Las arenas movedizas de las ilusiones

El alba de la medianoche/23 – Aceptar la verdad es reconciliarse, no resignarse

Luigino Bruni

Publicado en  pdf Avvenire (38 KB) el 24/09/2017

170917 Geremia 23 1 ridCasandra: «¿He errado el tiro o doy en la diana como un buen arquero? ¿Soy acaso una falsa profetisa charlatana que llama a la puerta? Testifica a mi favor y jura que conozco los crímenes antiguos de esta casa (...) De nuevo el terrible esfuerzo de vaticinar la verdad me agita y me turba con sus siniestros preludios»

Esquilo, Agamenón

Cuando hemos cultivado una gran ilusión en nuestra vida, siempre resulta complicado y extremadamente doloroso gestionar la desilusión. Cuando, además, hemos vivido ese tiempo de ilusión de buena fe y durante muchos años y vislumbramos el día de la posible desilusión, casi siempre preferimos quedarnos en la ilusión. Llamar a la ilusión por su verdadero nombre implica tener que pronunciar palabras que duelen demasiado si se dicen hasta el fondo: fracaso, (auto)engaño, inmadurez, manipulación. Sin embargo, deberíamos entender que la ilusión solo puede florecer bien en la desilusión, y vivirla como un bendito paso necesario para dar buenos frutos, antes de concluir en la verdad nuestro viaje bajo el sol.

El resultado de la lucha entre la ilusión y la desilusión – una auténtica agonía, sobre todo para las personas buenas y honradas – depende mucho de qué personas estén a nuestro lado en el campo de batalla. Si tenemos como compañeros a uno o varios falsos profetas, permaneceremos aprisionados en la ilusión y seguiremos negando la realidad, aunque sea obvia y evidente para todos. Porque los falsos profetas son maestros a la hora de presentar los hechos contrarios a su ideología como la última prueba que hay que superar para estar finalmente preparados para encontrar la verdadera salvación. En cambio, si en la lucha tenemos a nuestro lado a un verdadero profeta, la edad de la ilusión puede al fin terminar y el dolor malo y opresor puede transformarse en el padecimiento bueno de la liberación. Frente a la caída, total y definitiva, de aquello que durante mucho tiempo nos pareció la vida más hermosa y verdadera en la tierra y en el cielo, la única salvación posible pasa por acoger dócilmente la desilusión. Hay que invitarla a cenar, poner los manteles y los cubiertos más bonitos, y descorchar el mejor vino de la bodega. Y después hacer fiesta juntos, invitando a los pocos amigos de verdad y a los poquísimos profetas. Sin esta cena de reconciliación no podremos descubrir, un día, que esa vida era verdaderamente hermosa, tal vez mucho más hermosa que como la habíamos imaginado.

«Intentó Jeremías salir de Jerusalén hacia el territorio de Benjamín, para repartirse una herencia con los suyos. Al llegar a la puerta de Benjamín estaba allí el capitán de la guardia, Yirayas, hijo de Selamías, hijo de Ananías, quien detuvo al profeta Jeremías, diciendo: “¿Así que te pasas a los caldeos?”. Respondío Jeremías: “Mentira. No me paso a los caldeos”. Pero Yirayas no le creyó, sino que lo detuvo y lo llevó a los dignatarios. Los dignatarios se irritaron contra Jeremías, lo hicieron azotar y lo encarcelaron en casa de Jonatán (…) Así entró Jeremías en el calabozo del sótano, y allí pasó mucho tiempo» (Jeremías 37, 11-16). Llegamos al último bloque de la historia de Jeremías contada por Baruc. A este bloque se le conoce como el ciclo del “martirio de Jeremías”. Es su calvario, su pasión. Hay muchas, importantes y potentes analogías con los relatos de la pasión de otros hombres justos. Los golpes, los interrogatorios, los nocturnos diálogos secretos, el calabozo y el lodo. Es posible conocer los evangelios y la vida, pasión y muerte de Jesucristo sin haber leído nunca la Biblia, ni a los profetas, ni a Job ni a Jeremías. Muchos lo han hecho y lo siguen haciendo. Pero si leemos los evangelios junto a toda la “Ley y los profetas”, es posible que aprendamos a conocer otro cristianismo, que empecemos otra vida espiritual y, tal vez, encontremos otro Cristo.

En un momento de relajación del asedio de los babilonios, ocupados en el frente egipcio (37,11), Jeremías, que aún goza de libertad de movimientos (37,4), sale de la ciudad posiblemente para comprar el terreno de Anatot del que nos habla el grandioso episodio del capítulo 32. Es detenido, acusado de colaboracionismo con el enemigo y arrojado a un calabozo. Como José, otro justo, el primer profeta de la historia de la salvación, que también es acusado por sus hermanos debido a sus palabras distintas, a sus sueños proféticos, verdaderos e incómodos, él también es salvado y librado de la muerte en el calabozo: «El rey Sedecías lo hizo traer y le preguntó en secreto en su palacio: “¿Tienes algún oráculo del Señor?” Respondió Jeremías: “Sí. Serás entregado en manos del rey de Babilonia”» (37,17).

La fidelidad de Jeremías a la palabra resulta extraordinaria e impresionante. Muchas veces hemos sido testigos de ella, pero cada vez nos vuelve a sorprender y nos quita el aliento. El rey manda llamar al profeta a la cárcel, buscando otras palabras distintas, pensando tal vez que el cambio de contexto geopolítico y el regreso del imperio egipcio darían como resultado otra profecía y otra salida distinta. Pero con Jeremías este tipo de juegos no funciona, ni siquiera en medio de la desesperación general. Y desde el fondo de su calabozo, anciano y extenuado, vuelve a decirle al rey las mismas palabras de siempre: la única salvación es la rendición, los caldeos volverán y ocuparán Jerusalén y el templo. No hay más.

Este nuevo episodio también habla alto y claro, y nos dice muchas cosas. Una de ellas es la ambivalencia radical de este rey (y del poder en general) que, por una parte, parece dar crédito a Jeremías pues le pide un nuevo oráculo, pero, por la otra, le gustaría sugerirle las palabras que debería decir, que son ciertamente distintas a las que Jeremías siempre ha dicho. El rey busca consuelos, Jeremías obedece a la verdad. Sedecías se comporta como quien, antes de tomar una decisión decisiva, siente la necesidad de que un “profeta” le aconseje y consuele, pero carece de la fuerza moral necesaria para acudir a un profeta honrado y verdadero que podría darle un consejo incómodo. Por eso busca, a veces inconscientemente, un padre espiritual o un spiritual coach manipulable que le aconseje la decisión que él ya ha tomado en su corazón. Son discernimientos mentirosos, sin amor a la verdad, engaños típicos cultivados desde siempre por los falsos profetas. En efecto, Jeremías añade: «¿Dónde están vuestros profetas que os profetizaban: “No vendrá contra vosotros el rey de Babilonia ni invadirá el territorio?”» (37,18). Es como si dijera: si quieres mentiras consolatorias, dirígete a los profetas de tu corte, a los aduladores que siempre te han dicho lo que querías oír, y te han llevado al abismo. Jeremías, sin embargo, resiste hasta el final, no se hace siervo del poder ni de sus ficciones.

Jeremías es grande por muchos motivos, pero esta fidelidad sin condiciones a la palabra y a su propia dignidad le hace inmenso. Ante la derrota ya inminente del rey y del pueblo, podría haber cedido a la pietas humana y haber dicho una palabra de consuelo, como quien se encuentra a la cabecera de un amigo que está llegando al final y le dice con amor: “Ya verás cómo te recuperas”. Nosotros lo hacemos, Jeremías no. Y con ello nos repite el valor absoluto de la verdad de la palabra, en todas las circunstancias, incluso en las más dramáticas, incluso cuando a alguien le parece que la verdad entra en conflicto con las exigencias de la caridad. Jeremías nos dice que mejor modo para traicionar la caridad es renunciar a servir a la verdad de la palabra. Los profetas dejan los descuentos, las rebajas y las amnistías para nuestros comercios de ayer y de hoy.

El diálogo secreto entre el profeta y el rey continúa: «Añadió Jeremías al rey Sedecías: “¿Qué delito he cometido contra ti o tus ministros o contra este pueblo para que me encierren en la cárcel?  Pues ahora escúchame, majestad. Acoge mi súplica, no me conduzcas a casa de Jonatán, el escribano, no sea que muera allí". Entonces el rey Sedecías ordenó que custodiasen a Jeremías en el patio de la guardia y que le diesen una hogaza de pan al día – de la Calle de los Panaderos – mientras hubiese pan en la ciudad» (37,18-20).

En este diálogo, las palabras de Jeremías no van precedidas de “Así dice el Señor”, ni “Oráculo del Señor”. Estamos ante un diálogo entre dos hombres, entre un soberano y un profeta, entre un rey y un prisionero. Todas las palabras de Jeremías en el libro de Jeremías no son palabras de YHWH. También hay muchas palabras de Jeremías sin más, y no son menos bellas e importantes. Baste recordar el relato de su vocación, sus pruebas y sus cantos íntimos. Esta súplica que el anciano profeta, extenuado por su reclusión, dirige ahora al rey, no es ni un gesto profético ni un mandato de Dios. Es simplemente una palabra de Jeremías de Anatot. Una palabra como muchas de las que gritan los que sufren a los poderosos que pueden liberarles. Quizá todos los “oráculos” que hemos recibido a lo largo de nuestra existencia constituyen un capital  que gastaremos cuando lleguemos a la cima de nuestro Gólgota, donde recordaremos solo una de esas palabras escuchadas y dichas, y compondremos nuestro salmo de abandono.

En los capítulos de su martirio, narrados por su escriba Baruc, Jeremías aparece cada vez más indefenso y solo, en manos de sus enemigos. Las palabras que repite son las que siempre ha dicho: «Así dice el Señor: El que se quede en esta ciudad morirá a espada, de hambre o de peste; el que se pase a los caldeos será tomado como botín, pero salvará la vida. Y así dice el Señor: Esta ciudad será entregada al ejército del rey de Babilonia para que la conquiste» (38,2-3). No tiene otras palabras que decir. Los ministros y los generales, rehenes de la ideología nacionalista y guerrera, le piden al rey que arreste de nuevo a Jeremías. El rey Sedecías responde: «Ahí lo tenéis, en vuestro poder: el rey no puede nada contra vosotros» (38,5). En esta pasión no podía faltar Pilato. Casi nunca falta en las pasiones verdaderas de los hombres y de Dios: «Ellos prendieron a Jeremías y lo arrojaron en el aljibe de Malquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. En el aljibe no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo» (38,6).

Jeremías se hunde en el lodo. Nosotros podemos ver cómo se hunde y seguir con nuestros asuntos, entretenidos con nuestras ilusiones. O podemos decidir sumergirnos con él, y esperar una salvación en el aljibe, pero sin saber si vendrá un eunuco etíope a salvarnos. Porque no hay suficientes “etíopes” para salvar a todos los Jeremías que siguen hundiéndose en el barro del mundo.

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