Cartas al director

Cartas al director

de "Economía de Comunión - una nueva cultura" nº 32 - diciembre 2010

Una voz por teléfono

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Quiero compartir esta página de diario escrita por una joven empleada de una fábrica que suministraba materiales a la empresa de Ezio Cereghetti, un empresario de la EdC de Lugano, fallecido a causa de un aneurisma en el mes de junio de 2003. Esta carta la escribió entonces, después de la muerte de Ezio, pero la guardó durante años en su diario. Hace unos días decidió enviársela a Tita, la esposa de Ezio ... que se quedó muy sorprendida por una coincidencia: la palabra de vida propuesta para vivirla este mes, “amarás al prójimo como a ti mismo”, era la misma frase del evangelio que Chiara le había dado a Ezio.
A mí también me parece que este hermoso regalo nos viene directamente de Ezio, para ayudarnos a vivir, también en la EdC, el amor mutuo.
Chiara siempre nos ha exhortado a actuar de modo que nadie nos roce en vano. Tal vez no consigamos amar siempre, amar a todos, pero al menos debemos tratar de amar a algunos, como hizo Ezio con esta mujer.

Luca Crivelli

 

“Buenos días, señorita Calluso, soy Cereghetti de la empresa Aircond. ¿Puedo hablar con el señor Minini?”
“Buenos días, señor Cereghetti, le pongo con él”

Mientras pasaba la llamada pensaba: “¡Qué voz! Cada vez que la escucho me llena el corazón de paz y serenidad”.
Ezio llamaba con frecuencia a la empresa y estas eran las únicas palabras que intercambiábamos. Me hubiera gustado decirle algo más, para poder escuchar su voz un poco más de tiempo, ya que me calmaba del estrés del trabajo. Solo una mañana, después de la acostumbrada frase, me dijo: “¿Cómo está?” Y yo: ”Bien, gracias, ¿y usted?” Sí, gracias, yo también. ¿Está el señor Minini?

Su voz tenía algo especial y deseaba conocerle. Le pedí varias veces a mi director que organizara una reunión en nuestra empresa para poder conocerle, pero no se llegó a realizar. Las pocas personas de la empresa que le conocían personalmente decían que era una bellísima persona y otros decían que era muy amable por teléfono.

Una mañana llegó nuestro director a la oficina y nos dijo en voz baja que el señor Cereghetti de la empresa Aircond acababa de fallecer esa misma mañana.

Mi primer pensamiento fue: “¿Creería en Dios?” E inmediatamente después, otro pensamiento: “Ya no podré conocerle”. Mientras pensaba en estas cosas, observaba a mis compañeros. Un silencio pesado y triste había caído sobre todo la oficina. Algunos miraban por la ventana y otros tenían la mirada fija en la pantalla o en el teclado, era como si hubiera muerto uno de nosotros. Mientras miraba aquella escena, me vino otro pensamiento: “Sí, seguramente el señor Cereghetti creía en Dios. Una persona a la que casi nadie conocía personalmente y que había dejado una huella tan fuerte, por fuerza tenía que llevar a Dios en el corazón”.

Y a continuación otra pregunta: “Pero ¿quién era ese hombre?

Fue un día negro para todos nosotros y el luto de nuestros corazones duró varios días. Evitamos hablar de él pero todos teníamos el corazón triste. Solo un compañero me dijo: “¡tu Dios siempre se lleva a los mejores!”

Me disgustaba no haberle conocido, pero los primeros días después de su muerte recordaba bien su voz y sus palabras y eso me daba consuelo. Una tarde, al volver del trabajo en coche, no conseguí retener las lágrimas al darme cuenta de que ya no recordaba su voz y sabía que a partir de ese momento ya no la recordaría más.

El viernes pasado fui al oratorio para hablar con Don Carmelo. Llegué un poco antes de la hora, para hablar de la animación de los jóvenes. Don Carmelo venía con una foto y me explicó que era de un querido amigo suyo, Ezio Cereghetti, que acababa de fallecer. Yo no pensé en el señor Cereghetti que trabajaba con nosotros, porque además la zona del Ticino está llena de personas con ese apellido, pero cuando Don Carmelo empezó a contarme que Ezio era un focolarino y que hacía poco que había abierto una empresa, comprendí que era él.

En aquel momento me emocioné por dos motivos: porque echaba de menos su voz y también porque a Ezio sí que le había conocido en la fiesta de la familia que organizó la diócesis de Lugano en Giornico.

Aquel día Erik y yo nos sentamos en la mesa con Tita, la esposa de Ezio, y así nos conocimos. Ella insistió en presentarnos a su marido. Y lo hizo, pero yo no sabía que él era “aquel” señor Cereghetti y él no sabía que yo era “aquella” señorita Calluso. Simplemente éramos Ezio y Maria. El lunes siguiente volvimos a hablar por teléfono pero no nos reconocimos y seguimos con la frase de costumbre: “Buenos días, señorita Calluso”; “Buenos días, señor Cereghetti

Entonces lo comprendí. Sin saberlo, el Señor me había escuchado. Sí, había tenido el honor de conocerle.
Querido Ezio, ruega por mí para que yo también consiga llevar a Dios a los otros como hiciste tú, con pocas palabras pero “¡amando a los otros como a ti mismo!”
Ascona, junio de 2003

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