por Alberto Ferrucci
publicado en città
nuova.it el 14/04/2010
El primero de enero 2001 Grecia se unía a la Unión Económica y Monetaria nacida tres años antes y formada por los once países más convencidos de la validez de una Europa unida. A partir de entonces los ahorros, títulos y acciones expresados en dracmas pasaron, con una tipo fijo de cambio, a euros. Los griegos, como había ocurrido antes con los italianos, los españoles, los portugueses y los irlandeses, se hicieron más ricos gracias a la solidaridad de los países europeos más eficientes, a los cuales les costaba menos hacer llegar sus productos y servicios a esos prometedores mercados.
La unión monetaria, que favorece la inversión en los países más débiles gracias a un menor costo del dinero, se basa en el tratado de Maastricht, por el cual todos los países firmantes se comprometen a gestionar rigurosamente las cuentas del estado, de las que depende el valor de la moneda común, haciendo que la diferencia entre las salidas y las entradas anuales no superen el 3%.
Para los países del Sur de Europa, esto significaba un drástico cambio: con una moneda única y un único banco central, ya no podrían imprimir más moneda para cubrir un déficit más alto, devaluando periódicamente la moneda para cuadrar las cuentas. A partir de ese momento no tendrían más remedio que aumentar las entradas o reducir las salidas, o ambas cosas. Como en todas partes los impuestos ya son muy elevados, para aumentar las entradas tendrían que luchar con decisión contra la evasión fiscal, el trabajo negro y la corrupción pública. Para reducir las salidas, además, tendrían que adecuar la edad de la jubilación a las mayores expectativas de vida, disminuir los puestos de trabajo de favor y gravar la especulación financiera.
Acciones todas ellas claramente impopulares, aunque útiles para mejorar la convivencia cívica y proteger a los ciudadanos frente a maniobras financieras capaces de hacer que se evaporen de repente los sacrificios de años. Acciones impopulares que, por lo que parece, Grecia esperaba poder evitar falseando las cuentas. Pero ahora, a pesar de las protestas populares, debe tomar todas las medidas juntas, a menos que quiera ser expulsada de un contexto de naciones cuyos ciudadanos no son propensos a ser solidarios con miembros que intentan no respetar los pactos suscritos. Ellos ya están sufriendo, con el aumento del precio de los carburantes debido al debilitamiento del euro, el resultado de estos comportamientos incorrectos. Un ejemplo de lo que le podría ocurrir a Grecia si sale del euro, es Gran Bretaña, una nación económicamente fuerte que no quiso incorporarse al euro: a causa de la crisis financiera los ahorros de todos los ingleses han perdido más del 30 por ciento de su valor.
Ahora los países de la Unión le ofrecen a Grecia, aunque a precio caro, el escudo de un préstamo de 30.000 millones de euros para que pueda hacer frente a los próximos vencimientos de sus deudas, en espera de un rápido reajuste de sus cuentas. Esta decisión ha tranquilizado a los mercados mundiales haciendo que la bolsa vuelva a subir. Por el bien de Grecia y del destino de Europa, esperamos que el gobierno griego lo haga, olvidándose de ahora en adelante de la astucia.
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