por Alberto Ferrucci
publicado en Città Nuova n.24/2010

La “magia” de que seres humanos completamente distintos entre sí sean “un corazón solo” es un privilegio poco frecuente, anticipo de una vida que no es de este mundo, herencia de la Encarnación. Antes de subir a la cruz, Jesús nos dejó la fórmula para alcanzarlo: «Amaos unos a otros como yo os he amado», estando dispuestos a dar la vida por los amigos. Es el mandamiento nuevo.
El amor recíproco no es amar a los demás como a uno mismo. Es un amor más atento, delicado y total, porque aquí dar la vida significa dejar de lado el propio yo. Para que este amor sea recíproco es necesaria la respuesta del otro, hay que dejar espacio para que el otro pueda corresponder, si quiere, con la misma medida. Cuando el otro corresponde, es como cuando un avión atraviesa las nubes y descubre que el sol sigue brillando. Entonces se entra en un espacio en el que, a pesar de ser muy distintos y a veces casi sin conocerse, se alcanza una sintonía plena: las cosas se colocan en su sitio, el corazón “arde en el pecho”, se está dispuestos a realizar actos heroicos y a una gran generosidad. Al no estar ya ofuscados por afanes y distracciones, gozamos de nuestra naturaleza de hijos de Dios. Cuando se ha hecho esta experiencia una vez, quedan ganas de repetirla, incluso sabiendo que es necesario pasar por la puerta estrecha de eliminar todo juicio y morir al propio yo.
Esto puede ocurrir en la iglesia o en el convento, pero también en la fábrica, en el tren, en la oficina o en el Parlamento. Lo bonito es que es un don para todos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, buenos y malos, cristianos y no creyentes. Todos llevamos dentro la huella de la Trinidad. Todos experimentamos la alegría plena cuando volvemos a casa.
Cuando se es «un corazón solo y un alma sola», la carta de identidad del cristiano, no cuesta esfuerzo poner los bienes propios al servicio de quienes están más cerca de nosotros que el pariente más cercano, porque comparten esta condición. Sin esperar a que el otro pida, se ve lo que necesita y se comparte con alegría lo que se tiene. La plenitud que se experimenta al dar es totalmente distinta a la satisfacción del filántropo, que tiende más a realizar su diseño que a ver al otro como un igual.
La comunión de bienes realizada por justicia social, por solidaridad genérica, por espíritu comunitario, por conveniencia o por obligación, sin el amor recíproco, no es fruto ni produce el «corazón solo y el alma sola»; y cuando el amor recíproco se apaga y no se consigue volverlo a encender, la comunión de bienes deja de producir alegría. Dios ama a quien da con alegría.
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Comentarios
Describes muy bien la clave de la felicidad que el mundo busca.
Se ve que tienes mucha experiencia!
Carlos Fernandez
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