Las relaciones de la EdC

Relación es, sin lugar a dudas, una de las grandes palabras de la EdC, de su praxis y de su cultura. Bienes relacionales, reciprocidad, gratuidad, comunión... cada una de estas palabras expresa un modo de entender las relaciones humanas.

La EdC también puede verse como una cultura diferente de la relación.

Las relaciones de la EdC 1

por Luigino Bruni
de "Economía de Comunión - una nueva cultura" n.30 - diciembre 2009


Pero ¿dónde radica la peculiaridad del modo de relacionarse que se vive dentro de la EdC y de las relaciones económicas ordinarias?

N30_Luigino_Bruni_ridBien mirado, toda la vida económica es una red de relaciones, una red cada vez más estrecha, global y compleja. Hay operaciones, como tomarse un café en el bar debajo de casa, hacer una llamada telefónica, comprar un libro por internet o enviar una carta a un amigo, que pueden realizarse gracias a la cooperación de centenares, millares, decenas de millares y a veces millones de personas. La relación más típica de la economía, sobre todo de la economía de mercado, es la cooperativa. Pero podemos preguntarnos a qué tipo de cooperación y con ello a qué tipo de relación nos referimos.

Antes que nada, debemos recordar que el hombre moderno ha realizado la cooperación más grande y amplia de la historia del planeta desde la evolución del homo sapiens. Desde cierto punto de vista es innegable que la sociedad de mercado ha multiplicado exponencialmente las relaciones entre las personas, ensanchando y enriqueciendo las redes de cooperación.

Un hombre de la Edad Media que habitara en el campo, podría aspirar a cooperar en toda su vida con un número de personas que podemos calcular entre veinte y cien, difícilmente muchas mas o muchas menos. Si era siervo de la gleba o campesino, su cooperación se extendería a su familia (mujer e hijos), a sus patrones y a otros campesinos vecinos en algunos momentos especiales del año (matanza, cosecha, vendimia...).

Si disfrutaba de libertad de movimientos, iría de vez en cuando a alguna feria, para comprarle algunos muebles al carpintero o un par de zapatos para las grandes ocasiones al zapatero. Momentos importantes de cooperación serían las procesiones religiosas, las fiestas, las bodas, los funerales y, en cierto sentido, a veces también las guerras. Pero en aquel tiempo el número de “cooperadores” se situaría más o menos en el rango que he indicado.

Además la cooperación pre-moderna no solía ser una cooperación entre iguales. La estructura relacional básica era profundamente jerárquica y asimétrica. Si pensamos además en la experiencia de cooperación de las mujeres de la época, la asimetría en las relaciones aumenta radicalmente (menos cooperación voluntaria, menos libertad y más jerarquía).

El mercado moderno ciertamente ha hecho que se multipliquen las relaciones, los contactos humanos y la cooperación con respecto a la época pre-moderna. Pero también ha cambiado su naturaleza, convirtiéndose en un gran Mediador que inmuniza cada vez más las relaciones interpersonales y la vida en común. Se trata de un cambio cuyo juicio ético resulta complejo y ambivalente.

La ambivalencia es tal vez la dimensión más característica de las relaciones de mercado en la actualidad. ¿Por qué? Por una parte, podemos interpretar el mercado como un mecanismo social que, cuando funciona correctamente, remunera actividades humanas que, aunque escasas, son útiles para la colectividad. También podemos interpretar el mercado como un sistema que sirve para remunerar las actividades humanas socialmente virtuosas pero que se dan en pequeñas cantidades, a causa de las bajas o inexistentes motivaciones y recompensas intrínsecas que llevan asociadas.

En un mundo imaginario sin mercados, donde cada uno pudiera desarrollar las actividades que más le agraden o aquellas para las que se sienta llamado y que producen alegría intrínseca, tendríamos un exceso (en relación a la demanda social) de actividades intrínsecamente remunerativas (arte, literatura, juegos, oración, deporte...) y una oferta insuficiente de actividades de por sí poco remunerativas (barrenderos, porteros, mineros...).

Por ello el mercado remunera “extrínsecamente” (con dinero, por ejemplo) las actividades que no desarrollaríamos, al menos en cantidad considerada suficiente por la sociedad, si siguiéramos solamente la alegría inherente a la acción. A través de los mecanismos del precio, el mercado consigue que las actividades remuneradas no sean solo las que hacemos por gusto, sino las que los demás, aquellos con quienes interactuamos, consideran útiles (por eso nos pagan por realizarlas).

Por eso el mercado es también un mecanismo de señales,  que nos indican si las cosas que nos gustan les interesan también – y sobre todo – a alguien más. Esto nos permite entender el intercambio de mercado como una forma  de reciprocidad y de vínculo social. En resumen, el mercado permite que podamos realizar actividades útiles para el bien común libremente y con dignidad.

Pensemos, por ejemplo, en algunas sociedades antiguas (que siguen existiendo en algunas partes del mundo) en las que a las mujeres se les asignaban determinadas actividades de cuidado de otras personas, que debían realizar por “vocación”, para servir a otros (normalmente hombres), que pretendían satisfacer “gratuitamente” sus necesidades con la vocación ajena.

Pero también podemos recordar a muchos creadores que hoy se quejan de que sus obras (científicas o artísticas, por ejemplo) no son reconocidas y no tienen mercado. En algunos casos se trata de artistas incomprendidos o que viven en zonas donde el “mercado del arte” funciona de manera perversa; pero en muchas otras ocasiones sencillamente se trata de personas que no aceptan la idea de que no somos nosotros los jueces de la bondad o de la calidad de lo que creamos y producimos, sino los otros, los que deciden si compran o no nuestras obras.

No existe oposición necesaria entre mercado, virtud civil, libre cooperación humana y bien común, como bien sabía la tradición de la economía civil.

Pero el mercado es algo más. Para que la relación de mercado pudiera ser universal  y dejara de estar ligada a la pertenencia a una determinada comunidad, la lógica de mercado ha ido debilitando las relaciones humanas, quitándoles identidad, corporeidad y cualquier elemento que suene a auténtica diversidad.

En los mercados anónimos de hoy, no hace falta entrar en relación personal con nadie para poder realizar potencialmente intercambios con todos. La relación comunitaria, cara a cara, personal, siempre lleva consigo la posibilidad de la “herida” que nace de la diversidad humana. Cuando nos encontramos verdaderamente con el otro, nunca podemos separar del todo la mano que nos acaricia de la mano que nos golpea.

El mercado, por el contrario, es una gran promesa de relaciones nuevas sin herida, ya que, pagando un precio, podemos encontrarnos sin tener que sufrir. Si, por ejemplo, le pido a un amigo que se quede con mi hijo un fin de semana, entro con él en una relación de donación que me hace vulnerable. El amigo podría pedirme a cambio otro don y sobre todo podría un día echarme en cara aquel don. Si, por el contrario, recurro al mercado y pago a una cuidadora, con ese precio me siento liberado de toda forma de vulnerabilidad, de gratitud, de herida. Pero – y aquí radica el gran problema del mercado actual – al quitar el riesgo de la herida del otro, se pierde también su “bendición”2.

La relación de mercado hoy nos libera de la dependencia del otro. Nos libra de los otros en cuanto señores o jefes (y esto es bonito y humano), pero nos libra también de todo lo demás y así nos encontramos en un mundo que cada vez está más lleno de cosas y de mercancías, pero donde las relaciones de gratuidad y donación son cada vez más escasas.

Por eso, como recuerda Benedicto XVI en la encíclica Caritas in Veritate (cap. 3), las experiencias de la Economía de Comunión son muy significativas.

El tipo de relación que la EdC vive y difunde representa un gran desafío. Por una parte, la EdC se mueve dentro de las relaciones ordinarias de mercado, como una forma valiosa de reciprocidad y “asistencia mutua” en palabras de Antonio Genovesi. Pero por otra parte la EdC no se resigna, ni dentro ni fuera de las empresas, a la idea de que la relación entre las personas quede reducida a la mutua indiferencia por miedo a la herida que todo encuentro verdaderamente humano lleva consigo.

En este intento de seguir siendo economía (mercado) mientras vive la relación humana completa (comunión) es donde la EdC se juega la fidelidad a su vocación y a su misión en la sociedad de hoy.

1 Para ampliar este tema, me remito a mi libro “El ethos del mercado” (B.Mondadori, Milano)
2 Referencia bíblica a la “lucha de Jacob con el ángel” (Gen 32), cuando el Otro hiere y bendice a Jacob que, a partir de entonces, se convierte en Israel. Todo encuentro-lucha con el otro, si es auténtico, nos cambia profundamente.

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