Con la fuerza de sus palabras a los trabajadores de ILVA, el pasado 27 de mayo, el Papa conquista el corazón y la mente de los genoveses.

Alberto Ferrucci

Publicado en Città Nuova el 31/05/2017

170527 Ansa Osservatore Romano P Francesco Ilva Città Nuova ridLa expectación era patente en las caras de los trabajadores, vestidos con buzo y casco, en el gran almacén de tubos de acero de la empresa ILVA, cuyo destino se decide estos mismos días en otro lugar. Estos trabajadores genoveses, herederos de una antigua cultura del trabajo, han decidido estos últimos años hacer frente a la reducción de personal renunciando la inactividad obligada del paro y ofreciéndose a realizar trabajos para la comunidad. Aunque de baja profesionalidad.

El Papa Francisco no les ha decepcionado. Antes bien, les ha sorprendido con una serie di afirmaciones de gran relevancia, que han arrancado unos aplausos que no eran de conveniencia, sino francamente sorprendentes para quienes conozcan el carácter reticente y reservado de los genoveses.

Especialmente inusuales y sinceros sonaban los aplausos tras la distinción que realizó Francisco entre las figuras del empresario y del especulador que tiende a ocupar su puesto. Era su respuesta a la descripción que realizó un empresario del sector de la reparación naval acerca de las dificultades que experimenta, en el contexto actual de la economía italiana, para mantener los puestos de trabajo y el equilibrio económico de la empresa:

«El buen empresario habla bien de su empresa, de sus trabajadores, de su ciudad y de su tierra. Porque el empresario conoce a sus trabajadores, trabaja a su lado, con ellos. No olvidemos que el empresario es antes que nada un trabajador. Comparte el cansancio y también las alegrías del trabajo, la auténtica belleza de resolver problemas juntos, de crear algo juntos. Cuando tiene que despedir a alguien, siempre es una decisión trágica. Si pudiera, no lo haría. A ningún empresario de verdad le gusta despedir a su gente. Sufre por ello y a veces de este sufrimiento surgen nuevas ideas para evitar el despido.

La enfermedad de nuestra economía es la progresiva transformación de los empresarios en especuladores. No hay que confundir empresario con especulador. El especulador es una figura parecida a la que Jesús en el evangelio llama “mercenario”, contraponiéndolo al “buen pastor”. El especulador no ama su empresa, no ama a los trabajadores; simplemente ve a la empresa y a los trabajadores como un medio para ganar dinero.

Despedir, cerrar, trasladar la empresa, no le supone ningún problema, porque el especulador usa, instrumentaliza, “devora” a las personas y a los medios para alcanzar sus objetivos de beneficio. Cuando la economía está habitada por empresarios, las empresas son amigas de la gente y también de los pobres. Cuando pasa a manos de los especuladores, todo se estropea. Con el especulador, la economía pierde la cara, pierde caras. Detrás de las decisiones no hay personas y por tanto no se ve a las personas a las que hay que despedir. Cuando la economía pierde contacto con el rostro de las personas concretas, ella misma se convierte en una economía sin rostro y por tanto despiadada».

Comentando las dificultades para actuar a causa del exceso de normas burocráticas, el Papa Francisco pone de relieve que muchas veces la política aprueba leyes que presuponen desconfianza hacia aquellos que operan en la economía:

«Hoy debemos temer a los especuladores, no a los empresarios. Pero paradójicamente a veces el sistema político parece alentar a los que especulan con el trabajo y no a los que invierten y creen en el trabajo. Porque crea burocracia y controles a partir de la hipótesis de que los actores de la economía son especuladores. Aquellos que no lo son, se encuentran en desventaja y aquellos que sí lo son, logran encontrar la forma de eludir los controles y alcanzar sus objetivos. Es bien sabido que normas y leyes pensadas para los deshonestos acaban penalizando a los honestos».

Aquí, el Papa Francisco subraya la “vocación laica” del empresario, que le permite superar los obstáculos que encuentra, con las palabras de Luigi Einaudi, un economista que en la postguerra fue presidente de la República Italiana:

“Miles, millones de individuos trabajan, producen y ahorran a pesar de todas las cosas que nosotros podemos inventar para estorbarles, detenerles o desanimarles. Les impulsa una vocación natural, no sólo la sed de ganar dinero. El gusto, el orgullo de ver prosperar a su empresa, de ganar crédito, de inspirar confianza a cada vez más clientes, de ampliar las instalaciones, son cosas que constituyen un resorte de progreso tan poderoso como el dinero. Si así no fuera, no se explicaría por qué hay empresarios que invierten en la empresa todas sus energías y todos sus capitales para obtener muchas veces un beneficio mucho más modesto que el que podrían ganar segura y cómodamente dedicándose a otra cosa”.

Tras la intervención de una sindicalista preocupada por el paro actual y por la incertidumbre ante la revolución industrial 4.0, que amenaza con reducir aún más los puestos de trabajo, el Papa Francisco subraya la importancia del trabajo para el ser humano. Dios se ha manifestado en los lugares del trabajo más que en los lugares de culto, haciéndose hombre como artesano e hijo de un ama de casa, aunque fuera Sede de la Sabiduría:

«La falta de trabajo implica mucho más que la falta de una fuente de renta para poder vivir. El trabajo es también esto, pero es mucho más. Trabajando nos hacemos más personas, nuestra humanidad florece. Los jóvenes sólo se hacen adultos trabajando.

La Doctrina Social de la Iglesia siempre ha visto el trabajo humano como participación en la creación, que continúa cada día gracias también a las manos, a la mente y al corazón de los trabajadores. En la tierra hay pocas alegrías mayores que la que se experimentan trabajando. También hay pocos dolores mayores que los del trabajo: cuando el trabajo explota, aplasta, humilla y mata. El trabajo puede hacer mucho mal y mucho bien. El trabajo es amigo del hombre y el hombre es amigo del trabajo. Por eso, no es fácil reconocerlo como enemigo, porque se presenta como una persona de casa, incluso cuando nos golpea y nos hiere. Los hombres y las mujeres se nutren del trabajo, incluso cuando se convierte en un alimento envenenado.

Por este motivo, alrededor del trabajo se edifica todo el pacto social, porque cuando no hay trabajo o se trabaja mal o se trabaja poco o demasiado, la democracia entra en crisis. Este es también el sentido del hermoso artículo 1 de la Constitución Italiana: “Italia es una república democrática fundada sobre el trabajo”. Si no estuviera fundada sobre el trabajo, la república italiana no sería una democracia, porque cuando eso ocurre el puesto de trabajo lo ocupan los privilegios, las castas y las rentas».

Entre los aplausos de 1.500 trabajadores, que se sienten profundamente comprendidos, Francisco afronta para el futuro un aspecto de gran actualidad:

«No hay que resignarse a la ideología… que concibe un mundo donde sólo trabaje la mitad o tal vez 2/3 de los trabajadores, y los demás sean mantenidos con un cheque social.

Debe quedar claro que el verdadero objetivo que hay que alcanzar no es “renta para todos” sino “trabajo para todos”, porque sin trabajo para todos nunca habrá dignidad para todos. El trabajo de hoy y de mañana será distinto, tal vez muy distinto, del trabajo de ayer, pero deberá ser trabajo, porque cuando las personas salen del mundo del trabajo se convierten en descartes, aunque reciban un poco de dinero para sobrevivir. Sin trabajo se puede sobrevivir, pero para vivir hace falta el trabajo. Para todos, pero sobre todo para los jóvenes».

A un trabajador que hace presente que los valores hoy en boga en el mundo del trabajo contrastan a veces con la solidaridad y el amor recíproco del cristiano, el Papa Francisco responde:

«Poner el acento en la competición dentro de la empresa, además de ser un error antropológico y cristiano, es también un error económico, porque olvida que la empresa es antes que nada cooperación, asistencia mutua, reciprocidad. Cuando una empresa crea científicamente un sistema de incentivos individuales que ponen a los trabajadores en competencia entre ellos, tal vez en el corto plazo puede obtener algún provecho, pero pronto acaba minando ese tejido de confianza que es el alma de toda organización. Por eso, cuando llega una crisis, la empresa se deshilacha e implosiona…».

Después, casi por sorpresa, aborda un tema que va verdaderamente contra corriente, recibiendo muchos aplausos de personas que descubren los efectos negativos de un aspecto que consideraban aceptable y válido:

«La meritocracia es muy fascinante porque usa una palabra buena, el mérito…, Pero más allá de la buena fe de muchos que la invocan… proporciona una vestimenta moral a la desigualdad, porque interpreta los talentos de las personas no como un don sino como un mérito… Quienes quedan atrás… son considerados demeritorios y por tanto culpables. Si la pobreza es culpa del pobre, los ricos están exonerados de hacer algo… Pero esta no es la lógica del evangelio, no es la lógica de la vida… La cultura… de nuestro capitalismo usa la meritocracia como el hijo mayor en la parábola del hijo pródigo… para maldecir y descartar a los que no tienen méritos y a los pobres. Ningún hijo merece las algarrobas de los cerdos»

A la pregunta de una trabajadora que, en nombre de “muchos hombres y mujeres sacrificados a los ídolos del beneficio y del consumo” pide consuelo para el malestar que advierte en la pérdida de trabajo, el Papa Francisco subraya el dolor de aquellos que se quedan sin trabajo:

«Quien pierde el trabajo y no logra encontrar otro trabajo bueno, pierde la dignidad, al igual que pierde la dignidad quien se ve obligado por necesidad a aceptar trabajos malos y equivocados: en lugar de un rescate, el trabajo se convierte en chantaje. No todos los trabajos son buenos: hay todavía demasiados trabajos malos y sin dignidad, en el tráfico de armas, en la pornografía, en el juego de azar, en todas aquellas empresas que no respetan los derechos de los trabajadores y de la naturaleza.

También es malo el trabajo de aquellos que trabajan siempre porque las grandes empresas les han comprado, pagando incluso mucho con tal de que no tengan horarios…, para que el trabajo se convierta en toda la vida… El trabajo se hace “hermano” cuando existe un tiempo para el no-trabajo, un tiempo para la fiesta. Los esclavos no tienen tiempo libre… Sin el tiempo de la fiesta, el trabajo se vuelve trabajo esclavo, aunque esté muy bien pagado. Para poder hacer fiesta debemos trabajar: en las familias donde hay parados no es nunca verdaderamente domingo, y las fiestas se convierten a veces en días tristes porque falta el trabajo del lunes. Para celebrar las fiestas es necesario poder celebrar el trabajo, uno marca el tiempo y el ritmo de la otra».

Para terminar, después de haber hablado de la insensatez de la idolatría del consumo, Francisco subraya la altura espiritual del trabajo del hombre y de la mujer cuando es ofrecido y vivido en la presencia de Dios. Y, en un ambiente de emoción general, concluye con la antigua oración del trabajador:

«El trabajo es amigo de la oración, el consumo no. El trabajo está presente todos los días en la eucaristía, cuyos dones son “fruto de la vid y del trabajo del hombre”. Un mundo que no reconoce los valores y el valor del trabajo, tampoco entiende la eucaristía, la oración verdadera y humilde de las trabajadoras y de los trabajadores. Los campos, el mar, las fábricas, siempre han sido altares desde los cuales se han elevado oraciones muy bellas y puras, que Dios ha acogido y recogido. Oraciones dichas y recitadas por quienes sabían y querían rezar; pero también oraciones dichas con las manos, con el sudor y con el cansancio del trabajo por quienes no sabían rezar con la boca. Dios ha acogido también estas oraciones y las sigue acogiendo hoy, aquí y ahora.

Por eso, queremos terminar este diálogo con una oración sobre el trabajo, por las trabajadoras y los trabajadores.

Es una oración antigua y muy hermosa, “Ven Espíritu Santo”, que es también una bella oración del trabajo y para el trabajo. “Ven Espíritu Santo, envíanos un rayo de tu luz. Ven padre de los pobres, padre de los trabajadores y de las trabajadoras. Ven dador de gracias, ven luz de los corazones. Consolador perfecto, dulce huésped del alma, dulce refrigerio. Descanso en la fatiga, brisa en el estío, consuelo en el llanto. Lava lo que está manchado, riega lo que está árido, sana lo que está herido. Dobla lo que está rígido, calienta lo que está frío, endereza lo que está extraviado. Da virtud y premio, da una muerte santa, da alegría eterna”».

 

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