reseñas de prensa

El Evangelio es esperanza también para la economía

En el prólogo al libro «Potere e denaro», de Michele Zanzucchi, que sale hoy a la venta, el Papa Francisco alude a la responsabilidad del sistema financiero ante las desigualdades del planeta

Papa Francisco

Publicado en Corriere della Sera, el 11/04/2018

Papa FrancescoLa economía es vital para cualquier sociedad. En gran medida determina la calidad de la vida e incluso de la muerte, y contribuye a hacer digna o indigna la existencia humana. Por eso ocupa un lugar importante en la reflexión de la Iglesia, que ve al hombre y a la mujer como personas llamadas a colaborar con el plan de Dios también a través del trabajo, la producción, la distribución y el consumo de bienes y servicios. Por eso, desde las primeras semanas de pontificado, he abordado las cuestiones relativas a la pobreza y a la riqueza, a la justicia y a la injusticia, a las finanzas sanas y a las perversas.

Si hoy dirigimos la mirada a la economía y a los mercados globales, un dato que sobresale es su ambivalencia. Por una parte, la economía, más que nunca, ha permitido a millones de personas asomarse al bienestar, a los derechos, a una mejor salud y a muchas otras cosas. Al mismo tiempo, la economía y los mercados han jugado un papel importante en la explotación excesiva de los recursos comunes, en el aumento de las desigualdades y en el deterioro del planeta. Así pues, la valoración ética y espiritual debe saber moverse en esta ambivalencia, que se pone de manifiesto en contextos cada vez más complejos.

Nuestro mundo es capaz de lo mejor y de lo peor. Siempre lo ha sido, pero hoy los medios técnicos y financieros amplifican el potencial para el bien y para el mal. Mientras en algunos lugares del planeta se nada en la opulencia, en otros se carece de lo mínimo para sobrevivir. En mis viajes he podido ser testigo de estos contrastes, más aún que cuando estaba en Argentina. He visto la paradoja de una economía globalizada que podría dar de comer, curar y dar cobijo a todos los habitantes que pueblan nuestra casa común, pero – como señalan algunos datos estadísticos preocupantes – concentra en manos de muy pocas personas la misma riqueza que en la mitad de la población mundial. He constatado que el capitalismo desenfrenado de las últimas décadas ha ampliado aún más el foso que separa a los más ricos de los más pobres, generando precariedad y esclavitud.

La actual concentración de la riqueza es fruto, en buena parte, de los mecanismos del sistema financiero. Si nos fijamos en las finanzas, vemos además que un sistema económico basado en la proximidad, en la época de la globalización, encuentra no pocas dificultades: las instituciones financieras y las empresas multinacionales alcanzan tales dimensiones que condicionan las economías locales y crean cada vez más dificultades a los estados a la hora de trabajar por el desarrollo de sus poblaciones. Por otra parte, la falta de reglamentaciones y controles adecuados favorece el crecimiento del capital especulativo, que no tiene interés por las inversiones productivas a largo plazo, sino que busca el lucro inmediato.

Antes como cristiano de a pie, después como religioso y sacerdote, y finalmente como Potere e denaro Zanzucchi ridPapa, considero que las cuestiones sociales y económicas no pueden ser ajenas al mensaje del Evangelio. Por eso, siguiendo las huellas de mis predecesores, trato de estar a la escucha de los actores presentes en la escena mundial, ya sean trabajadores, empresarios o políticos, dando voz sobre todo a los pobres, a los descartados y a los que sufren. La Iglesia, cuando difunde el mensaje de caridad y justicia del Evangelio, no puede permanecer en silencio frente a la injusticia y el sufrimiento. Puede y quiere unirse a los millones de hombres y mujeres que dicen no a la injusticia de forma pacífica, actuando a favor de una mayor equidad. En todas partes hay personas que dicen sí a la vida, a la justicia, a la legalidad, a la solidaridad. Muchos encuentros me confirman que el Evangelio no es una utopía sino una esperanza real, también para la economía. Dios no abandona a sus criaturas en manos del mal. Al contrario, las invita a no cansarse de colaborar con todos por el bien común.

Todo lo que digo y escribo sobre el poder de la economía y de las finanzas quiere ser una llamada para que los pobres sean tratados mejor y disminuyan las injusticias. En particular, pido constantemente que se deje de ganar dinero con las armas, con el consiguiente peligro de desencadenar guerras que, además de muertos y pobres, solo aumentan los fondos de unos pocos, fondos muchas veces impersonales y más grandes que los presupuestos de los estados donde tienen su sede, fondos que prosperan con la sangre inocente (…) Hay que decir no a la mentalidad del descarte; hay que evitar uniformarse con el pensamiento único, tomando con valentía decisiones buenas y contra corriente. Todos, como enseña la Escritura, pueden arrepentirse, convertirse y hacerse testigos y profetas de un mundo más justo y solidario. (…)

El mundo creado es bueno a los ojos de Dios, y el ser humano es muy bueno (cf. Gen 1, 4-31). El pecado ha manchado y sigue manchando la bondad originaria, pero no puede borrar la huella de la imagen de Dios presente en cada hombre. Por eso no debemos perder la esperanza: vivimos en una época difícil, pero llena de oportunidades nuevas e inéditas. No podemos dejar de creer que, con la ayuda de Dios y juntos – lo repito: juntos – podemos mejorar nuestro mundo y reavivar la esperanza, tal vez la virtud más valiosa hoy. Si estamos juntos, unidos en su nombre, el Señor está en medio de nosotros según su promesa (cf. Mt 18, 20); y por consiguiente está con nosotros también en medio del mundo, en las fábricas, en las empresas y en los bancos, como en las casas, en las favelas y en los campos de refugiados. Podemos y debemos tener esperanza.

 

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