Una voz en un mundo cambiante

Una voz en un mundo cambiante

por Alberto Ferrucci

de "Economía de Comunión - una nueva cultura" nº 32 - diciembre 2010

Alberto_Ferrucci

La nueva configuración accionarial del Fondo Monetario Internacional es una señal de que el mundo está cambiando de verdad. Creado en Bretton Woods, en 1944, para promover un nuevo orden económico después de la tragedia de la segunda guerra mundial, el FMI ha venido funcionado durante 66 años como un banco que concedía préstamos a estados en dificultad, ejerciendo sobre ellos la misma persuasión que anteriormente producía la brutal  aparición de barcos cañoneros en los puertos de los países que no respetaban los intereses económicos de las grandes potencias.

 

Con la nueva configuración del FMI, la Comunidad Europea cede dos puestos a Brasil e India y China adelanta en cuotas a Japón, situándose inmediatamente después de los Estados Unidos. Esta nueva composición debe ser ratificada por el Congreso de los Estados Unidos, pero tendrá que hacerlo si no quiere que el dólar pierda su privilegio de ser la moneda de los intercambios internacionales, cosa que podría ocurrir si se siguen firmando acuerdos entre países emergentes, causando grave daño a la economía norteamericana.

Así pues, el auténtico agente del cambio sigue siendo la relación de fuerzas, más que la voluntad de los gobernantes de perseguir el bien común. Por otra parte, tampoco cabe esperar otra cosa en un mundo impregnado de consumismo, “esa religión – según Bruni (pag. 6) – que alcanza más profundidad que el comunismo o el fascismo, porque entra dentro de ti y te vacía, te quita incluso la necesidad de tener vida interior, la pregunta sobre el sentido de la vida e incluso te ofrece una cierta promesa de eternidad: si determinado producto se gasta, y eso ocurre pronto, siempre podrás comprar otro igual”.

El anuncio de la economía de comunión es de 1991, pero su origen se puede datar en 1990, cuando Chiara, con su gente, pedía a Dios en Nueva York, templo del capitalismo entonces eufórico por la caída del muro de Berlín, la caída de otro muro, el del consumismo, por el bien de la humanidad.

Hoy los países en los que vive la mayoría de las personas del planeta tienen un mayor peso político y eso hace que cambie también la perspectiva del bien común. Hasta hoy, el consumismo occidental, medida del progreso, consideraba más bien a esos países como mercados potenciales, como motivo de preocupación por la inmigración, como objeto de turismo y, en el mejor de los casos, como destino de obras filantrópicas. A sus habitantes casi nunca se les consideraba personas con derechos y expectativas iguales a las nuestras, es decir hermanos.    
Ahora que ellos pueden condicionar, a través del FMI, nuestros comportamientos, entenderemos mejor que el bien común no significa solo el destino de 1.500 millones de personas sino el de los 6.500 millones de habitantes del planeta.

Desde este punto de vista, hay que reconocer que el paraíso del consumismo no está al alcance de todos. Los 15 kilómetros de atmósfera que rodean la tierra no contienen aire suficiente para soportar que todos emitamos la misma cantidad de anhídrido carbónico, ni que todos consumamos el mismo gas, petróleo, cobre o agua dulce que los habitantes de los países industrializados. Y, sobre todo, el sistema económico actual no ofrece puestos de trabajo suficientes para que millones de jóvenes puedan labrarse un futuro.

Así pues, antes de que se produzcan reacciones sociales cuyo alcance no podemos ni siquiera imaginar, tenemos que reinventar el sistema sobre cuyos paradigmas se basan los razonamientos de los gobernantes. Tenemos que asumir de una vez que después de la última crisis financiera, el sistema sigue en pie gracias a unos artificios monetarios que proyectan hacia el futuro, mediante un endeudamiento cada vez más grande, los fracasos del pasado. Una parte de las pérdidas multimillonarias de 2008 sigue oculta en títulos tóxicos que todavía no han vencido. A los bancos se les da dinero fácil, con la esperanza de que acumulen beneficios para evitar la quiebra.

Para poder reinventar el sistema necesitamos ojos nuevos, abandonar la lógica aberrante que dice que hay que consumir por el bien común. Tenemos que cambiar de perspectiva, descubrir caminos que nos permitan sentirnos realizados sin necesidad de comprar más bienes inútiles, inventar nuevos trabajos para enriquecer la cultura y la sociedad, sentir la responsabilidad del bien común mundial.

En este número anunciamos el nacimiento de una nueva voz en este mundo cambiante: el Polo Giosi Guella (pgs. 14 – 15), construido cerca de Lisboa. Aunque de momento solo cuenta con cuatro empresas, es ya una nueva piedra angular de la catedral que estamos construyendo en el mundo, hecha de personas que se mueven en el ámbito de la economía (pgs. 9-13; 16-18), unidas por una llamada a demostrar que en todas partes es posible una economía más humana.

Una economía de comunión que hace que se sientan felices y realizados también los empresarios que no pertenecen al movimiento inspirador (pag.8), así como las personas que en momentos muy duros de su vida han encontrado consuelo y alegría al compartir en su lugar de trabajo (pag.5) o personas que han dejado un recuerdo duradero por su forma de trabajar (pag.27). Una catedral cuyos cimientos teóricos son puestos por profesores y alumnos (pgs. 19-23) que estudian cómo y por qué aplicar, en los distintos aspectos de la economía, las intuiciones que se inspiran en el carisma de la unidad.

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