por Alberto Ferrucci
publicado en cittanuova.it el 01/06/2010
La garantía de seriedad que deriva de su pertenencia a la eurozona, ha permitido a Italia retrasar 7 años y medio el vencimiento de 180.000 millones de deuda. El año que viene “sólo” vencerán títulos por valor de 27.500 millones y se emitirán por valor de 35.000, para hacer frente a la deuda del año 2010, que representa un 5% del Producto Interior Bruto.
Gracias al euro, el coste de la deuda es únicamente del 4%, 7.600 millones, pero si el mercado “decidiera” que los títulos italianos son tan poco fiables como los griegos, en 2011 los nuevos títulos podrían llegar a costarnos incluso el 7%, que son 1.000 millones más el primer año, 2.000 millones el segundo, 3.000 millones el tercero y así sucesivamente. Así, difícilmente podríamos seguir en la eurozona.
¿Cómo conseguirá un plan de 2.400 millones en “dos años” recuperar, en un año de bajo crecimiento, los 3.000 millones que hacen falta para volver al 3% de déficit? Más que los números, las sociedades de certificación miran si los balances son sostenibles en el tiempo. Para ello hace falta equiparar los salarios y la productividad de los empleados públicos y privados, retrasar la edad de jubilación en base a las expectativas de vida, reducir el coste de la política, luchar contra la evasión fiscal y la corrupción y justicia fiscal.
Por desgracia solo algunas de las medidas de este plan van en esa dirección. No se tocan las rentas financieras especulativas, no se grava el consumo de lujo ni las emisiones contaminantes y apenas se reducen los sueldos de los políticos y de aquellos que cobran por realizar servicios civiles y de compromiso político que antes se hacían voluntariamente.
Si esto resulta hoy “políticamente impracticable”, quiere decir que nuestra democracia no es la que soñaron aquellos que llegaron incluso a dar su vida por ella, sino que se ha convertido en una simple gestión de la cosa pública según los intereses inmediatos de la mayoría. En un país económicamente desarrollado, no es la minoría sino la mayoría de los ciudadanos la que disfruta de alguna manera de sus ventajas.
Si le falta la inspiración de auténticos hombres de estado que le recuerden la solidaridad, está destinada a enrocarse en defensa de sus privilegios aunque sean mínimos, olvidándose de que no se puede ignorar por mucho tiempo el malestar de los excluidos y la rabia que puede surgir en nuestro caso de millones de jóvenes sin trabajo estable o de parados que no pueden labrarse ese futuro del que depende el futuro de todos.
¿Y los estados? Han sacado partido de la globalización pero no han querido crear autoridades que regulen su funcionamiento financiero, temiendo perder la libertad de gestión de la economía. Hoy, endeudados todos para salvar el sistema, terminan por obedecer al “imperio mundial del mercado” que no han elegido y que está dirigido por una banda de astutos y potentes depredadores con capacidad para condicionar a sus representantes. Esperemos que cuanto antes los pocos que todavía tienen capacidad de decisión se unan para actuar.
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