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Recensiones

El ethos del mercado

por Maurizio Canauz (Mayo de 2010)
publicado en: aeeeitalia.it

Logo_AEEESe dice que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen. Se siente como atraído por una fuerza oscura e irresistible. Tal parece ser el destino de Bruni que, recorriendo caminos que él conoce bien, vuelve con este libro editado por Bruno Mondadori a abordar los temas del mercado y la comunidad, la economía civil, el don y la herida del encuentro con el otro.

Parece casi como si el autor, después de ahondar con brillantez en el pensamiento de los grandes economistas, como historiador del pensamiento económico, se hubiera convencido de la bondad de algunas ideas, convirtiéndose primero en teórico y después en infatigable divulgador. Su punto de vista ya no es solamente teórico y doctrinal sino que contiene algo más y algo distinto, como si se hubiera convencido de que su investigación tenía que traspasar los muros de las aulas universitarias para convertirse en materia concreta con una fuerte relación con la vida diaria.

Los problemas económicos, para Bruni, carecen de sentido cuando se les ve únicamente como problemas teoréticos cuyo planteamiento o resolución es ajena a la realidad o cuando no tienen sobre el hombre que los plantea o los resuelve más que una influencia hipotética o indirecta. De hecho, Bruni cada vez concentra más su atención sobre el hombre y sobre su existencia. Así pues, su punto de partida no puede ser otro que la antropología.

Hay que estudiar al individuo que se encuentra en la base de la teoría económica, para poder modificar la construcción desde los cimientos. Esta idea de Bruni es seguramente interesante y va contra corriente, puesto que a partir de los años 80 se ha ido produciendo una progresiva pérdida de interés, dentro de la antropología como disciplina, hacia las teorías “fuertes”. Un “colapso” teórico que, además, ocurre en una coyuntura histórica caracterizada por el hundimiento de las ideologías, sin que pueda descartarse que exista una conexión entre ambos fenómenos.

Ante este panorama fragmentario, Bruni busca y encuentra un referente para su reflexión en el pensamiento de Roberto Esposito. Esposito, al igual que Jean-Luc Nancy en Francia, basa su reflexión inicial en un pensamiento admirable tomado de una cita de “Los Titanes” de Friedrich Hölderlin: «Bien está / en otros sostenerse. Porque nadie soporta la vida solo».

Todo hombre necesita la Communitas, en la que domina la reciprocidad de unos con otros en la obligación-don, en el munus como «oficio» y «don». Estar en la Communitas no significa tener, sino que, por el contrario, implica una deuda, un don que hay que dar. Los sujetos que forman parte de la Communitas están unidos por un deber que impide que sean totalmente dueños de sí mismos. Al entrar en la Communitas los hombres renuncian a su propiedad inicial (fundamental) que es su subjetividad. Se trata de una renuncia bastante fuerte que implica consecuencias importantes para el destino del hombre que pierde su especificidad para entrar en un colectivo de iguales. Bruni retoma esta concepción bastante radical de Esposito cuando afirma que “la comunidad es una herida que expone al otro a un vínculo arriesgado: la fraternidad.”

En muchas culturas, según el análisis que se nos propone, el individuo ha sido absorbido por la comunidad, a veces de manera exclusiva. Pensemos en la comunidad sagrada pero también, según Bruni, en la comunidad griega donde la philia, es decir la amistad, creaba la polis como comunidad de iguales y no de distintos. Lo mismo ocurría en las órdenes religiosas como, por ejemplo, la de los franciscanos. Después, con la llegada de la modernidad, el concepto de fraternidad entra en crisis y se pasa, con la teorización del contrato, a un nuevo modo de convivencia en el que cualquier aspecto agápico queda marginado cuando no suprimido. El culpable de esta transformación es sobre todo Hobbes, para quien la unión de los individuos no se basaba en el amor sino en el temor. Ideas estas del filósofo inglés que no subliman la relación entre los hombres, sino que tienden a limitarla. Para Bruni, con Hobbes “la sociedad europea pasa de la comunidad sin individuos al individuo sin comunidad.”

A partir de esta visión individualista vinculada probablemente, aunque Bruni no lo dice, a la idea de individuo (como actor principal de su destino y fuertemente autónomo) y de sociedad típica del protestantismo, en el centro se sitúa el mercado, cuya categoría típica no es el amor sino la distancia y la indiferencia. El mercado es entonces un lugar donde la relacionalidad está prohibida, como está prohibido el don y la lógica que lo sustenta. De este modo, la sociedad occidental ha tomado una opción económica que, con el paso del tiempo, se ha convertido en una opción de valor, al preferir una visión egocéntrica y egoísta del hombre frente a otra basada en el encuentro y en la fraternidad, en el reconocimiento del otro como un igual.

Sin embargo, en este aparente conformismo de ideas, no han faltado, en opinión de Bruni, algunas excepciones capaces de recuperar la relacionalidad sacrificada por el mercado. Se trata, por ejemplo, de la economía civil, según la cual el mercado, la empresa y la economía son en sí mismos lugares también para la amistad, la reciprocidad, la gratuidad y la fraternidad  Bruni se remite sobre todo al pensamiento de Genovesi, quien decía que el desarrollo de los mercados debía ser visto como una expresión de la “asistencia recíproca”: “Uno de los rasgos de la Divina Providencia hace que unos dependamos de otros y que haya, primero entre familia y familia y después entre pueblo y pueblo así como entre ciudad y ciudad y finalmente entre nación y nación, un vínculo mutuo de recíproco interés, fundamento primero de las sociedades civiles y de casi todos los órdenes civiles”. En otras palabras, la socialidad, según esta concepción distinta del mercado, vuelve a ser fraternidad.

Así queda claro el objetivo de Bruni, típico de sus últimas producciones: “La gran operación que nos espera es la de superar esta economía de mercado sin renunciar a las conquistas civiles que el sistema económico y social nos ha permitido alcanzar en los últimos siglos”. La receta para hacerlo pasa por recuperar la “fraternidad sin la cual la vida individual y social no florece”.

Honestamente, si observo el mundo a mi alrededor, sobre todo en esta época, me parece que esta hipótesis va más allá de la utopía. Para hacerla realidad no bastaría una ética compartida, haría falta construir un ethos, es decir un ambiente, un estilo de vida, un modo de entender las relaciones económicas con una estrategia capaz de enriquecer tanto a los individuos como a la sociedad. Si es o no plausible, el lector lo dirá.

En conclusión, es un libro que se concentra en temas que resultarán familiares a quienes siguen el trabajo y la investigación de Bruni, escrito con el habitual esfuerzo teórico y con el habitual deseo de comunicarse con un amplio círculo de lectores. La limitación, tal vez, de una producción tan intensa, que gira sobre los mismos temas aunque desde puntos de vista distintos, hace que el libro peque un poco de falta de originalidad. Es un riesgo evidente que, sin embargo, puede pasar a segundo plano cuando el objetivo último no es el de ser original sino el de llegar a nuevos lectores proponiendo nuevos textos con editoriales distintas.



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