El alba de la medianoche/8 – Las comunidades que matan a sus profetas todavía ingenuos, mueren

Luigino Bruni

Publicado en pdf Avvenire (38 KB) el 11/06/2017

170611 Geremia 8 rid«Al profeta, Dios no se le revela como un abstracto absoluto, sino como una relación íntima y personal.»

Abraham Heschel, El mensaje de los profetas

La única nostalgia buena, capaz de hablarnos ahora, es la nostalgia del futuro, la que sabe extender la mirada sobre el presente y sobre el futuro. Una relación de amor no se regenera volviendo a las palabras que ella nos decía en los tiempos felices, sino soñando y diciendo palabras de amor nunca dichas. Entre el pasado y el presente hay una reciprocidad vital y esencial. La promesa del origen da sentido y verdad a las esperanzas durante los tiempos de exilio y desierto. El cumplimiento hoy de las promesas de ayer nos dice que no hemos perseguido una ilusión.

«Palabra que llegó de parte de YHWH a Jeremías: Hablad a los hombres de Judá y a los habitantes de Jerusalén: Escuchad los términos de esta alianza (…) “Oíd mi voz y obrad conforme a lo que os he mandado; y así seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios, en orden a cumplir el juramento que hice a vuestros padres, de darles una tierra que mana leche y miel – como se cumple hoy". Respondí y dije: ¡Amén, YHWH!» (Jeremías 11,1-5). Jeremías guarda la memoria de la Alianza, una memoria cuyo punto de partida es el presente: «Como se cumple hoy». La calidad de la vida de mañana está inscrita en la calidad de la vida del presente: en sus fidelidades-infidelidades, en sus verdades-engaños. Los profetas no inventan el futuro, sencillamente lo ven ya en el presente, gracias a su mirada distinta. El presente de Jerusalén es la ruptura de la Alianza: «No oyeron ni aplicaron el oído, sino que cada cual procedió según la terquedad de su corazón malo» (11,8).

En el corazón de la gran profecía se encuentra engarzada una perla de valor inestimable. Cuando vivimos la vida como vocación – religiosa, cívica, artística –, no siempre somos libres en la relación con nuestras palabras. La libertad que experimentamos con el 90% o tal vez el 99% de nuestras palabras, que nos permite atenuar, amortiguar, dulcificar y mitigar nuestras palabras sin traicionar su verdad (y la nuestra), desaparece cuando nos encontramos ante unas pocas palabras distintas y especiales. Deben ser pronunciadas exactamente de la única manera posible, sin modificar siquiera una vocal, porque salen del alma ya perfectas, y nosotros simplemente podemos y debemos decirlas tal y como nos llegan: el primer “sí”, el último, esa frase concreta de la que depende la dignidad de una persona, la verdad de una relación, la fidelidad a nuestra historia, la no-vergüenza de nuestro corazón. Frases y palabras donde las comas son tan importantes como los verbos y los adjetivos. Estas palabras distintas y especiales sólo pueden pronunciarse de una manera. Si nos equivocamos en ella, nos equivocamos del todo, y las palabras mueren transformándose en charlatanería. Estas palabras tienen mucho valor, pero solo si logramos no modificarlas cuando la pietas humana por aquellos que tenemos delante o por nosotros mismos desearía hacerlo. Son palabras que no valen nada si las enmendamos por algún motivo, incluso noble y humano.

En la vida de los profetas, donde encontramos el arquetipo de toda vocación auténtica, estas palabras no son tan raras como en la nuestra. En su vida hay muchos más momentos donde lo único que pueden hacer es obedecer a la palabra, a las palabras, y después decirlas. Muchas de estas palabras han sido custodiadas en la Biblia y por eso han llegado hasta nosotros, para ayudarnos a decir nuestras pocas palabras especiales y distintas, que nos esperan fieles y puntuales en las encrucijadas decisivas de la vida.

Desde el interior de esta misteriosa relación entre los profetas y la palabra, es posible intuir algo de una frase tan fuerte y tremenda como esta: «Así dice YHWH: No pidas por este pueblo, ni eleves por ellos plegaria ni oración, porque no he de oír cuando clamen a mí por su desgracia» (11,14).

Jeremías no es Abraham, que dialoga con Dios e intercede ante él para evitar la destrucción de Sodoma (Génesis 18). Abraham, el primer patriarca, lleva ante Elohim la voz del pueblo; es el vértice de una pirámide que desde la tierra se eleva hasta Dios. El profeta, en cambio, no tiene como vocación hablarle a Dios del pueblo, sino hablar de Dios al pueblo. Su voz es el vértice de otra pirámide cuya base está en el cielo y se asoma a la tierra. Debe interceder ante el pueblo para que salve a Dios: este es el sentido profundo de su polémica anti-idolátrica. Todo profeta es una voz que desde el “cielo” se asoma a la tierra. Todo su cuerpo es tierra, como cada hombre y cada mujer, pero su voz no le pertenece. Su cuerpo, su carne, es el lugar donde se encuentran cielo y tierra, donde se explica y se consuma su vocación, sus sufrimientos, sus persecuciones: «Los de Anatot buscan mi muerte diciendo: “No profetices en nombre de YHWH, y no morirás a nuestras manos"» (11,21).

Es la primera vez que vemos a Jeremías en peligro de muerte, por una conjura contra su persona orquestada por sus conciudadanos, que incluye también a su familia: «Incluso tus hermanos y la casa de tu padre, esos también te traicionarán y a tus espaldas gritarán. No te fíes de ellos cuando te digan hermosas palabras» (12,6). El profeta es despreciado precisamente en su patria, dentro de su casa, entre sus hermanos. Dentro de su comunidad. Es el lugar donde casi siempre surgen las conjuras para eliminarlo. Jeremías siente de Dios que no debe fiarse ni siquiera de los familiares más íntimos, ni escuchar sus palabras (que parecen) buenas.

Hay un motivo concreto, contingente, detrás de este episodio de la vida del profeta, que probablemente se remonta al comienzo de su actividad. El principal delito que le atribuía su pueblo era la predicación contra el templo, su crítica radical a los sacrificios que allí se realizaban y sobre todo a la ideología real del templo y a sus ilusiones de salvación («¿Es que los votos y la carne consagrada harán pasar de ti tu desgracia? Entonces sí que te regocijarías»: 11,15). La familia de Jeremías era de estirpe sacerdotal y su crítica afectaba a su identidad profunda y a su rol social.

Pero esta conjura contiene un mensaje de alcance universal. La conjura puede ser una reacción natural ante quien desenmascara una ideología muy radicada en el pueblo y lo hace investido de una autoridad distinta a la institucional. No olvidemos nunca que los profetas reciben su autoridad directamente, sin mediación ni ratificación de ninguna institución jerárquica. Por tanto, su legitimidad moral y espiritual siempre es controvertida, parcial e imperfecta, y su casa siempre está en terrenos que las autoridades consideran ilegales, para poderla demoler después.

Jeremías nació y creció en una familia sacerdotal. Era de estirpe sacerdotal, y por vocación tenía que criticar radicalmente la ideología producida ni más ni menos que por su familia. Este es el destino de los profetas llamados a profetizar dentro de la comunidad de fe en las que han crecido y viven. Su tarea consiste en criticar pública y duramente la ideología generada día tras día por los ideales y la fe de su propia comunidad. Jonás fue enviado por Dios a profetizar a Nínive, una ciudad extranjera. Jeremías, el hombre de Anatot, profetiza en Anatot.

La Biblia conoce bien la fraternidad homicida (la de Caín y la de los hermanos de José), y sabe igual de bien que las ideologías-idolatrías son más fuertes que los lazos de sangre. Cuando, también de buena fe, somos capturados por una ideología, esta se convierte en un señor tan despiadado que puede mandarnos matar a nuestros hermanos, hijos y padres. La ideología-ídolo siempre busca nuevas víctimas para sus sacrificios.

Al principio, Jeremías no se dio cuenta de la conjura y por tanto creyó en las palabras de sus amigos/hermanos: «Y yo que estaba como cordero manso llevado al matadero, sin saber que contra mí tramaban maquinaciones: “Destruyamos el árbol en su vigor; borrémoslo de la tierra de los vivos, y su nombre no vuelva a mentarse.”» (11,19). Esta primera mansedumbre no era una virtud, sino inexperiencia e ignorancia. Después, un día Dios le reveló la intriga homicida, y comenzó una nueva etapa de su misión profética. Jeremías comprendió que debía cambiar radicalmente su actitud para con su familia y su comunidad, con el fin de poder seguir desempeñando el mandato recibido y por tanto no morir.

Aquel día florecerá en Jeremías una nueva mansedumbre, ya no la del cordero que era manso porque ignoraba las intenciones de sus verdugos. Esta es la especial mansedumbre de los profetas que superan la fase de la primera humildad ingenua, una nueva humildad que a quienes les observa a primera vista muchas veces les parece lo contrario. La suya es una mansedumbre a la palabra, incomprensible para quienes no conocen la Biblia ni a los profetas, ni al Cristo. Es la mansedumbre de quienes gritan clavados en cruces a las que no querían subir, y sólo se hacen mansos cuando una palabra se lo pide interiormente.

Demasiados profetas verdaderos se bloquean y no completan su misión en el mundo porque su mansedumbre ingenua de la primera fase de su vocación les conduce dócilmente al matadero, donde mueren. No reconocen la intriga y son asesinados precisamente por sus familiares y amigos. El Libro de Jeremías ha llegado hasta nosotros porque aquel profeta consiguió entender que a sus espaldas se estaba tramando una conjura; huyó, continuó su obra y escribió su libro. No es fácil darse cuenta de estas trampas mortales, puesto que se desarrollan dentro de casa. Un día, una voz interior advierte del peligro, pero ni siquiera los mejores profetas logran reconocerla siempre, porque está cubierta por la fuerte voz de la sangre, de los lazos espirituales, de la voz de los responsables o de la voz buena del fundador que alienta y elogia la primera mansedumbre. Así, la palabra del profeta es cubierta, muere, y él/ella calla, deja de hablar. Muchas comunidades mueren porque matan a los profetas ingenuos y mansos que podrían haberlas salvado si hubieran alcanzado una mansedumbre distinta.

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