La crisis de sentido de la economía

Hay dos tipos de crisis que pueden reconocerse en la historia de nuestras sociedades: una “dialéctica” y la otra “entrópica”.

La crisis de sentido de la economía

por  Stefano Zamagni
de "Economía de Comunión - una nueva cultura" n.30 - diciembre 2009

La crisis dialéctica es la que surge de un conflicto fundamental que toma cuerpo dentro de una sociedad determinada y que contiene dentro de sí el germen o la fuerza para su propia superación. Como ejemplos históricos famosos de crisis dialéctica podemos señalar la revolución americana, la revolución francesa y la revolución rusa de octubre de 1917.

Entrópica es, por el contrario, la crisis que tiende a provocar el colapso del sistema, haciéndolo implosionar sin modificarlo.Zamagni_rid Este tipo de crisis se produce cada vez que la sociedad pierde el sentido, – es decir literalmente la dirección – en su caminar.

¿Por qué es importante efectuar esta distinción? Porque las estrategias de salida de ambos tipos de crisis son distintas. De una crisis entrópica no es posible salir realizando ajustes técnicos o con medidas solamente legislativas o reglamentarias – que son necesarias –, sino que hay que abordar de frente, resolviéndola, la cuestión del sentido.

Para ello es indispensable que existan minorías proféticas capaces de señalar a la sociedad la nueva dirección hacia la que caminar, mediante un plus de pensamiento y sobre todo con el testimonio de las obras. Así ocurrió cuando Benito, al lanzar su célebre “ora et labora” inauguró la nueva era de las catedrales.

Pues bien, la gran crisis económico-financiera, en la que aún nos encontramos, es de tipo entrópico. Por ello no es correcto asimilar – salvo en aspectos meramente cuantitativos – esta crisis a la de 1929 que fue, más bien, de naturaleza dialéctica. Esta última se debió a errores humanos cometidos sobre todo por las autoridades de control de las transacciones económicas y financieras. En la crisis actual es cierto que se han cometido errores humanos pero estos han sido consecuencia no tanto de un déficit de conocimiento sino de la crisis de sentido que ha sacudido a la sociedad occidental tras la globalización.

La pregunta surge espontáneamente: ¿dónde y en qué podemos encontrar las principales manifestaciones de esta crisis de sentido? Mi respuesta es la siguiente: En una triple separación: separación entre las esferas económica y social; separación entre trabajo y creación de riqueza, y separación entre mercado y democracia. Trataré de aclararlo, aunque sea brevemente, comenzando por la primera.

Una de las cosas no positivas que la modernidad nos ha dejado en herencia es la convicción de que uno no puede ser verdadero empresario si no trata de perseguir exclusivamente la maximización del beneficio. En caso contrario, uno debe resignarse a formar parte del ámbito social, lugar donde operan las empresas sociales, las cooperativas sociales, las fundaciones de distintos tipos, etc.

Esta conceptualización absurda ha terminado por identificar la economía como el lugar donde se produce la riqueza y el ámbito social como el lugar donde se redistribuye, donde la solidaridad y/o la compasión (tanto pública como privada) son los cánones fundamentales. Ya hemos visto y seguimos viendo las consecuencias de semejante separación: en los últimos treinta años hemos asistido a un crecimiento escandaloso de las desigualdades sociales.

La reciente carta encíclica Caritas in Veritate del papa Benedicto XVI indica claramente que el camino de salida al problema que hemos señalado pasa por recomponer lo que se ha separado forzadamente. La encíclica sugiere que es posible vivir la socialidad humana dentro de una vida económica normal y no fuera de ella, como desearía el modelo dicotómico de orden social.

Paso al segundo caso de separación. Durante siglos la humanidad se ha atenido a la idea de que lo que está en el origen de la creación de riqueza es el trabajo humano. Tanto es así que Adam Smith abre su obra fundamental “La riqueza de las naciones (1776)” precisamente con esa consideración. ¿Cuál es la novedad que la “financiarización” de la economía, que comenzó hace 30 años, ha terminado por imponer? La idea de que son las finanzas especulativas las que crean riqueza, en mayor cantidad y con mayor rapidez que la actividad laboral. Las consecuencias de esta pseudo-revolución cultural están a la vista de todos.

La civilización occidental se sustenta sobre una idea fuerte, la idea de la “vida buena”, de la que se deriva el derecho–deber de cada uno a proyectar su vida en vistas de una felicidad civil. Pero ¿de dónde se puede partir para alcanzar ese objetivo si no es del trabajo entendido como lugar de una existencia buena?

El crecimiento humano – esto es, la eudaimonía en sentido Aristotélico – no hay que buscarlo después del trabajo, como ocurría antes, porque el ser humano encuentra su humanidad mientras trabaja. Está claro que acoger el paradigma eudaimónico implica que los fines de la empresa no coincidan simplemente con el máximo beneficio, aunque no lo excluya. Esto quiere decir que pueden nacer y desarrollarse empresas con vocación civil, capaces de superar su propia autoreferencialidad y de ensanchar el espacio de las posibilidades efectivas de elección de un trabajo por parte de las personas

Vamos con la última separación de la que quiero hablar. La teoría económica afirma desde siempre que uno de los méritos fundamentales del mercado es el de extender el conocimiento. A través del mecanismo de los precios, cada productor y cada consumidor contribuyen “involuntariamente” a una distribución óptima de los recursos.

Esta forma de ver las cosas, que es muy frecuente entre los economistas, descuida sin embargo un elemento de gran relevancia: tal mecanismo funciona solo si existe un idioma común, el “idioma del mercado”. Pero es un dato de hecho que en todas las sociedades coexisten múltiples idiomas distintos y el idioma del mercado es únicamente uno de ellos. De ahí se deriva la convicción tan extendida de que el mercado es una zona moralmente neutra que no necesita de ningún principio ético para funcionar eficazmente.

Pues bien, la crisis económica-financiera actual – una crisis de naturaleza entrópica y no dialéctica – es la mejor y más evidente falsificación empírica de tal proposición.

Me gustaría terminar con un pensamiento antiguo y a la vez actual de Blaise Pascal. El filósofo francés escribe que hay tres órdenes de cosas: el orden de los cuerpos, al que le corresponde el espíritu de geometría (l’esprit de geometrie); el orden de los corazones, al que le corresponde el espíritu de finura (l’esprit de finesse); y el orden de la caridad, al que le corresponde el espíritu de profecía. ¿Y si fuese cierto que la pobreza de voces proféticas – y por ello también de minorías proféticas – que vemos a nuestro alrededor depende del debilitamiento del orden de la caridad?

Siguenos en:

Memoria Edc 2017

Memoria Edc 2017

La economía del dar

La economía del dar

Chiara Lubich

«A diferencia de la economía consumista, que se basa en la cultura del tener, la economía de comunión es la economía del dar...

Humor con Formy

Humor con Formy

¿Conoces a Formy, la mascota de la EdC?

Saber más...

El dado de la empresa

El dado de la empresa

La nueva revolución para la pequeña empresa.
¡Costrúyelo! ¡Léelo! ¡Vívelo! ¡Compártelo! ¡Experiméntalo!

El dado de la empresa también en español Descarga la App para Android

¿Quién está conectado?

Hay 555 invitados y ningún miembro en línea

© 2008 - 2019 Economia di Comunione (EdC) - Movimento dei Focolari
creative commons Questo/a opera è pubblicato sotto una Licenza Creative Commons . Progetto grafico: Marco Riccardi - info@marcoriccardi.it

Please publish modules in offcanvas position.

Este sitio utiliza cookies técnicas, también de terceros, para permitir la exploración segura y eficiente de las páginas. Cerrando este banner, o continuando con la navegación, acepta nuestra modalidad para el uso de las cookies. En la página de la información extendida se encuentran especificadas las formas para negar la instalación de cualquier cookie.