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Una herencia que no debemos traicionar

por Alberto Ferrucci

De la segunda guerra mundial conservo pocos recuerdos, pero tengo uno indeleble: el de un  joven de cabellos rizados y tez morena siciliana; un oficial del ejército italiano que cuando el ejército se derrumbaba, el 8 de septiembre de 1943, decidió subir a la montaña para organizar bandas de partisanos.

Yo tenía siete años. Mi padre estaba prisionero en Australia. Mi madre, mis hermanos y yo estábamos desplazados en Trinidad, en el Piamonte. Yo observaba a aquel joven por entre las piernas de los mayores mientras, en nombre de su brigada, entregaba con dignidad a los campesinos el atestado de la harina y del ternero que les había confiscado, para que les fuesen devueltos al final de la guerra. Le volví a ver a través de la persiana, mientras los militares alemanes le llevaban a empujones por la calle principal para fusilarlo: no había querido traicionar a sus compañeros, ni siquiera con el pecho aplastado por las piedras.

Aquel rostro se me quedó grabado para siempre, como una certeza de que algunos de nuestros padres supieron dar la vida por un futuro de democracia y libertad. Era un pueblo que se despertaba de veinte años de letargo, en los que la mayoría de los italianos había aplaudido o al menos aceptado una dictadura blanda, “a la italiana”. Una dictadura que tenía ciertas ventajas: las familias numerosas estaban bien vistas, se firmó el concordato, los trenes llegaban a su hora y en tres años se construyó la primera autopista, la famosa “Camionale” entre Génova y Serravalle. Una dictadura que sólo se mostró como verdaderamente era cuando la única persona que lo decidía todo nos engañó para hacernos entrar en guerra.

De la sangre de aquellos héroes1 y de la determinación de los políticos de entonces, entre los que no tenían cabida los oportunistas, ya que entonces en esa profesión se arriesgaba la vida, nació la Constitución, producto admirable de la confluencia de los ideales más diversos, unificados por el deseo de no traicionar a los compañeros de lucha que verdaderamente habían dado la vida.

Los jóvenes y los adultos de hoy carecen de estos recuerdos preciosos, y por lo tanto pueden  menospreciar la sabiduría del equilibrio de poderes y todos los demás frutos de aquel momento de especial unidad de las fuerzas vivas del país, surgido del sacrificio de quienes seguramente hubieran preferido volver con la novia, con la mujer, con los hijos o con los padres a labrarse un futuro.

1 Leer “Cartas de los condenados a muerte de la resistencia (en italiano)



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