Hacia una economía de comunión

Isaías Hernando

160305 manos unidasHabitamos un mundo con una enorme capacidad de generar bienes y servicios, gracias al imponente desarrollo de la ciencia, la tecnología, las comunicaciones y el mercado global que se ha producido durante las últimas décadas. A pesar de la crisis, nunca en la historia ha habido tanta riqueza como ahora. El mercado se encarga de ofrecernos una solución para casi cualquier necesidad material que tengamos, siempre que la podamos pagar. Algo inimaginable para nuestros abuelos.

Al mismo tiempo, nos encontramos con situaciones de pobreza, sobreexplotación de los recursos del planeta e injusticia también sin precedentes. Es la otra cara de esta economía, una economía no sostenible, “una economía de la exclusión y la inequidad“, “una economía que mata”.

Son expresiones del Papa Francisco, que prácticamente se ha convertido, para creyentes y no creyentes, en una de las pocas autoridades morales, si no la única, verdaderamente globales y libres de poderes fuertes de la economía y la política.

Efectivamente, la desigualdad entre países y también entre capas sociales dentro de un mismo país va en aumento. El 1% más rico posee la mitad de la riqueza mundial. En España, este último año la fortuna de las 100 personas más ricas ha crecido un 15%, mientras que Cáritas nos dice que “seguimos perdiendo la batalla contra la pobreza y la exclusión”. Cáritas, Manos Unidas y otras organizaciones combaten esta batalla en todo el mundo, tratando de hacer frente a las necesidades más urgentes.

Pero ¿qué ocurriría si todo el talento, la creatividad y la capacidad de innovar y generar riqueza, característica de las empresas, se destinara al bien común, a resolver los graves problemas de la humanidad, en lugar simplemente de maximizar el beneficio de sus accionistas y altos ejecutivos?

Una pregunta parecida a esta debió pasar por la mente de Chiara Lubich, la fundadora del Movimiento de los Focolares, en 1991, cuando lanzó en Brasil la “Economía de Comunión”. Ante la chocante y dolorosa visión de los impresionantes rascacielos del centro de la ciudad de Sao Paulo rodeados por una enorme extensión de favelas, como si se tratara de una “corona de espinas”, Chiara Lubich sintió la urgencia de dar una respuesta concreta. Propuso crear empresas gestionadas por personas competentes y aplicando criterios de fraternidad, capaces de crear riqueza a partir del trabajo y de compartir los beneficios que obtuvieran haciendo tres partes: una parte para atender directamente situaciones de pobreza, otra para formar sobre todo a los jóvenes e investigar los fundamentos de una nueva teoría económica y la tercera para consolidar la empresa y seguir creando puestos de trabajo.

¿Ingenuidad? ¿Utopía? No para las casi mil empresas y organizaciones que hoy forman parte del proyecto Economía de Comunión en todo el mundo (23 de ellas en España), ni para las decenas de profesores universitarios que investigan sus bases teóricas y han dado lugar a varios centenares de tesis y trabajos académicos. Tampoco para los miles de simples consumidores que quieren ser ciudadanos activos en la construcción de una economía fraterna ni para los verdaderos protagonistas del proyecto: aquellos a los que de forma muy simplista llamamos “pobres”.

La Economía de Comunión nace de una mirada distinta sobre la pobreza, que viene de un carisma: el carisma de la unidad. Una mirada capaz de ver bellezas, recursos y riquezas donde otros sólo ven problemas e indigencia. En Economía de Comunión el “pobre” no es un asistido, sino alguien con quien entrar en una relación de igual dignidad, alguien que también tiene algo que dar. Lo primero que se ve no es la pobreza, sino la riqueza (aunque no sea siempre una riqueza material) que el otro puede compartir en una relación de complementariedad y reciprocidad. Cuando esta relación no existe y se ve al otro como mero receptor de ayuda, muchas veces se acaba haciendo más evidente la pobreza del otro y creando dependencia.

Recientemente he tenido la enorme fortuna de participar en un encuentro internacional en Kenia con más de 400 personas de los cinco continentes, entre los que había muchos jóvenes africanos. Para mí no ha sido sólo un encuentro con las heridas de África, que son evidentes y sería absurdo ocultar, sino, sobre todo, con la riqueza y la vitalidad de sus pueblos y sus culturas. Durante este encuentro cada uno podía compartir libremente sueños, proyectos emprendedores, experiencias, conocimientos, tecnología, ideas y capitales. Sin paternalismos: desde la fraternidad y con igual dignidad. La red de cooperación recíproca que surgió y que permitirá poner en marcha proyectos empresariales concretos, permitía intuir la belleza de una nueva economía en la que la riqueza y la pobreza son de todos.

Ese es el significado de la comunión. Los bienes sólo son verdaderos bienes cuando se comparten. Los bienes no se multiplican acumulándolos sino compartiéndolos, poniéndolos en comunión. También los bienes económicos. Aunque ahora nos pueda parecer extraña, esta lógica económica de la comunión ya estaba descrita hace 2000 años, en el evangelio. La “pobreza” elegida por un muchacho que renunció al disfrute en solitario de unos pocos panes y unos pocos peces para ponerlos en comunión, permitió el milagro de alimentar a toda una multitud. Es la paradoja de la comunión, cuya clave se encuentra en la gratuidad y en la reciprocidad.

Es la misma paradoja que experimentan las empresas de Economía de Comunión que, aceptando su  vulnerabilidad, tratan de compartir cada día en todo el  mundo sus pobrezas y sus riquezas construyendo relaciones positivas con todos: con los trabajadores, con los proveedores, con los clientes, con la comunidad local e incluso con los competidores…

Sabemos que el sistema económico actual, basado en la sobreexplotación de los recursos, en el consumo y en el despilfarro, no es sostenible. Harían falta varios planetas para mantener el actual nivel de consumo de los países occidentales. Pero ¿qué pasaría si empezáramos a compartir los recursos aplicando a mayor escala la lógica de la comunión y experimentando su típica paradoja? ¿Qué pasaría si en lugar de pensar en términos de “lo mío” y “lo tuyo” empezáramos a pensar en términos de “lo nuestro”? ¿Qué pasaría si entendiéramos que nuestra vocación más profunda como seres humanos es la comunión entre nosotros y con la naturaleza? ¿Qué pasaría si hiciéramos de la comunión una palabra de la economía del futuro? _


 

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