No tienen vino

“No tienen vino”

Una lectura de la relación entre los carismas y sus obras económicas

por Luigino Bruni
publicado en “Unità e Carismi” n.3/2010

He aquí el gran atractivo
de nuestro tiempo:
Sumirse en la más alta contemplación
y permanecer mezclado con todos,
hombre entre los hombres.
Diría más aún:
perderse en la muchedumbre,
para informarla de lo divino,
como se empapa
una migaja de pan en el vino.
Diría más aún:
hechos partícipes de los designios de Dios
sobre la humanidad,
trazar sobre la multitud estelas de luz
y, al mismo tiempo, compartir con el prójimo
la deshonra, el hambre, los golpes,
las breves alegrías.
(Chiara Lubich).

1.    Economia y carismas

Este escrito nace de la convicción, adquirida tanto a nivel teórico como por la experiencia, de que también la vida económica y civil puede y debe leerse como una dialéctica entre “carisma” e “institución”.  Max Weber, con sus estudios sobre la autoridad carismática, nos desveló algo de esta dialéctica. Von Baltasar fue todavía más lejos, al hablar varias veces en sus trabajos teológicos del “perfil mariano” de la Iglesia y de su relación con otros perfiles como el petrino.

No tienen vino (en español)

Estudiando estos textos y observando la vida, dentro y fuera de los mercados, he llegado a la convicción de que si interpretamos la vida económica como un diálogo entre carisma e institución o entre perfil “mariano” y perfil “petrino", podremos decir algo nuevo y original y comprender dimensiones de la vida económica que, en caso contrario, quedarán demasiado relegadas en la historia .

A lo largo de estas notas vamos a interpretar el camino de una obra económica desde la perspectiva carismática o mariana. Así pues, nos pondremos en la parte de María, que es el icono o el arquetipo de todo carisma.

El episodio de las bodas de Caná es la imagen más elocuente de María como icono del principio carismático en la historia. María es la primera en darse cuenta, durante la fiesta de bodas, de que los comensales “no tienen vino” (Jn 2,3). Este episodio mariano contiene algunas notas fundamentales sobre la lógica carismática en la historia. Lo tendremos de fondo a lo largo del discurso que vamos a comenzar y volveremos a él de vez en cuando.

Lo primero que hay que decir es que los carismas ven más lejos, y sobre todo ven cosas distintas, que otros (discípulos, amigos, instituciones...) no ven. Un carisma es, en efecto, el don de una mirada distinta, que sabe ver oportunidades donde los demás sólo ven problemas.2.

Después, para satisfacer las necesidades, para que el “vino” llegue efectivamente a los comensales, se necesita la colaboración de todos los miembros de la casa (María no basta). Hace falta una Alianza con los restantes miembros de la vida en común, que hoy se llaman “laicos”, mercado y política.

Los carismas han sido y siguen siendo los lugares de las grandes “innovaciones” humanas. La humanidad, no sólo la Iglesia, avanza gracias a la carrera de relevos que se da entre los innovadores (los carismáticos) y las instituciones que universalizan esas innovaciones.

El carisma es un don que reciben algunas personas. Los  primeros que reciben el carisma son los fundadores de comunidades y movimientos, pero también sus seguidores y quienes viven dentro de los movimientos carismáticos reciben una llamada personal y directa. No son simples imitadores del fundador, sino portadores originales del mismo carisma del fundador. En otras palabras, todo carisma, pero sobre todo los “grandes”, es más bien un “racimo” de carismas.  Quienes viven una experiencia carismática siguen adelante haciendo vivo el carisma del fundador porque han recibido una vocación personal. De ahí deriva el corolario de que son siempre las personas quienes llevan dentro el carisma y quienes hacen que las instituciones sean carismáticas y no a la inversa (como puede ocurrir con el perfil institucional de la Iglesia y de la sociedad), aunque una vez creadas las instituciones éstas formen a las personas. En los carismas se ve en plena acción el significado del principio personalista y la primacía de las personas sobre las estructuras.

2. La obra carismática como camino

En este escrito trato de realizar un experimento: imaginar que las obras carismáticas, que son una expresión concreta de la acción en la historia del perfil mariano (de la Iglesia y de la sociedad civil), tienen un desarrollo histórico que, de alguna manera, repite las etapas de la vida de María, la llamada Via Mariae. Esta lectura del desarrollo de la vida cristiana como volver a vivir las etapas de la vida de María es una de las más hermosas y originales intuiciones de Chiara Lubich. Ella habló muchas veces de esto y de hecho la Via Mariae representa una de las piedras miliares de la espiritualidad del Movimiento de los Focolares.  Evidentemente la analogía entre la vida del cristiano (en especial la del miembro de la Obra de María) y la de la Madre de Jesús es una lectura “tipológica”, pero que ha inspirado la vida concreta de muchas personas.  En este escrito intento extender la analogía desde las personas individuales a las obras que nacen de los carismas, porque creo que este tipo de lectura puede darnos alguna pista significativa para comprender mejor la naturaleza de las obras que nacen de los carismas y también para su gestión económica. Yo me centro sobre todo en los carismas cristianos (aunque creo que el tema podría tener un alcance mucho más general, pero para ello haría falta mucho más trabajo).

Dos precauciones metodológicas:

En primer lugar, la Via Mariae es un tema desarrollado por Chiara Lubich pensando en las personas que están en un camino evangélico. El tema que aquí estamos abordando se refiere en cambio a instituciones, a obras. Esto requiere un grado de mediación mayor, sobre todo si queremos utilizar el discurso “tipológico” para interpretar situaciones concretas e incluso para proponer soluciones operativas. Con todo, manteniendo la advertencia, creo que es metodológicamente posible extender el razonamiento y la intuición de Chiara a la dinámica histórica de las obras carismáticas.

En segundo lugar, las consideraciones que vamos a realizar se refieren a las obras de los carismas, no a los carismas en sí, aunque es evidente que entre ambas realidades existe una relación muy estrecha. Un carisma siempre es más grande que sus obras, aunque las obras sean parte integrante del carisma (como, por ejemplo, las obras educativas para Don Bosco).4.

2.1. Primera etapa: el Anuncio

Toda obra carismática nace normalmente de un anuncio, de un “encuentro” con un “ángel”, de un encuentro del fundador (o de otros miembros) con una persona que tiene la misma función que el ángel del evangelio de Lucas (mensajero).  Otras (raras) veces, la obra nace de una inspiración en soledad, pero normalmente es en el encuentro con otros hombres y mujeres donde nace la primera inspiración de una obra. Se anuncia algo que:
-    Casi nunca entraba en los planes de quien recibe el anuncio (el fundador u otras personas) y por ello le desajusta los planes de vida, le cambia los programas (“no conozco varón”);
-    Es un anuncio de gratuidad: “Salve, llena de charis”, Salve, llena de gratuidad. La obra no nace de razones instrumentales, por muy santas que sean (como difundir el carisma, aumentar las vocaciones…) sino de una vocación, de una llamada interior y por ello de la gratuidad;
-    No se sabe dónde nos llevará esa llamada. Es típico de una obra carismática no saber “qué se está haciendo”, porque el proyecto se entiende, se descubre, se des-vela al vivirlo. Primera implicación operativa para las obras: hay que tener cuidado con los expertos  y consultores, a quienes les gustaría –es su tarea– aplicar “recetas” que funcionan en otros contextos, porque todo carisma tiene una dimensión de misterio, que se descubre viviendo.

2.2. Segunda etapa: la pérdida

Al anuncio le siguen años de crecimiento “en edad, sabiduría y gracia”. La obra madura y madura en sabiduría y en la experiencia de la gratuidad, aunque siempre acompañada de los primeros dolores y pruebas (recordemos el anuncio del viejo Simeón: “y a ti, mujer, una espada…”)

Sin embargo, en un momento determinado ocurre un acontecimiento importante: aparece una primera gran crisis que podemos encontrar simbolizada en la vida de María en el episodio narrado en el evangelio de Lucas de la experiencia realizada después de la pérdida de Jesús en el tempo, cuando el niño Jesús, tras encontrarse con sus padres, les dice: “¿no sabíais que yo debía cumplir las obras de mi Padre?”

¿Qué nos está diciendo este episodio? Este es el momento, que llega antes o después a todas las realidades carismáticas, en el que el fundador de una obra se da cuenta de que la obra no es de su “propiedad”, sino una realidad que no le pertenece. Es una experiencia análoga a la que se vive en la relación entre padres e hijos, cuando los padres deben comprender, no sin dolor, (y si no lo entienden y no actúan en consecuencia, aparecerán con el tiempo graves patologías, como el narcisismo) que su hijo no es para ellos y que ellos no son propiedad del hijo, sino que él o ella tienen una vocación concreta y única que realizar. El muchacho debe dar un paso en relación con su familia (especialmente con su madre) y los padres deben ayudarle a entender que la familia es sólo el punto de partida para donarse al mundo y no un “bien” privado que consumir. Es un corte tan doloroso como decisivo para el crecimiento.

En las realidades carismáticas, cuando la obra empieza a dar frutos, a ser estimada, a funcionar bien, llega un momento en que quien ha dado vida a esa obra se enamora de ella, en cierto sentido se identifica con la obra misma. Se pierde la capacidad de distinguir que el “don” era para los demás y no para nosotros. Así se pone a prueba precisamente la gratuidad, el corazón de toda experiencia carismática, la charis. Este momento o etapa puede asumir distintas formas. Señalo algunas de las posibles:
a)    Por distintas razones (edad de los fundadores, falta de vocaciones, …), vienen otros (los “laicos”, por ejemplo) a gestionar la obra y quien la ha fundado experimenta en este desapego una especie de muerte;
b)    Esta etapa también puede asumir una forma distinta: quien ha fundado una obra empieza a reclamar más autonomía del Instituto en el que ha nacido. En este caso, típico de los segundos tiempos de los movimientos carismáticos, la crisis la vive quien tiene la responsabilidad institucional y debe gestionar estas peticiones de autonomía y libertad .
c)    Esta fase también puede asumir la forma de una “tentación” de que la obra no deje de ser un bonsái, de que “la niña no se vaya de casa” y siga siendo un árbol gracioso pero que no crece y en consecuencia no da los frutos típicamente “maduros”.

Si se supera esta segunda etapa (puede ser que alguna etapa no se supere, bloqueando el camino de la obra), entonces comienza una larga temporada (la más larga en la vida de María), cuando la obra despega y levanta el vuelo. Comienzan los grandes milagros, las conversiones, los frutos abundantes; pero también las persecuciones y las grandes pruebas (calumnias, maledicencias, denuncias…). Son años (a veces siglos) donde la obra canta las bienaventuranzas con la vida, muchas veces en distintas tonalidades.

Pero la Via Mariae de la obra carismática no termina aquí.

2.3. Tercera etapa: la “desolada”

Si se superan las dos primeras etapas, se llega a una tercera frase, crucial, de la que depende verdaderamente el desarrollo pleno de la vocación de una obra carismática. Es la desolada, la mayor prueba de María. Este es el momento de la muerte verdadera de la obra. Hubo una primera muerte (el desapego), pero ahora es cuando muere de verdad. En este momento llegan las grandes tentaciones de las obras carismáticas. Se advierte (por instinto carismático) que se acerca una nueva crisis, preludio de una cierta muerte, pero en lugar de morir carismáticamente (en el sentido que diré a continuación), se intentan vías de escape. Algunas de estas vías de escape son las siguientes:
1.    Venderlo todo: se malvenden las obras a los mejores postores, sin un proyecto carismático global, sólo para tapar los agujeros de las cuentas y para intentar sobrevivir. La comunidad carismática ya no consigue gestionar la obra y sin un verdadero y profundo análisis para comprender qué hacer desde el punto de vista carismático, intenta deshacerse de la obra lo antes posible.
2.    La retirada del carisma: se “delegan” en los empleados “laicos” los trabajos más ordinarios, que muchas veces – esto es lo importante – eran precisamente lo específico del carisma: las salas de los hospitales, los pupitres de los colegios, las barracas, etc.). En ciertos casos muchos consultores aconsejan a los miembros de la obra carismática que se ocupen solo de las tareas de responsabilidad, convirtiéndose en directivos con el fin de “salvar” las obras  y evitar que “mueran”.
3.    Fuerte Apache: no se delega en nadie, no se cierra ninguna obra, pero se resiste hasta la última unidad y se muerte con gloria.

Estos tres tipos de muerte normalmente no son muertes carismáticas (tenemos alguna experiencia de ello). Son simplemente muertes, como le ocurrió a doña Prassede con la peste: “De doña Prassede, cuando se dice que estaba muerta ya se ha dicho todo” . ¿Qué quiere decir morir carismáticamente? No lo sé con claridad. Me limito a apuntar algunos elementos e intuiciones que me gustaría proponer con humildad, como inicio de una reflexión a desarrollar a distintos niveles, pero que en estos años se está revelando como crucial para el presente y el futuro de muchas obras carismáticas. Un reto del que depende mucho la calidad de vida de las instituciones religiosas en el futuro próximo.

Antes que nada es esencial saber discernir, comunitariamente, a varios niveles (haciendo que participen en el discernimiento todas las personas adecuadas, evitando caer en la tentación de que decida solamente algún nivel o alguna persona, por ejemplo, por dificultades de relación), si ha “llegado la hora” de morir (carismáticamente), es decir si la obra “muere” porque ha alcanzado su cumplimiento o simplemente por errores nuestros (técnicos, de conocimiento, de falta de unidad, asesores equivocados…). En este segundo caso hay que luchar contra esa muerte.

Una vez que hemos comprendido, juntos y con el debido discernimiento, que una determinada obra debe morir, si queremos ser fieles al carisma esa obra no puede morir… sin más. Hay que hacer todo lo necesario para buscar y encontrar el sentido carismático de esa muerte, es decir hay que entrever una resurrección después de la muerte de la obra. Si no podemos entrever al menos la posibilidad de una resurrección, es muy probable que esto sea señal de que esa muerte no es carismática, según la vocación específica de la obra. Es una muerte sin más.

Comprender finalmente que la “muerte” carismática de una obra debe ser también el comienzo de una nueva “maternidad”: “mujer, he ahí a tu hijo”. Ahí está Juan. Toda la dificultad de esta muerte carismática radica en reconocer y encontrar a Juan: una nueva continuación, distinta pero no menos carismática, de la vocación de la obra.

Podemos darnos cuenta de que si somos capaces de vivir así la etapa de la desolada, lo que parecía muerte y en cierto sentido lo era, en realidad no era más que el alba de la resurrección.

2.4. Cuarta etapa: María después de la resurrección

La vida terrena de María sigue después de la resurrección de Jesús, en la Iglesia naciente. ¿Qué significa esto para lo que estamos diciendo? También aquí me limito a hacer algunas sugerencias.

Antes que nada, la resurrección de Jesús no es la de Lázaro, el cual, algunos años después, volvió a morir. No se trata de “reanimar” la vieja obra, sino de saber entrever una realidad nueva, que está al mismo tiempo en continuidad y en discontinuidad con la primera obra.

En segundo lugar, a la luz de la Via Mariae y del evangelio, hay que tener presente que una obra realiza plenamente su diseño cuando muere para convertirse en algo distinto, algo que posee la misma naturaleza de la obra original, pero que es capaz de transcenderse y sublimarse “más allá”. Aquí hace falta mucha sabiduría y discernimiento comunitario para saber morir bien y posiblemente resurgir. Por ejemplo, en caso de que se quiera ceder por falta de fuerzas una casa, un hospital o un colegio, es importante reconocer entre las distintas propuestas la que de sentido carismático a toda la historia de la obra, la que pueda representar una resurrección, es decir una universalización de la obra, aunque sea de un modo misterioso. Así pues, hay que ser muy cuidadosos en estas fases. La venta de una obra puede ser una muerte sin más (cuando es cedida a una empresa que la transforma en un negocio hostelero con ánimo de lucro) o también puede revelarse como una muerte-resurrección. Por ejemplo, cuando el movimiento “Nuevos Horizontes” de Chiara Amirante se queda con una casa que una comunidad de Vicencianas ya no puede llevar, esto puede significar la resurrección de una obra nacida de un carisma para los pobres. O bien pensemos en un instituto religioso que cierra una casa pero para fortalecer y sostener otras, haciendo renacer desde allí el carisma original.

A veces es necesario saber aceptar la muerte sin más, si no se dan otras condiciones, pero al menos deberíamos ser conscientes de ello y tratar, por una vez en nuestra vida y en la de nuestras comunidades, de “morir carismáticamente”.

3. En lugar de concluir

Si lo dicho hasta ahora resulta plausible, entonces hay que ver con ojos nuevos el declive de las vocaciones (cuando haya) y el consiguiente “cierre” de las obras. Una realidad carismática alcanza su diseño bajo una cruz. Hay que aprender a leer la historia y a evitar el pesimismo (perfectamente comprensible) que a veces se percibe en nuestras realidades. Cuando se muere carismáticamente, la muerte es el culmen de un proceso maduro y no un fracaso, es luz del alba y no sombra del ocaso.

Pero para que este “optimismo” sea serio y responsable, hay que leer la historia también desde el punto de vista de los carismas y de su lógica, hay que ponerse en la parte de María, icono de todo carisma. Y esperar seguir llenando nuestras instituciones y obras carismáticas con la verdadera alegría que es siempre el sacramento de todo carisma.

Notas:

1 - Del “perfil carismático” de la economía me he ocupado en el libro escrito con Alessandra Smerilli, Benedetta Economia (Cittanuova, Roma 2008)
2 - Sobre el tema de los carismas en la Iglesia se ha escrito mucho, dada su complejidad y variedad desde distintos puntos de vista (antropológico, teológico, histórico…). El punto de referencia ineludible es, sin duda, la primera carta de Pablo a los corintios, que contiene una clara teología de los dones (charismata) y de su función para la comunidad eclesial, en vistas no tanto a la salvación individual de quien los recibe cuanto al bien común, al cuerpo eclesial. Desde esta perspectiva paulina, carisma es tanto la profecía como el ministerio ordenado, el diácono como el sanador.  Sin negar que esta idea de carisma explica muchos aspectos de la dinámica de la Iglesia y de las comunidades cristianas concretas, estoy convencido de que esa lectura no es la más adecuada para comprender el papel de los carismas que se han sucedido a lo largo de la historia, como los de Benito, Francisco, Vicente de Paúl, Don Bosco, Madre Teresa o Chiara Lubich. Para entender plenamente estos carismas, creo que es necesario (en línea, por ejemplo, con lo que dice la Lumen Gentium del Concilio Vaticano II) leer esas realidades como dones especiales con naturaleza y dimensiones distintas a los dones-carisma de tipo paulino. Desde este punto de vista, considero más eficaz la lectura balthasariana, que interpreta la dinámica de la Iglesia en su desarrollo histórico como un diálogo entre distintos perfiles o principios, que pueden resumirse en el perfil carismático (o mariano) y el institucional. En todo caso, ésta será la acepción de carisma que usaré en el presente escrito. 
3 - Una de las últimas intervenciones oficiales en las que Chiara describió la Via Mariae fue durante el Congreso Mariano que tuvo lugar en Castegandolfo en mayo de 2003. Su intervención se imprimió en el libro Maria trasparenza di Dio (Cittanuova 2003) y puede encontrarse en Internet: http://www.loppiano.it/ore-roma.pdf
4 - Además, tampoco trataré todas las etapas trazadas por Chiara (no hablaré de la etapa de la “visita” de María a Isabel, ni del anuncio de la “espada” del viejo Simeón, ni del “nacimiento de Jesús”, aunque haga alguna referencia a estas etapas). Me centraré solo en los momentos que considero especialmente significativos para la dinámica histórica de una obra carismática.
5 - Esto nos permite poner de relieve que también en una obra carismática existe un diálogo entre carisma (innovación, reforma) e institución (jerarquía y orden)
6 - Alessandro Manzini, I promessi sposi, cap. XXXVII.

Este texto es una reelaboración de la intervención en el seminario “Economía, gestión y carismas” (Castelgandolfo 17-18 de noviembre de 2009), en el que participaron religiosas y religiosos de 12 congregaciones, así como estudiosos y miembros de las distintas realidades de la Economía de Comunión. El autor es profesor en la Universidad Bicocca de Milán y en el Instituto Universitario Sophia de Loppiano.

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