Empresas sociales y EdC

En los últimos años el interés por las “empresas sociales” ha ido en aumento. Muhammad Yunus, premio Nobel de la paz en 2006,  es uno de sus líderes carismáticos (en su último libro Yunus sustituye el término “microcrédito” por el de “empresa social”).

Empresas sociales y EdC

por Luca Crivelli
de "Economía de Comunión - una nueva cultura" n.30 - diciembre 2009

crivelliAun siendo conscientes de las diferencias que existen entre la visión norteamericana y la europea (encarnada sobre todo por la red EMES) acerca de la “empresa social”, lo que está ocurriendo a ambos lados del Atlántico no puede dejar de sugerirnos algunas pistas de reflexión también a nosotros que, en distintos frentes, estamos comprometidos en realizar una economía de comunión (en este texto no se considera explícitamente la experiencia de América Latina no porque no sea significativa sino por el escaso conocimiento del autor sobre sus características).

El punto de partida es, en ambos casos, la escasez de recursos, que se puso de manifiesto sobre todo a partir de los años 80. En los Estados Unidos las donaciones filantrópicas dejaron de ser suficientes para garantizar el funcionamiento del sector no lucrativo y en Europa es la crisis del Estado del Bienestar la que hizo que se redujeran los fondos para atender los servicios sociales.

Como respuesta a la crisis, en ambos contextos se recurrió a la empresa, considerada como un sujeto capaz de generar, a través de una actividad productiva continuada y de la venta de bienes y servicios en el mercado, los recursos financieros necesarios para satisfacer algunas necesidades de la comunidad y en especial de sus miembros más frágiles.

Tanto en Estados Unidos como en Europa, la primera fase de estas empresas sociales estuvo fuertemente marcada por el imperativo de generar más recursos financieros. En América, las organizaciones sin ánimo de lucro han puesto en marcha verdaderas actividades comerciales (empresas), muchas de ellas sin más relación con la misión original que el hecho de producir beneficios que posteriormente irían destinados a los fines para los que nacieron las distintas organizaciones.

En Europa las empresas sociales, en la primera fase de su desarrollo, se han ocupado sobre todo de la integración de los trabajadores con dificultades y su impacto social se han medido de manera limitada, centrando la atención exclusivamente en su capacidad para autofinanciarse.

También la EdC, bueno es recordarlo, nació de una escasez de recursos. La comunión de bienes, que se vivía a nivel individual, ya no era suficiente para sacar de la indigencia a todas las personas que participaban de la vida de la comunidad del Focolar (algunas de las cuales vivían en las favelas de Sao Paulo). Chiara sugirió en mayo de 1991 la solución de constituir empresas que pusieran en comunión sus beneficios.

Todavía hoy, en el proyecto EdC, se sigue viviendo esta separación entre el mundo de las empresas (que se ocupan en particular de la producción de los beneficios que después aportan al proyecto) y el momento de la distribución de las ayudas, que se realiza gracias a la presencia capilar del movimiento por todo el mundo. Para gestionar los proyectos, desde hace algunos años, se utiliza la experiencia en materia de desarrollo de nuestra ong AMU (Acción por un Mundo Unido).

El dato importante es que, tanto en Europa como en Estados Unidos, la reflexión y la praxis relativas a la empresa social han avanzado. Sobre todo se reconoce que la separación inicial entre producción de beneficios y actividad social comporta dos desventajas: (1) no aprovecha plenamente la calidad de los empresarios, que llevan consigo un potencial de innovación social, o sea una capacidad especial de asumir riesgos y de desarrollar soluciones innovadoras para ayudar a los pobres a salir de las trampas de la pobreza; (2) no se puede salir de la pobreza sólo con donaciones; es necesaria la inserción laboral y social de las personas dentro de la comunidad.

Hoy las empresas sociales americanas tratan de poner en valor la creatividad de sus empresarios, sobre todo a la hora de resolver las cuestiones sociales, mientras que las empresas sociales europeas han evolucionado sobre todo desde el punto de vista de la gestión. Las más innovadoras favorecen la participación de los distintos portadores de interés (trabajadores, voluntarios, usuarios, comunidades locales) en el control y gobierno de las empresas y tratan de mejorar la forma de realizar la inclusión, con igual dignidad, de aquellos que son portadores de fragilidad.

Estas pistas no pueden dejar de estimular también nuestra reflexión sobre el futuro del proyecto. Quizá sea importante encontrar la manera de ocuparnos también de los pobres que habitan en nuestro territorio y entrar en contacto de alguna manera con las comunidades en las que se están desarrollando nuestros parques empresariales o en las que se encuentran nuestras empresas. Siguen vivas en nuestros corazones las primeras ideas que Chiara lanzó en Brasil al presentar lo que ella consideraba “una tercera vía para la economía”: la propiedad y la puesta en marcha de estas empresas es comunitaria (“somos pobres pero muchos”); la primera forma de ayuda consiste en dar trabajo a quien no lo tiene; nuestra mirada abraza la corona de espinas, por lo que el trabajo para la EdC no acabaría aun cuando no hubiera pobres en el movimiento, sino que es una obra abierta mientras quede un lugar en el mundo donde persistan las distintas formas de pobreza material, espiritual, de relaciones, de horizonte de sentido.

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