Más grandes que la culpa/26 - La Biblia es un ejercicio moral para hacernos más humanos

Luigino Bruni

Publicado en  pdf Avvenire el 15/07/2018

Piu grandi della colpa 26 rid«Será Platón quien abolirá las lamentaciones de los hombres célebres y hará de ellas materia de mujeres y hombres viles, con el fin de que aquellos a quienes decimos que educamos para defender el país desprecien comportarse de modo semejante»

Matteo Nucci, Le lacrime degli eroi

Nosotros, hombres y mujeres, amamos muchas cosas, pero sobre todo amamos a nuestros hijos. Por eso, una de las alegrías más sublimes de la tierra, si no la más grande, es la reconciliación verdadera entre un padre y un hijo. La parábola del “hijo pródigo” es una de las más bellas y famosas de los Evangelios porque, entre otras cosas, nos habla de un hijo que vuelve a casa y de una reconciliación. Pero cuando dejamos la parábola de Lucas y escribimos las parábolas de carne de nuestra vida, nos damos cuenta de que los hijos que regresan casi siempre se vuelven a marchar. Vuelven a las pocilgas y a dilapidar de nuevo su parte de la herencia. A veces incluso regresan para hacerse con el resto de la herencia que no les “corresponde”. A menudo la alegría de las familias y de las comunidades solo se encuentra y se gusta en el lapso de tiempo que transcurre entre el “beso del padre” y el “beso de Judas”.

Absalón vuelve a Jerusalén pero David, su padre, no quiere verlo: «Que se vaya a su casa, porque no quiero recibirlo» (2 Samuel 14,24). Dos años después, gracias a la mediación de Joab, finalmente logra reunirse con su padre: «El rey llamó a Absalón… y el rey abrazó a Absalón» (14,33). Ese abrazo implica su plena rehabilitación. Pero en cuanto es rehabilitado, Absalón comienza a preparar un plan para suplantar a su padre (15,1). Hasta ahora, el aspecto con que se nos había presentado a Absalón era el del típico héroe guerrero: «No había en todo Israel hombre más guapo ni tan admirado como Absalón. Cuando se cortaba el pelo – acostumbraba hacerlo de año en año, porque le pesaba mucho –, el pelo cortado pesaba más de dos kilos en la balanza del rey» (14,25-26). Era incluso nieto de un rey (3,3). Su retrato recuerda mucho al de Saúl. Una sombra real continúa siguiendo y persiguiendo el desarrollo de la vida de David. Con la excusa de cumplir un voto que había hecho a YHWH durante su exilio – el vicio de envolver las motivaciones políticas y las conspiraciones en un envoltorio religioso es muy antiguo –, Absalón obtiene permiso de su padre para ir a Hebrón. Allí se autoproclama rey. El consenso popular en torno al pretendiente comienza a crecer. La conjura va «tomando fuerza» (15,12), hasta que un día un mensajero anuncia a David: «Los israelitas se han puesto de parte de Absalón» (15,13). Entonces David dice a todos sus hombres: «¡Ea, huyamos! Que si se presenta Absalón, no nos dejará escapar» (15,14).

Mientras David se apresta a escapar, se produce un diálogo muy bonito entre él y un filisteo llamado Itay, extranjero, jefe de un pueblo derrotado, que ha venido con seiscientos hombres para ponerse del lado del rey. David le invita, lealmente, a quedarse en la ciudad con Absalón (15,19). Itay no acepta, se queda al lado del rey y le dice unas palabras que recuerdan, casi a la letra, el diálogo entre Rut y su suegra Noemí, uno de los más bellos de toda la Biblia: «¡Vive Dios, y vive el rey, mi Señor! Donde esté el rey, mi señor, allí estaré yo, en vida y en muerte» (15,21). En este momento, David no tiene palabra alguna de agradecimiento para Itay. Pero más tarde, al comenzar la guerra, lo nombrará capitán de un tercio de su ejército (18,2). En las reciprocidades decisivas de la vida, las palabras, antes grandísimas, se vuelven pequeñas y se quedan estranguladas en la garganta. En estos encuentros hermosos y tremendos, se habla sin palabras.

David deja la ciudad con su gente y su familia: «Toda la gente lloraba y gritaba. El rey estaba junto al torrente Cedrón, mientras todos iban pasando ante él por el camino del páramo» (15,23). Toda la gente lloraba. Es un éxodo a la inversa, un nuevo río que hay que vadear para un nuevo combate, otro cáliz que hay que beber sin desearlo, otro llanto por Jerusalén y por sus hijos: «David subió la cuesta del Monte de los Olivos; la subía llorando, la cabeza cubierta y los pies descalzos» (15,30). David vive la huida como la peregrinación de un penitente, como un luto, como una expiación por las culpas cometidas, que YHWH y él bien conocen. Y llora. El rey también llora, y la Biblia no tiene reparos en decírnoslo.

En el camino se encuentra con un amigo llamado Jusay. David le pide que se quede en la ciudad y se gane la confianza de Absalón como consejero militar. Jusay tiene éxito en su arriesgada y difícil tarea de agente secreto en el campo enemigo (17,14), ya que Absalón prefiere el consejo de Jusay al más autorizado de Ajitófel, abuelo de Betsabé, quien se ahorca tras la desaprobación de su plan (17,23).

Durante su fuga hacia el Jordán, David tiene otro encuentro significativo con un benjaminita, descendiente de la casa de Saúl, llamado Semeí. El hombre «le insultaba según venía. Y empezó a tirar piedras a David… Y le maldecía: ¡Vete, vete, asesino, canalla! El Señor te paga la matanza de la familia de Saúl, cuyo trono has usurpado. El Señor ha entregado el reino a tu hijo Absalón, mientras tú has caído en desgracia, porque eres un asesino» (16,5-8). El fantasma de Saúl toma la palabra y actúa, para decirnos que el partido derrotado de Saúl durante la primera guerra civil ganada por David sigue vivo. Eliminar a los enemigos no basta para borrar todas sus palabras. Eso sería demasiado fácil e injusto. Semeí interpreta la rebelión de Absalón según el registro de la teología retributiva: David está sufriendo a manos de su hijo las mismas penas que le causó a su “padre” Saúl. David hace la misma lectura que él y por eso no rechaza la maldición. Deja que Semeí le arroje sus piedras y sus palabras, más duras que las piedras, y vive este encuentro como expiación y como reparación. Nunca entenderemos el capitalismo si olvidamos esta lectura económica de la fe que atraviesa toda la Biblia. David no se declara inocente (Semeí no era el único que lo consideraba un usurpador) y vive la maldición como un precio que tiene que pagar para esperar una nueva bendición: «¡Y os extraña ese bejaminita! Dejadlo que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor» (16,11).

Es hermosa la mansedumbre de David que, dócilmente, agacha la cabeza ante las pedradas de Semeí. Incluso las atribuye a un posible “mandato” de YHWH”. Por consiguiente, deja que el saulita le golpee y le hiera: «Semeí iba en dirección paralela por la loma del monte, echando maldiciones según caminaba, tirando piedras y levantando polvo» (16,13).

Con las maldiciones, que no faltan en los caminos y en los desiertos, podemos hacer dos cosas. Podemos rechazarlas e intentar eliminarlas (como querían hacer los militares de David: 16,11), tapándonos las orejas y el corazón para no oírlas. O podemos acogerlas con mansedumbre, dejando que nos golpeen en la carne y nos en-señen el oficio de vivir, para aprender la humildad-humilitas del humus que nos arrojan: «El rey y sus acompañantes llegaron rendidos al Jordán y allí descansaron» (16,14).

Absalón prepara la guerra y sigue el consejo del astuto Jusay, que manda mensajeros a David para informarle de la estrategia que seguirá Absalón, de modo que pueda actuar en consecuencia (17,16). La batalla tiene lugar en el bosque de Efraín. El ejército de Absalón es derrotado: «Fue gran derrota la de aquel día: veinte mil bajas… La espesura devoró aquel día más gente que la espada» (18,7-8). La espesura se traga también al hijo del rey: «Absalón iba montado en un mulo, y al meterse el mulo bajo el ramaje de una encina copuda, se le enganchó a Absalón la cabeza en la encina y quedó colgando entre el cielo y la tierra, mientras el mulo que cabalgaba se le escapó» (18,9).

Otro hijo colgado entre el cielo y la tierra, traicionado por su maravillosa cabellera, que a tantos había fascinado y seducido. No es raro que sea nuestro talento el que nos frene en las batallas decisivas. Es muy trágica la imagen de Absalón colgado de la encina, infinitamente vulnerable, inerme y derrotado. El autor bíblico nos dice de parte de quién está en esta batalla. Está de parte de David, porque es ahí donde sitúa el corazón de YHWH. Absalón es un rebelde, que quiere hacer descarrilar la historia de la salvación. De este modo, ex-post, nos narra, con insuficiente pietas, el triste final de este hijo colgado: «Joab agarró tres venablos y se los clavó en el corazón a Absalón, todavía vivo en el ramaje de la encina» (18,14). Otro hijo, elevado de la tierra, con el costado atravesado. David, sin embargo, había dicho a Joab y a sus generales: «¡Cuidadme al muchacho, a Absalón!» (18,5). Pero Joab no “cuida” del joven y del mismo modo que ejecutó la orden de David de matar a Urías el hitita por mano de los amonitas (cap. 11), mata ahora con sus propias manos a este hijo. El oficio de las armas no conoce el “cuidado” de los jóvenes.

Pero nosotros no estamos obligados a permanecer en el campo del vencedor. Podemos y debemos decidir si seguimos la lectura del capítulo “pasando de largo” y dejando a ese joven colgado de la encina, o si nos ponemos a buscar la mula que “se ha escapado” para cargar en ella el cuerpo herido de Absalón y llevarlo hasta la primera posada. Cuando nos topamos con un crucificado, no podemos hacer que resucite, pero sí podemos decidir quedarnos bajo su cruz.

Después de “el que cuelga del madero”, ya no somos inocentes si “pasamos de largo” cuando vemos un hijo colgado entre el cielo y la tierra, con el costado atravesado, sin preguntarnos si es culpable o inocente. Toda la Biblia es parábola, toda ella es un ejercicio moral que se nos propone para hacernos más humanos. Si, cuando leemos, no nos detenemos delante de este hijo colgado para quien el padre ha pedido en vano cuidados, mañana tampoco nos detendremos delante de los colgados entre el cielo y la tierra que pueblan nuestros caminos, nuestros mares, nuestros bosques, y a los que el Padre nos sigue pidiendo en vano que cuidemos. Si no intentamos realizar este ejercicio doloroso y difícil, la Biblia no será más que un texto para el culto sagrado; pero entonces se marchitará. Por el contrario, si aprendemos a detenernos y a hacernos cargo de las víctimas que encontramos en el ejercicio de la lectura, entonces podemos esperar no transformarnos, poco a poco y sin darnos cuenta, en otro Joab, que encuentra nuevas y buenas razones políticas para ensartar con tres lanzas a otro hijo colgado.

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