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Los aranceles de Trump y el equilibrio mundial

Las decisiones del presidente estadounidense producirán efectos controvertidos y contradictorios en las relaciones entre países, en un momento decisivo para el futuro del planeta.

 Benedetto Gui

 Publicado en Città Nuova el 19/03/2018

Donald Trump CN 02 rid¿Os acordáis de la fábula de Esopo en la que un lobo bebía del río y acusaba a un cordero que estaba río abajo de ensuciarle el agua? ¿Y no se os venía a la mente cuando Donald Trump protestaba contra China acusándola de “violar” a América y a sus trabajadores con la injerencia de sus exportaciones? China, principal destinatario de los dardos del entonces candidato a la presidencia, no es ciertamente un corderillo indefenso, pero quien se lamentaba de las presuntas injusticias del comercio internacional era el candidato a la presidencia del país hegemónico en el actual sistema económico mundial, un país que, como veremos a continuación, obtiene enormes beneficios de este sistema.

Trump, una vez convertido en presidente, quiere aún más beneficios y está empezando a poner en práctica sus amenazas, imponiendo aranceles para obstaculizar las importaciones de acero y aluminio. Tengamos en cuenta que la tasa de paro actual en EEUU es ligeramente superior al 4%, un nivel considerado por muchos como estructural.

Eso no quiere decir que todos los trabajadores norteamericanos estén bien. Muchos puestos de trabajo son de tipo “Mac(Donald)-job” (tareas de escasa cualificación y mal pagadas en los servicios de hostelería, limpieza, etc.). Además, en algunas zonas afectadas dolorosamente por la desindustrialización, la falta de empleo y el subempleo son un problema grave. Con todo, la condición de la economía estadounidense, cuyo PIB lleva ocho años creciendo por encima del 2% y cuyas bolsas marcan máximos, está muy lejos de una emergencia desesperada, que es la que podría justificar medidas excepcionales y rupturistas. Sin embargo Trump quiere tomarlas. Es seguro que esto ocasionará problemas a los países socios, pero también hay fundadas razones para creer que tirará piedras contra su propio tejado.

La primera piedra contra la política. El liderazgo de Estados Unidos como abanderado de los ideales de libertad y bienestar a alcanzar junto con la comunidad de naciones a través de los intercambios económicos, se puede aceptar (como lo hemos aceptado) más o menos de buen grado. Pero la proclama de Trump “America first”, que reivindica el derecho a acumular ventajas arrancándoselas de malas maneras a los países socios, gusta mucho menos a cualquiera que no sea ciudadano de los Estados Unidos. Y a la larga el estado de ánimo acaba teniendo un peso en los acontecimientos.

Luego viene la economía. En 2017 la balanza comercial de los Estados Unidos con el resto del mundo fue negativa en 566.000 millones de dólares, algo menos del 3% del PIB estadounidense. El comercio con China fue responsable de dos tercios de este desequilibrio, que dura ya muchos años y justifica la preocupación de Estados Unidos. Pero el hecho de que la economía estadounidense compre más de lo que vende en el exterior no es más que una cara de un desequilibrio que es imposible de entender plenamente atendiendo solo con las exportaciones e importaciones y echando pestes contra los malditos extranjeros que nos quitan el trabajo.

Otra cara de la medalla, como dicen asépticamente las definiciones contables, es el desequilibrio entre inversión y ahorro. En los Estados Unidos de hoy, el ahorro es más bajo que la inversión, con una diferencia en torno precisamente al 3% del PIB. A este desequilibrio contribuye el comportamiento de las familias, que han vuelto a ahorrar menos del 4% de la renta, como hacían antes de la crisis de 2008.

Así pues, otra interpretación del desequilibrio, con tanto fundamento como la que culpa a los exportadores extranjeros, es que los norteamericanos (familias, empresas y administraciones públicas en su conjunto) ahorran demasiado poco (viejo defecto) o bien invierten demasiado (fenómeno típico de las situaciones de boom, como la que viven los Estados Unidos).

Pero esta extraña medalla tiene una tercera cara, que viene también directamente de la lógica contable: los extranjeros están dando más créditos al sistema financiero norteamericano que a la inversa. Aunque Trump no lo dirá nunca, este desequilibrio quizá se podría corregir atando un poco las manos a los financieros de Wall Street, tan hábiles como siempre a la hora de confeccionar nuevos títulos y vendérselos a los bancos y ahorradores de todo el mundo, o – esta es aún más gorda – quitándole al dólar su papel privilegiado de moneda mundial (si hoy un extranjero cobrara en kunas croatas, pongamos por caso, y no necesitara comprar bienes croatas, inmediatamente las cambiaría para tener su propia moneda; sin embargo los dólares de más son conservados como reserva en grandes cantidades por sujetos públicos y privados que, de este modo y sin darse cuenta, están concediendo crédito a los EEUU).

Como decía antes, si vemos las cosas en su conjunto, los lamentos del lobo Donald no parecen muy conmovedores. Pero consideremos los efectos de estos aranceles al acero y al aluminio. Además de a las arcas públicas estadounidenses, esos aranceles les vendrán bien a otros muchos sujetos: a los productores norteamericanos de acero y aluminio, que podrán vender más y con más margen; a los trabajadores que viven cerca de las acererías norteamericanas abandonadas, que serán reactivadas y renovadas, creando empleos mejor pagados; a los comerciantes, agentes inmobiliarios, constructores, hosteleros, etc. de esas zonas, que verán cómo prosperan sus negocios. También las administraciones locales recaudarán más tasas y podrán prestar mejores servicios.

Pero preguntémonos a cuántas personas beneficiará todo eso. ¿Serán cinco millones de personas? ¿Diez? Exageremos: 25 millones. Pero para los restantes 300 millones de estadounidenses esos aranceles solo significarán precios más altos para una infinidad de productos: todos los que usan, directa o indirectamente, acero y aluminio. Las industrias que utilizan grandes cantidades de estos metales verán aumentar sus costes, con lo que serán menos competitivas que los productores extranjeros, los cuales podrán exportar más a los EEUU (de tal forma que a lo mejor a Trump se le ocurre introducir nuevos aranceles).

En el resto del mundo se perderán puestos de trabajo en las industrias del acero y el aluminio. La respuesta que podemos esperar, como ya hemos dicho, son aranceles de otros países para distintas clases de bienes exportados por Estados Unidos, como, por ejemplo, motocicletas (todos pensamos en las famosas Harley Davidson). Entonces posiblemente llegarán nuevos aranceles norteamericanos y así sucesivamente. Más allá de las decisiones de Trump (en un situación como la de los Estados Unidos “las guerras comerciales son justas y fáciles de ganar”), cada vez que se ha emprendido este camino nunca ha conducido a nada bueno, ni para la economía de los países interesados ni para sus relaciones políticas.

Los asuntos comerciales son muy complejos (hoy están en vigor más de 400 acuerdos comerciales entre grupos de países cercanos, cada uno de ellos con cientos de clausulas) y difícilmente se llegará a encontrar un orden más deseable echando impulsivamente puñados de arena a las ruedas de la parte contraria para obstaculizar su andadura. Desgraciadamente la política norteamericana, y no solo ella, parece dirigirse más de lo habitual a las vísceras y al orgullo de los electores. Si las vísceras y el orgullo son poco aconsejables en una reunión familiar donde queden sin resolver delicadas cuestiones hereditarias, imaginemos en la escena mundial, donde en lugar de puñetazos y bofetadas tenemos armas nucleares y donde son más urgentes que nunca la concordia y la colaboración para abordar cuestiones pendientes tan importantes como la deforestación, la contaminación del agua, el calentamiento del clima y los desequilibrios económicos y demográficos.

Agentes educativos: “¡Ánimo, no hay tiempo que perder!”

 

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