reseñas de prensa

Velos, heridas y libertades

Comentario - De burkinis y otras vestimentas

Alessandra Smerilli

Publicado en Avvenire el 23/08/2016

Burkini«Las personas se adaptan a circunstancias incluso muy desfavorables, con tal de sobrevivir. Pero la capacidad de adaptación de las personas puede llevar a sacar conclusiones erróneas, también en términos de políticas sociales y económicas». Estas palabras de Amartya Sen, premio Nobel de economía, recogen un aspecto fundamental de la relación entre libertad y bienestar, y pueden ser de ayuda en estos días de discusiones y mucho chismorreo acerca del burkini y el velo de las monjas.

Sen dice que para entender el bienestar o el malestar real de una persona no basta ver su comportamiento; es necesario conocer el conjunto de oportunidades que tiene a su disposición. Debemos conocer las alternativas a las cuales renuncia y podría renunciar. La verdadera medida del bienestar y de la libertad nos la dan las elecciones que podríamos realizar y no realizamos. Una persona desfavorecida, pobre y explotada, puede ser feliz, si las condiciones sociales e ideológicas hacen que esté satisfecha con su propia suerte y de alguna manera se adapte a la vida que lleva. Pero por ver una persona explotada feliz no sería oportuno llegar a la conclusión de que la explotación da la felicidad, o que es un estado deseable.

El grado de bienestar y de libertad que manifiesta hoy la decisión de una mujer de ponerse un burkini es profundamente distinto si la elección se produce entre un burkini y otros trajes de baño o entre burkini y no ir a la playa. Y para entender las libertades y las oportunidades de una monja que baja a la playa con hábito deberíamos, también en este caso, ver otras cosas y descubrir, por ejemplo, que cuando las monjas van a la playa con hábito casi siempre es para estar con los chicos de los campamentos que están a su cargo. Y que, cuando van a darse un baño, muchas veces deciden tranquilamente ponerse un traje de baño.

Lo sabemos. Lo saben las mujeres. Deberían saberlo todos. Pero lo olvidamos con demasiada frecuencia, porque decidir, hablar y filosofar sobre el cuerpo de las mujeres y sus vestidos siempre ha sido un rito fundamental de la gestión del poder, en una sociedad que siempre ha sido cosa de hombres (y todavía lo es, demasiado). Más allá de las abstractas declaraciones de principios, en las elecciones, en las carreras, en los salarios, en las oportunidades, los hombres y las mujeres son todavía demasiado distintos en respeto, dignidad, derechos y libertades.

A excepción del último siglo en Occidente, los varones siempre han decidido cómo debían vestir las mujeres y cómo debían usar su cuerpo. Por desgracia, también muchos de los debates de estos días sobre la prohibición del burkini en Francia seguirán siendo diálogos entre varones acerca de las mujeres, que representan los mismos vicios de siempre. No se respeta a las mujeres musulmanas cuando se discute sobre sus burkinis en la playa con gran ignorancia histórica y religiosa acerca de la mujer y del cuerpo en el Islam (y en muchas otras culturas). Y no se respeta a las monjas cuando se muestran fotos de sus baños con hábito. Y cuando no se respeta a esas mujeres musulmanas, a esas mujeres católicas monjas, no se respeta a las mujeres tout court. No se respeta a ninguna mujer, y por consiguiente no se respeta a nadie.

El mismo velo puede esconder libertades y felicidades muy distintas, radicalmente distintas. En nuestra cultura occidental, el velo ha representado y representa muchas cosas. Nuestras bisabuelas no eran libres para no ponérselo en la cabeza cuando iban a la iglesia. Algunas monjas hoy deciden libremente no ponérselo siempre, otras (como yo) deciden ponérselo algunas veces, y otras nunca. Las monjas se ponen el velo como signo de consagración y de la presencia de Dios, y lo hacen por elección, adaptándose a los contextos en los que viven. Las monjas de mi Instituto que viven en África tienen hábitos muy coloridos. En Vietnam llevan pantalones, según las costumbres del lugar. El hábito debe ser un signo que hable de Dios, y si este signo no se entiende, entonces el hábito carece de significado y no se usa.

Los seres humanos tienen una capacidad casi infinita para adaptarse a las circunstancias desfavorables de la vida. Para sobrevivir llegamos casi siempre a convencernos a nosotros mismos y a los que nos rodean de que, en el fondo, la condición en que nos encontramos es buena. Los hombres tienen esta capacidad, pero nostras, las mujeres, la tenemos más grande, porque para no morir hemos tenido que desarrollar a lo largo de milenios una infinita capacidad para adaptarnos a vestidos, velos y hábitos que los hombres habían decidido que nosotros debíamos o no debíamos ponernos. A veces incluso nos hemos adaptado bien y hemos encontrado una cierta felicidad, aunque no siempre una auténtica libertad. Hay muchas felicidades en la tierra, pero no todas son libres. Pero en el mundo de las mujeres hay más libertad que la que muchos varones logran ver, sobre todo en nuestra relación con el cuerpo, con el vestido y con el velo.

Cuando se habla del cuerpo de las mujeres y de sus vestidos, sobre todo si los que hablan son hombres, sería necesario un “minuto de recogimiento” para hacer memoria primero de las infinitas heridas que esas ropas y esos velos han cubierto y cubren. Y después, sólo después, empezar a hablar, y hacerlo siempre en voz baja y en nuestra compañía. De otro modo no sólo se dicen tonterías sino que se sigue ejerciendo violencia sobre nuestros cuerpos, sobre nuestros velos.

 

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