por Alberto Ferrucci
publicado en Città Nuova N.23/2009
En 1933, tras la experiencia de la crisis del 29, los Estados Unidos deliberaban sobre la Glass Steagall Act, que imponía una clara distinción entre las actividades de los bancos comerciales, que gestionan el ahorro, y los bancos de inversión, que recogen en sus títulos los capitales para realizar grandes operaciones financieras, con beneficios y riesgos más altos. Una ley que se mantuvo vigente durante 66 años, hasta que fue abolida en 1999 por un parlamento republicano y un presidente demócrata, para hacer más libre la economía.
Los gobernantes, al darse cuenta del peligro de que el sistema crediticio y la circulación del dinero quedasen bloqueados, aun sin ratificar públicamente sus decisiones, encontraron la forma de evitar la quiebra de nuevos bancos importantes para el sistema. Ahora estos bancos, que son sociedades privadas, pueden recoger capitales de todo tipo, con una carga impositiva un 50% inferior a las de los depósitos en cuenta corriente, vendiendo títulos garantizados por ellos, aunque en realidad están garantizados por los contribuyentes.
Los bancos pueden usar estos capitales para realizar actividades propias de los bancos de inversión, distrayendo a sus empleados, gracias a un mayor beneficio, del servicio público para el que surgieron, que es el de tratar con profesionalidad a los ahorradores, valorando si quienes necesitan dinero están en condiciones de devolver el préstamo y en qué términos pueden hacerlo. Un banco que preste estos servicios tiene sentido que esté garantizado por el Estado, pero no un banco que especule con las finanzas.
Esperemos que a nivel internacional haya nuevas reglas aceptadas por todos. Los funcionarios italianos están colaborando a nivel internacional para formularlas. Sabemos que su trabajo es apreciado en las instituciones que se les han confiado, empezando por Mario Draghi, que preside el organismo internacional para la estabilidad financiera.
Esperemos que las ganancias de la especulación no nos lleven a olvidar la necesidad que tenemos de nuevas reglas, como si la crisis de estos últimos años fuera solo un incidente y como si no existieran los millones de trabajadores y de operadores económicos que hoy sufren sus consecuencias.
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