Dossier - Proceso a la economía

Vittorio Pelligra

Publicado en el Sole24ore el 02/11/2017

Cervello numeri Agf kAhE IlSole24Ore Web ridCuando me estaba doctorando, hace unos quince años, discutí algunas partes de mi investigación con un economista famoso, cuyas posiciones abordaba de forma crítica en mi trabajo. Él me hizo algunas críticas afables y también algunas sugerencias. Una de ellas fue que cambiara lo antes posible de campo de estudio, ya que la economía comportamental, objeto de mi investigación, era, según él, un camino sin salida y sin futuro.

En los pocos años que han transcurrido desde aquel coloquio, varias veces se ha otorgado el premio Nobel de economía a investigadores procedentes de ese ámbito: Kanheman, Shiller y este año Thaler, sin contar a Ostrom y Akerlof, que podrían fácilmente ser considerados dentro del seno de los behavioral economists.

Sabemos bien que la concesión del premio Nobel tiene un fuerte efecto de “recomendación” para la profesión económica. Estos datos indican que el enfoque comportamental ya no puede ser considerado herético ni contrapuesto al pensamiento único tradicional, sino más bien uno de los enfoques posibles dentro de una disciplina que se aleja cada vez más del ideal dieciochesco de la mecánica racional, para hacerse, al menos desde el punto de vista  metodológico, más pluralista y ecuménica.

El contraste entre diferentes enfoques, que existe, no depende tanto del aspecto metodológico como de su capacidad para explicar el mundo. En este sentido, es comprensible que desde siempre el aliado más valioso del enfoque comportamental haya sido la economía experimental, junto con la psicología, la antropología y las neurociencias.

Las virtudes y las limitaciones de los distintos enfoques deberían valorarse en función de los hechos. En este sentido, a la economía comportamental, con sus limitaciones, hay que reconocerle el gran mérito de haber abierto el camino a la construcción de un modelo de agente mucho más complejo y realista que el tradicional. El cuadro se ha enriquecido, por ejemplo, con lo que se conoce como “preferencias sociales”, reciprocidad, confianza, gratuidad, equidad…, que son motivaciones de las acciones económicas difícilmente reconducibles a la categoría del auto-interés, habitualmente usada en el modelo neoclásico. Por otra parte, han entrado en juego todas las limitaciones y distorsiones cognitivas, los problemas con valoraciones probabilísticas, con la representación de la información, así como los problemas con el tiempo, la procrastinación y las incoherencias temporales. El arrepentimiento, el sentido de culpa, la vergüenza, el orgullo y otras emociones sociales parecidas han salido de los estudios de los psicoanalistas para incorporarse a los más sofisticados modelos de teoría de juegos.

Es correcto seguir enseñando los viejos modelos, pero habría que presentarlos como casos-límite para, acto seguido, complicar el cuadro añadiendo profundidad y realismo. No faltan críticas recientes que consideran esta posición como una inútil persecución de la realidad, tal y como hacían los astrónomos tolemaicos que, para explicar observaciones cada vez más precisas del movimiento de los cuerpos celestes, añadían epiciclo tras epiciclo y así construían teorías torpes e inútilmente complicadas. Pero esta crítica no da en la diana, ya sea porque la economía no es comparable a la física, ya sea porque lo que está en juego es muy diferente. Si en física se usa un modelo equivocado para describir parte de la realidad, el mundo seguirá funcionando como siempre, burlando el modelo equivocado. En cambio, si en economía usamos un modelo equivocado, sí que tendrá repercusiones sobre la realidad misma que intenta describir. Como sostiene Robert Gibbons, en el caso concreto de los modelos de dirección: «una de las posibilidades es que los modelos económicos que ignoran los aspectos psicológicos y sociales puedan ser descripciones incompletas del funcionamiento de los incentivos en las organizaciones. Una segunda posibilidad, más alarmante, es que las prácticas de dirección basadas en estos modelos puedan dañar e incluso destruir realidades no económicas importantes tales como las motivaciones intrínsecas y las relaciones sociales».

Una visión económica incapaz de reconocer los rasgos fundamentales de la naturaleza humana terminará erosionándolos. Una última nota importante, que equilibra la gran dependencia intelectual de los economistas italianos del enfoque, los temas y las modas norteamericanas, hace referencia al hecho de que muchas de las cuestiones que los premios Nobel comportamentales han llevado al centro del debate ya aparecían, naturalmente de forma diferente, en el debate económico italiano de finales del siglo XVIII. Genovesi, Filangeri, Dragonetti y otros exponentes de la escuela de la economía civil italiana no poseían los instrumentos formales actuales – tampoco Smith y Ricardo – pero ciertamente tenían una idea del mercado y del agente económico mucho más cercana a la de la economía comportamental que a la neoclásica. Es hora de recuperar el valor de esta tradición, como intentan hacer hoy muchos estudiosos reunidos en torno a la Escuela de Economía Civil, con humildad, conciencia y una cierta amplitud de miras.

 

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