Entre el manto y el corazón

El exilio y la promesa/3 – El deber de anunciar la dura prueba y de sembrar el futuro

Luigino Bruni

Publicado en pdf Avvenire (285 KB) el 25/11/2018

Ezechiele 03 rid«Lo más paradójico es que lo sagrado se manifiesta, y al hacerlo se limita y deja de ser absoluto. Este es el gran misterio, el mysterium tremendum: el hecho de que lo sagrado acepta limitarse»

Mircea Eliade, Mitos, sueños y misterios

Somos buscadores incansables de consuelo. Tenemos una necesidad tal de consuelo que casi siempre terminamos intercambiándolo por alguna ilusión. La profecía es una gran generadora de verdadero consuelo, pero como no ofrece descuentos ni rebajas, nosotros preferimos ponernos en la fila de los grandes almacenes, donde abundan las ilusiones baratas. El consuelo no ilusorio de los profetas convive con una exigencia absoluta de verdad; solo llega dentro de esa verdad ofrecida a su precio-valor completo.

«Hijo del hombre, agarra una tablilla de adobe, póntela delante y graba en ella una ciudad, ponle cerco, construye torres de asalto contra ella, y haz un terraplén contra ella; pon tropas contra ella y emplaza arietes a su alrededor» (Ezequiel 4,1-2). Tras las primeras visiones, Ezequiel recibe el mandato de realizar una especie de maqueta que representa el asedio a una ciudad. Una vez terminada la obra, ante la mirada sorprendida de sus conciudadanos, no dice «esta es Babilonia», como probablemente sus compañeros de exilio esperaban, sino «esta es Jerusalén» (5,5). La ciudad santa es la que está a punto de sufrir el asedio de los babilonios. Ningún consuelo se ofrece a quienes, siguiendo los oráculos de los falsos profetas, quieren creer que la ciudad de David es inexpugnable por estar protegida por su Dios distinto.

El primer gesto profético público de Ezequiel es una señal. Su primer mensaje es un símbolo. Para generar su primera profecía compone una escultura, usando por tanto las manos, el cuerpo, la tierra y los distintos materiales que tiene a su disposición. Con esto nos enseña, entre otras cosas, algo acerca del nexo profundo que existe entre arte y profecía. Todo artista comparte algunas características de la profecía y viceversa. Los profetas y los artistas con capaces de plasmar gestos, sonidos y palabras, porque ellos mismos han sido previamente plasmados y siguen siendo plasmados cada día. Son vocación, lenguaje no verbal, manos y materia, dialogando con un daimon. Hablan con todo el cuerpo. Para conocer algunas notas de la profecía en un tiempo como el nuestro, pobre de verdaderos profetas, podemos fijarnos en los artistas.

El “trabajo” de profeta se aprende realizándolo, como todos los trabajos. Cuando Ezequiel recibe su vocación profética, lleva ya años en Babilonia, en un pueblo con una religión compleja y rica, con clases sacerdotales y prácticas y ritos codificados. Está inmerso en una cultura que ha producido muchas formas de adivinación y de magia, que hace un amplio uso de símbolos en sus ritos, y tiene videntes no demasiado fáciles de distinguir de los profetas de Israel. Ezequiel conoce bien los cultos de este pueblo y de los demás pueblos vecinos. No hay que excluir que al comienzo de su actividad profética sufriera la influencia de este universo sagrado. En el gesto plástico de Ezequiel podemos entrever trazas de una práctica común en muchas culturas arcaicas, que aparece también en algunas tradiciones bíblicas (Números 21,8; 2Re 13,29-31). Es la llamada técnica homeopática (es decir "lo semejante se cura con lo semejante"): un conjunto de acciones y liturgias imitativas, encaminadas a operar a distancia, mediante representaciones simbólicas de la persona o de la realidad que se quiere modificar. Ejemplos famosos de estas prácticas son: ensartar una estatuilla con alfileres para causar muerte o dolor a una persona distante, derramar ritualmente agua en la tierra para invocar la lluvia, o representar en una cueva escenas de animales capturados para que la caza sea propicia. La creencia consiste en que lo semejante (en pequeño) actúa sobre lo semejante (grande), y de ese modo se puede producir un efecto simplemente representándolo e imitándolo.

Los profetas no son ángeles. Son hombres y mujeres que viven dentro del espíritu de su tiempo. La profecía bíblica nace de tradiciones más antiguas. Parte de ahí, pero llega mucho más lejos, innovando radicalmente esa tradición. Este mestizaje no es un hándicap del profetismo de Israel, sino un elemento que aumenta su belleza y valor, porque expresa la naturaleza histórica de la Biblia y de su revelación. Al mismo tiempo, los gestos proféticos presentan también algunas grandes novedades. En primer lugar, no son las palabras ni los actos de Ezequiel, sino el comportamiento obstinadamente infiel del pueblo el que crea el asedio y la posterior destrucción de Jerusalén: «Se rebeló contra mis leyes y mandatos, pecando más que otros pueblos, más que los países vecinos» (5,6). El profeta, con sus símbolos, ayuda a tomar conciencia del nexo causal entre las acciones del pueblo y sus consecuencias.

Pero la innovación fundamental está en el papel que desempeña la persona del profeta en los gestos que realiza. Ezequiel anuncia dolores y desventuras para los demás después de haberlos experimentado y sentido en su cuerpo: «Acuéstate del lado izquierdo, y te echaré encima la culpa de la casa de Israel, los días que estés así acostado … trescientos noventa días. Cumplidos estos, te acostarás del lado derecho y cargarás con la culpa de la casa de Judá cuarenta días» (4,4-6). Encarna los años del exilio asirio de Israel y después los del exilio babilonio de Judá, permaneciendo quieto, como paralizado, sobre el costado, como un faquir o un yogui. Es él la estatuilla acribillada en carne viva para que YHWH pueda lanzar un mensaje a su pueblo. A diferencia del chamán o el vidente, el profeta no es solo un mediador, sino que es el mensaje mismo hecho carne. Ezequiel se aplica a sí mismo la lógica homeopática: sufre en pequeño (días) la misma suerte que el pueblo sufre en grande (años): «Yo te señalo en días los años de su culpa (trescientos noventa días) para que cargues con la culpa de la casa de Israel» (4,5). El primer símbolo es él mismo, porque “lanza conjuntamente” (συν-βάλλειν) y reúne el cielo y la tierra.

En El Conde de Montecristo, Giovanni Bertuccio, después de haber salvado a un recién nacido de la muerte, lo lleva en secreto a un hospicio. Corta en dos la faja que lo envuelve y se queda con una parte, para poder reconocerlo un día, encajando los dos trozos desgarrados. El profeta es, al mismo tiempo, la parte que se queda en la cuna y la que se lleva lejos. Está de parte de Dios y de parte del pueblo. Habla del cielo a la tierra y de la tierra al cielo. Es a la vez nostalgia de Dios y nostalgia del retorno del hombre. Es un corte indigente de la parte que falta, que es esencial.

El símbolo alcanza su tercer movimiento: «Recoge trigo y cebada, alubias y lentejas, mijo y escanda: échalo todo en una vasija y con ello hazte de comer. Eso comerás trescientos noventa días, todos los días que estés echado de lado … Beberás el agua medida: la sexta parte de un hin [un litro], a una hora fija la beberás … Comerás una hogaza de cebada, que cocerás delante de ellos sobre excremento humano» (4,9-12). El mensaje es claro: «El Señor me dijo: - Los israelitas comerán un pan impuro en las naciones por donde los disperse» (4,13). Durante el asedio (y el exilio), escasean la comida y el agua, hay que racionarlas, y las normas del culto de pureza no se pueden respetar. El sacerdote Ezequiel invoca el tema de la pureza, y YHWH le permite que sustituya los excrementos humanos por excrementos animales (5,15), lo que reduce la impureza, pero no la elimina. En los asedios y en los exilios, muchas cosas se reducen y se pierden. También la religión se purifica debido la imposibilidad de respetar las normas que separan lo puro de lo impuro. Los asedios y los exilios sirven también para liberarnos de los aspectos rituales de las religiones, para transformar la pureza de culto en pureza de corazón, para recuperar la fe en medio de la muerte de las prácticas religiosas. Nos quitan el templo y los sacrificios para darnos lugares abiertos y amplios, como el cielo, donde adorar a Dios «en espíritu y en verdad».

El mensaje recurre a un cuarto y último lenguaje: «Hijo del hombre, agarra una cuchilla afilada, agarra una navaja barbera y pásatela por la cabeza y la barba. Después agarra una balanza y haz porciones. Un tercio lo quemarás en la lumbre en medio de la ciudad, cuando termine el asedio, un tercio lo cortarás con la espada en torno a la ciudad, un tercio le esparcirás al viento mientras yo desenvaino la espada tras ellos» (5,1-2). Ezequiel debe rasurarse la cabeza y la cara, dos actos que para la cultura bíblica implican vergüenza y auto-mortificación. Una vez más, su cuerpo es “sacramento” de la palabra que anuncia. También en este caso se revela el mensaje: «Un tercio de los tuyos morirá de peste y el hambre los consumirá dentro de ti, un tercio caerá a espada alrededor de ti y un tercio lo esparciré a todos los vientos» (5,12).

Pero una parte de los cabellos de la cabeza y de la barba se salvará: «Recogerás unos cuantos pelos y los meterás en el dobladillo del manto» (5,3). También para Ezequiel, un resto del pueblo se salvará, guardado en el dobladillo del manto del profeta, cosido a su ropa. La profecía es también, quizá en primer lugar, el lugar donde encuentra refugio un resto durante las grandes crisis, los asedios y los exilios.

Los profetas son aquellos que, por honestidad con la voz, nos anuncian el final y la devastación, pero mientras nos lo anuncian sufren con nosotros y antes que nosotros, y después crean un pequeño espacio donde recoger un resto y sembrar el futuro.

Cuando la vida nos asedia y nos exilia, muchas cosas sagradas y profanas son arrasadas, aniquiladas por la furia de los acontecimientos. Mucho se pierde y muere, pero un resto de nuestra alma puede salvarse si logra encontrar y reconocer un profeta verdadero, y si a continuación se deja coser al dobladillo de su manto. Estos profetas de los exilios muchas veces están paralizados, atados, mudos. Dicen palabras duras que no entendemos, pero también dicen que algo de nuestra historia se puede salvar, que un pequeño resto vivo se salvará, escondido entre el manto y el corazón.

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