que tiran los opulentos y transferírselo a quienes lo necesitan, puesto que los procesos que van desde los recursos (humanos, técnicos, culturales y sociales) hasta los alimentos son cruciales y no fácilmente transferibles de un país a otro: el fracaso de la ayuda al desarrollo de los últimos 50 años expresa tal dificultad. Pero reconocer esta complejidad y esta dificultad debe ser el primer paso para imaginar nuevas estrategias, no el último paso para cerrar el tema (v. Alberto Bisin en noisefromamerika.org).

Quienes se ocupan de economía y quieren hacerlo desde la óptica del bien común, deben reflexionar seriamente y sin prejuicios sobre qué es lo que no funciona en los mecanismos económicos y qué es lo que hay que cambiar. En este sentido, la Caritas in Veritate intentó una operación revolucionaria. En ella Benedicto XVI se salió fuera del estéril debate sobre si hace falta más o menos mercado, para preguntarse por la vocación profunda del mercado mismo: éste “si hay confianza recíproca y generalizada, es la institución económica que permite el encuentro entre personas” (CV nº 35), insistiendo, más adelante, en que la lógica mercantil debe ir encaminada a perseguir el bien común, y planteando el reto de que todo ello se puede hacer sin renunciar a producir valor económico, sin relegar la consecución del bien común a un sector (el tercero) o a las organizaciones sin ánimo de lucro.

Otra paradoja sobre la que el Papa Francisco nos quiere hacer reflexionar es la de la exclusión: “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión” (EG nº 53). Es cierto que detrás de la bajada de dos puntos en bolsa puede haber vidas humanas, familias y desempleados, pero es preocupante que los ‘excluidos’ no sean noticia. La historia nos enseña que el mercado ha generado verdadero desarrollo cuando ha sido un poderoso medio de inclusión de los excluidos. Pensemos en el microcrédito de Yunus, pero también en los montes de piedad del siglo XV que surgieron por obra de los franciscanos, y después en las cajas rurales, las cajas de ahorros y el crédito cooperativo. Todos ellos son ejemplos de cómo el mercado y el dinero pueden estar al servicio del bien común y crear inclusión: los pobres y los “no bancables” reciben ‘crédito’ y confianza y se convierten en sujetos económicos y civiles activos.

Los jóvenes que en el siglo XIX llegaban a Turín desde el campo eran los excluidos de su tiempo, explotados por los patrones y considerados por las administraciones como un problema social. Gracias a un instrumento de mercado, el contrato de aprendizaje (inventado por el carisma de Don Bosco), comenzó un proceso de inclusión y tutela de sus derechos. El mercado es una vía al desarrollo, como nos recuerdan Antonio Genovesi, el beato Giuseppe Toniolo (y muchos otros), cuando se basa en la fe (confianza) pública y en las virtudes civiles.

Pero ¿quiénes son hoy los excluidos? Entre los excluidos destacan los jóvenes y las mujeres. Son más de tres millones de personas y muchas de ellas se retiran desalentadas porque se sienten expulsadas del sistema. ¿Qué futuro tiene un sistema económico que excluye a los jóvenes y a las mujeres? No hay futuro si la tasa de jóvenes que no trabajan (entre desempleados y desalentados) es muy alta. Lo sabemos todos, lo sufrimos muchos. Pero ¿qué decir de las mujeres? Si el talento y la creatividad son el motor principal de la innovación y el desarrollo, es cierto que nos estamos privando de un enorme potencial que todavía está muy poco explorado. Experimentos económicos y datos empíricos demuestran que existen diferencias significativas entre hombres y mujeres en los comportamientos económicos. La propensión al riesgo, por ejemplo, es por término medio mayor en los hombres, mientras que la capacidad de cooperación en grupo es mayor en las mujeres. A la hora de responder a los incentivos individuales y monetarios, las mujeres son menos reactivas porque están acostumbradas a dar lo mejor de sí mismas con o sin incentivos.

Estoy convencida de que hay un aspecto específicamente femenino, vinculado por ejemplo a la flexibilidad, a la intuición y a las capacidades relacionales, de los que nuestra economía en crisis tiene una imperiosa necesidad. Diría que nos estamos privando de la ‘otra mitad’ de la economía. Cada vez más mujeres están renunciando a entrar en el mundo del trabajo y aun en el caso de que formen parte activa de él, hay persistentes desniveles (sobre todo salariales) y discriminaciones. En las casi 40 mayores empresas italianas que cotizan en bolsa, el porcentaje de mujeres con cargo de presidente, director general o consejero delegado es del 0%, un porcentaje que sube hasta el 5% cuando se habla de puestos directivos en general. Las pocas mujeres que consiguen tener un puesto de responsabilidad lo hacen  homologándose muchas veces a un mundo que, por razones históricas y culturales, se ha construido en masculino. Hoy tenemos una enorme necesidad de innovación. La mujer y su ‘genio’ podrían ayudar a ver la realidad con otros ojos, complementarios a los masculinos, a diseñar instituciones económicas distintas, a escribir otros libros de economía, a mitigar la guerra en los mercados y a construir más paz. Ya hay algunas buenas prácticas que están tratando de moverse en esta dirección Hablemos más de ellas, premiémoslas con nuestras decisiones y pidamos a las instituciones que las apoyen.

Así recogeremos la invitación del Papa Francisco y mientras decimos no a la economía de la exclusión, diremos sí a las economías que incluyen e incluyendo mejoran la economía y el mundo.

 

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