La deuda pública que la pague otro

¿A quién le toca pagar la deuda del Estado? Una reflexión sobre la ley “patrimonial” propuesta por Giuliano Amato y Pellegrino Capaldo

La deuda pública que la pague otro

por Benedetto Gui

Publicado en: cittanuova.it el 3/02/2011

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Más allá de lo que pudiera recaudarse, sin hacerse demasiadas ilusiones, vendiendo las restantes propiedades públicas, al final alguien tendrá que echar mano a la cartera. La cuestión es quién y de qué forma. Esta sencilla verdad parece que se olvida demasiadas veces en el debate actual sobre temas fiscales.

Reflexionemos por un momento sobre las alternativas. Podemos decir que paguen los trabajadores y los consumidores de hoy, minorando sus ingresos o gravando los precios que pagan. Podemos decir que paguen más los perceptores de rentas de la propiedad (intereses, dividendos, etc.), mediante tipos impositivos menos favorables que los actuales. O, en lugar de tocar el impuesto sobre la renta, se puede pensar en un impuesto sobre el patrimonio acumulado o heredado de los italianos de hoy, haciendo que paguen los propietarios de casas, terrenos, títulos financieros… como propone estos días el profesor Pellegrino Capaldo, al que se ha sumado el ex primer ministro Giuliano Amato.

En realidad, nuestro país no está obligado a elegir ninguna de las opciones anteriores, porque hay otra: que la deuda acumulada durante las últimas décadas la paguen los ciudadanos de mañana. En otras palabras: las generaciones adultas podemos salir del paso dejando la patata caliente en herencia a las generaciones jóvenes. Pero hay que decir que, si bien es cierto que los jóvenes han estado incluso demasiado mimados en casa, no es menos cierto que en el mundo del trabajo están cargando con el peso de una fuerte penalización en términos salariales, de estabilidad en el empleo y de perspectivas de jubilación.

Solo por completar el cuadro, hay otra tercera hipótesis, pero es un poco bárbara: que la deuda pública no se devuelva, como sucedió en Argentina después de la crisis del 2002. Pero también en ese caso alguien pagó: los que – por desgracia, por cálculos equivocados o por un mal consejo – habían invertido sus ahorros en títulos de deuda pública argentina.

A la hora de elegir entre estas alternativas, todas de algún modo desagradables, hay un agravante: si no hacemos algo pronto los mercados financieros harán pagar cara a los italianos su indecisión y su incoherencia, como ya está ocurriendo con los irlandeses y griegos, que tienen que pagar por su deuda pública intereses mucho más altos que sus colegas europeos de los países “virtuosos” (sobre todo los alemanes).

Además, como en todo proceso que se precie, también hay un atenuante: si el volumen de la actividad económica (el PIB), que es el denominador de la relación deuda/PIB, creciera rápidamente (pongamos más del 3% anual, por encima de la inflación), el peso de la deuda iría poco a poco aligerándose (como cuando en casa hay que pagar la hipoteca y el cabeza de familia recibe un aumento de salario).

Por desgracia esta es una esperanza con la que no se puede contar mucho, a la vista de la marcha actual de la economía italiana y europea y considerando que además el efecto sería muy lento. Si es esta la situación, rasgarse las vestiduras con indignación ante la propuesta de penalizar a los propietarios de los patrimonios más altos es bastante hipócrita, al igual que la acusación que se hacen unos partidos a otros de ser el partido de los impuestos o, peor aún, de «querer meter mano a los bolsillos de los italianos».

Lo importante no es si la propuesta de impuesto sobre el patrimonio de Capaldo y Amato tiene o no defectos, que los tiene. Pero – para que el debate sea correcto – aquellos que la critican deberían decir claramente quiénes creen que deberían pagar la deuda pública.

¿Es posible que nuestros políticos, que en muchos casos están capacitados y preparados, no se den cuenta de lo que estoy diciendo? ¿Es posible que todos ellos sean incompetentes o fariseos? Es cierto que la clase política tiene alguna de esas culpas, pero tened la seguridad de que no se comportarían de esta manera si esas culpas no fueran ampliamente compartidas por sus electores.

Queridos conciudadanos, pongámonos la mano en la conciencia. Mientras un político recoja más votos pasando el mensaje «si me votáis, los impuestos los pagará otro», y se haga impopular diciendo las cosas como son, no podremos albergar demasiadas esperanzas sobre la seriedad y coherencia de las futuras decisiones fiscales.

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