Brasil 2011

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20º aniversario de la EdC en Brasil, del 25 al 29 de mayo de 2011...

Los 20 años de la EdC en Brasil han sido un aniversario importante, no tanto para hacer balance del pasado, como sobre todo para mirar al futuro, a los siguientes 20 años de EdC, desde el 2011 hasta el 2031. En esta página queremos contaros dos importantes actos desarrollados para la ocación: la Asamblea Internacional de la EdC “Protagonistas de una nueva economía hoy” del 25 al 28 de mayo de 2011 - Mariápolis Ginetta (Vargem Grande Paulista) y el acto conclusivo del 29 de mayo de 2011 - Sala Memorial de América Latina (Sao Paulo) - La profecía se hace historia. 20 años de Economía de Comunión.

Aquí podréis encontrar todos los contenidos disponibles en edc-online.org: las encuestas, los textos de las intervenciones, los vídeos, los artículos…

Algunas ideas tomadas de la vida de la EdC como guía para repensar el sistema económico

Logo_Brasile_2011_rid2Panel 3 "Aspectos institucionales y dimensión cultural", 28 de mayo de 2011. Reproducimos la intervención íntegra de Benedetto Gui

Algunas ideas tomadas de la vida de la EdC como guía para repensar el sistema económico

por Benedetto Gui

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La propuesta de la EdC en sí misma no tiene nada que se oponga al sistema económico capitalista. Es más, adopta su institución más típica, que es la empresa, aceptando las normas jurídicas que la regulan. Es cierto que después pide que los beneficios se destinen a finalidades de bien común, pero esto queda sometido a la libre decisión de sus propietarios y los restantes aspectos de la gestión de la empresa podrían quedar tal cual.

Una de las personas que ha leído la EdC de esta manera es Serge Latouche, un estudioso francés muy conocido como teórico del ‘decrecimiento’. Como muchos saben, en un libro suyo de 2003 Latouche criticaba a la EdC precisamente porque, según él, acepta el sistema capitalista tal y como es, limitándose a pedir a los dueños de las empresas que hagan un poco de beneficencia con sus ganancias, siguiendo una lógica paternalista de otros tiempos.

Tomemos la crítica de Latouche como una señal de peligro, del peligro que podría correr la EdC el día en que perdiera su carga de profecía. Pero mejor miremos a las ideas maestras que surgen de la vida de la EdC en la medida en que permanece fiel a su deber ser. Son ideas que no entran en abierto conflicto con el sistema capitalista que todos conocemos pero que, en su conjunto, dibujan una manera muy distinta de pensar y de hacer economía.

Citaré algunas de ellas:

1)    ¿Cuál es la lógica de comportamiento con otros sujetos con los que la empresa interactúa en el mercado?

Una característica básica de las empresas de la EdC es la importancia que le dan a los efectos que su actividad, desarrollada dentro del mercado, produce en los clientes, en los trabajadores, en los proveedores e incluso en los competidores. Una importancia que, en el momento de tomar decisiones, se traduce en un esfuerzo por tener en cuenta también los intereses y aspiraciones de los actores económicos que les rodean. La historia de las empresas de la EdC es una mina de ejemplos en este sentido. Estoy pensando en la empresa argentina que da una segunda oportunidad a un trabajador que había sido despedido por bajo rendimiento; en la empresa española que fabrica jabón para reciclar el aceite que se usa para freír, con el fin de evitar la contaminación del medio ambiente; en el empresario italiano que todas las semanas va a la empresa de un competidor enfermo para intentar ayudarle a mantener viva la empresa…

Esta manera de interpretar el propio papel en el sistema económico se contrapone a la idea de que en un contexto de mercado cada sujeto está autorizado a perseguir su propio interés con la única limitación, respecto de otros actores económicos, de evitar lo que está prohibido por las leyes (o tal vez lo que las autoridades correspondientes consiguen efectivamente prohibir). Según esta visión la empresa sería un sujeto sustancialmente amoral, en el sentido de que no tendría que someter sus acciones a otra valoración que la de la conveniencia. Para empeorar las cosas, a veces hay muchos propietarios y además están alejados de la gestión diaria, por lo que conceden a los administradores poderes muy amplios que se pueden resumir así: haz lo que te parezca; si haces lo correcto tanto mejor, pero nosotros te juzgaremos en base a los resultados económicos que obtengas.

Las empresas de este tipo son portadoras de un interés económico abstracto y anónimo que les lleva a buscar continuamente oportunidades de ganancia sin explotar, se presenten donde se presenten; son sordas a cualquier otra consideración. De este estado de cosas es cierto que pueden derivarse beneficios para los consumidores – eso ocurre cuando la búsqueda del beneficio se expresa en una competición correcta, basada en precios más bajos y/o en una mejor calidad – pero hay mil formas en las que la caza del beneficio puede resultar perjudicial para la sociedad, sobre todo cuando quien debería garantizar el respeto de las reglas es una administración pública inadecuada o domesticada. Se podrían citar muchos casos, pero voy a recordar solo uno: el de las sociedades financieras que se enriquecieron concediendo créditos en forma de hipotecas inmobiliarias a sujetos económicamente poco fiables y vendiendo después en el mercado estos créditos convenientemente ‘empaquetados’ en los llamados ‘títulos salchicha’. Al final, el valor de esos títulos cayó provocando pérdidas enormes no solo a los compradores sino a muchísimos otros inversores (la caída de estos títulos desestabilizó a muchas otras instituciones financieras en un desastroso efecto ‘dominó’); sin contar los cientos de millones de personas que en todo el mundo se han visto afectadas por la consiguiente crisis económica.

Resumiendo y simplificando: la EdC tiene una visión positiva del mercado, en plena sintonía con la reciente encíclica Caritas in Veritate. Pero no cree en la visión optimista y – podríamos añadir – también ideológica del mercado como mecanismo capaz de transformar mágicamente el interés privado en servicio al interés público.

Por eso precisamente proclama (con los hechos más que con las palabras) que para servir al bien común hace falta algo más que la búsqueda de la economicidad; hace falta una fuerte responsabilidad moral, atenta a los efectos que se producen sobre los interlocutores de la empresa, empezando por los más cercanos. Todo ello con sentido común y amplitud de miras, para evitar que el resultado sea la parálisis de las estrategias de cambio de la empresa. Y además sabe que hace falta una reglamentación que favorezca los comportamientos útiles a toda la sociedad y obstaculice los oportunistas.

2)    ¿Lo pequeño es hermoso?

Un tema que tiene relación con el anterior es el tamaño de las empresas. Las empresas de la EdC son, por término medio, pequeñas y tienen estructuras sencillas de propiedad (gran parte de ellas son familiares), dos condiciones que facilitan el ejercicio de una responsabilidad moral personal. ¿Quiere eso decir que la EdC ve con recelo el tamaño grande? Creo que sí, sobre todo cuando el tamaño grande sirve para ejercer un fuerte poder económico (y a veces también político). En este caso también vale, en mi opinión, el principio de subsidiariedad que, en general, se aplica solo a nivel de gobierno, pero que también tiene algo que aportar al mundo de la empresa: no está bien que las decisiones se tomen a muchos niveles jerárquicos de distancia (y tal vez a miles de kilómetros de distancia) de los sujetos que van a recibir sus beneficios o a soportar sus costes (pensemos en los clientes o en los trabajadores), porque así hay un peligro sistemático de olvidar algunas exigencias importantes para ellos. De acuerdo con esta visión, el tamaño grande sólo se justifica por buenas razones (por ejemplo, por la presencia de fuertes economías de escala, como ocurre en la producción de automóviles).

En todo caso, considero que la EdC, cooperativas aparte, no debería limitarse a las empresas familiares. Debemos preguntarnos qué hacer para que su ‘filosofía’ pueda encontrar espacio también en organizaciones más grandes. Dado que nadie quiere que las finalidades de la EdC sean impuestas a los socios minoritarios en contra de su voluntad, hay que pensar en la entrada en el capital accionarial de fondos de inversión que compartan esas finalidades, bien porque formen parte del proyecto EdC bien porque estén cerca desde el punto de vista de los valores (estoy pensando en fondos con una clara connotación ética).

Naturalmente, a medida que la estructura de propiedad se hace más compleja, cada vez es más importante asegurar una fuerte responsabilidad con respecto a los inversores, no solo en materia financiera sino también en cuanto a las opciones estratégicas y a su coherencia con la EdC. Desde este punto de vista, las sociedades que gestionan los parques empresariales – únicos ejemplos, que yo sepa, de sociedades de capital de accionariado amplio dentro del proyecto EdC – pueden realizar un valioso papel como laboratorios.

El hecho de que la empresa se atribuya una responsabilidad moral con respecto a todos los interlocutores, que es una característica de la EdC, nos lleva inevitablemente a pensar en la expresión análoga ‘responsabilidad social de la empresa’, una expresión que se ha puesto de moda en los últimos años. En la medida en que la responsabilidad social de la empresa no sea solo una estrategia de promoción de la imagen, sino que comporte una efectiva adopción de criterios de decisión que tomen en serio los efectos de la actividad de la empresa sobre los sujetos con los que interactúa, la EdC sólo puede verla con simpatía, como una manifestación – tal vez con menor grado de compromiso – de algunas de las orientaciones que la caracterizan.

3)    La retribución de los administradores y directivos.

La lógica de la EdC se contrapone también a otra característica del sistema capitalista actual: la atribución de altísimas retribuciones a los directivos de las grandes empresas en distintas formas (‘bonus’, e sea primas sustanciosas vinculadas a la obtención de altos beneficios; ‘stock options’, o sea la facultad de adquirir paquetes de acciones a precio cerrado, lo que resulta muy ventajoso cuando las acciones suben; o paracaídas de oro, o sea indemnizaciones estratosféricas en caso de despido). En estas prácticas hay un aspecto patológico: no es infrecuente que se trate de formas escondidas de apropiación indebida, al ser aprobadas con la connivencia de los administradores, con la justificación de que incentivan a los directivos a defender los intereses de los accionistas. En realidad, si fuera ese el motivo, no sería necesario que las primas fueran tan altas y además deberían diseñarse de distinta manera. La contradicción ha sido muy evidente en la reciente crisis financiera, cuando los directivos de los grandes bancos de negocios se repartieron bonus por valor de miles de millones de dólares en el mismo momento en que los accionistas  sufrían graves pérdidas y las finanzas públicas tenían que intervenir para evitar quiebras desastrosas. Pero dejemos incluso el aspecto patológico. Tener un director en lugar de otro puede tener efectos millonarios en los beneficios de una gran empresa; entonces no es imposible que, sólo por efecto de los mecanismos de mercado, los candidatos más cualificados puedan conseguir retribuciones cientos de veces superiores a las de sus empleados. Es algo parecido a la retribución de los intermediarios comerciales que, por el hecho de llevar a buen puerto un contrato, consiguen para ellos un porcentaje del negocio, normalmente una cifra desproporcionada con respecto a la compensación que se obtendría contando, incluso muy generosamente, las horas de trabajo dedicadas a la intermediación.

En la EdC, que también opera en el mercado, la lógica es evidentemente otra. La chispa de la que nació la EdC es precisamente la observación de que en la sociedad brasileña – como en otros lugares – algunos tenían más competencias, capitales y capacidades empresariales que las que necesitaban, mientras que en amplios sectores de la población ocurría lo contrario.

Por eso se invitó a los primeros a emprender en beneficio de los segundos. Dicho con otras palabras, la EdC nace para ir más allá de la lógica habitual del mercado, donde lo que cada uno obtiene de su participación en la actividad económica depende de los recursos que posee para poner en juego y de su fuerza contractual. Esta orientación contra corriente de la EdC no se expresa sólo en compartir los beneficios con los que menos tienen, sino también en comportamientos menos visibles como, por ejemplo, dar tiempo y capital para crear o mantener una empresa comprometida con la promoción humana dando valor a los trabajadores menos cualificados, en lugar de dirigirse hacia donde las perspectivas de beneficio son más altas. Es imposible no recordar a François Neveux, que vino hasta aquí para poner en marcha una pequeña empresa con la que apoyar el nacimiento del Polo Spartaco, en lugar de aceptar una oferta de negocio económicamente más prometedora que le llegaba de China.

4)    ¿Actividad económica para qué?

Aquí  nos topamos con la cuestión del sentido, del significado que la actividad económica reviste para quien la desarrolla. Ciertamente, hablamos de la actividad del empresario, pero no solo de ella. La pregunta se dirige en cascada a todas las categorías de trabajadores.

La visión predominante – la que los grandes medios de comunicación tienden a dar por supuesta – dice que comprometerse en la actividad económica sirve para ganar dinero, puesto que la vida económica es por naturaleza instrumental: el dinero ganado sirve para financiar lo que se hace en otros ámbitos de la vida. Allí será donde, en todo caso, se plantee la demanda de sentido, en el momento en que destinamos nuestra renta a adquirir algo que pueda servirnos a nosotros o a nuestras familias o incluso, si se es creyente, a ayudar a los demás.

Pero hay una excepción a lo que acabo de decir: además de ganar dinero, se admite que las personas trabajen para obtener prestigio y poder. Por eso, para motivar a los trabajadores, las empresas, además de las primas monetarias, usan sistemáticamente la palanca de la carrera profesional (un reconocimiento público de sus cualidades, al que se asocia una autoridad mayor además de una subida salarial). En ciertos casos, para motivar al compromiso, se sirven también del prestigio que los trabajadores obtienen por el hecho de formar parte de una organización ‘excelente’ a ojos de la clientela o de la competencia. También la publicidad utiliza el prestigio asociado a la adquisición de bienes que no todo el mundo puede permitirse, alentando la tendencia de los seres humanos a competir también en la vida privada y no sólo en las empresas o a través de ellas.

Todo eso es perfectamente comprensible, pero el hecho de utilizar sólo estas palancas, de que estos sean los únicos valores que se proponen, tiene al menos dos efectos indeseables.

El primero es que por cada persona o grupo que alcanza el éxito o la excelencia, hay otros 10, 100 o 1000 que no lo alcanzan; es como decir que un sistema económico-social que se lo juegue todo en la competición – entre personas, entre empresas e incluso entre naciones – está inevitablemente destinado a producir mucha frustración. El segundo aspecto indeseable es que el objetivo del dinero o del éxito sólo abarca una parte de las personas, que además no es la más importante, y deja sin colmar el deseo de encontrar en lo que hacemos un significado más profundo, diferente a las ventajas que podemos obtener. La vida económica es una parte demasiado grande de la vida de las personas para que quede condenada únicamente a la lógica instrumental. Además existe el peligro de que esa misma lógica se extralimite y se use también para las relaciones familiares, sociales y asociativas, condenando la totalidad de nuestras acciones a no tener sentido en sí mismas, porque deberían servir para algo que siempre se encuentra más allá.

Una de las características y al mismo tiempo uno de los puntos fuertes de la EdC es, por el contrario, la posibilidad de proponer a los trabajadores que sean aliados en una tarea cuyo objetivo primario no es el enriquecimiento de los propietarios sino la creación de riqueza para muchos (los mismos que trabajan, pero también otros, tal vez desconocidos, cuyas necesidades primarias esperan satisfacción). Sin olvidar el otro objetivo: que la empresa se convierta en lugar de interacción positiva entre todas las personas involucradas y al servicio de ellas. En primer lugar los trabajadores, pero también los clientes, proveedores, etc.

Para convencernos de que no estamos hablando sólo de ética, sino también de economía, tengamos en cuenta que la interacción con los compañeros, superiores y subordinados es un componente importante de un trabajo, incluso técnico, hasta tal punto que no se sabe si para desempeñar eficazmente una función son más importantes las competencias y la formación técnica o la capacidad de relacionarse positivamente con los superiores, los iguales y los subordinados. Un buen trabajador debe ser también ‘especialista en relaciones interpersonales’, algo parecido a lo que hacen los animadores de las villas de vacaciones, cuya profesionalidad se demuestra consiguiendo que los huéspedes interactúen de manera agradable y constructiva. Estas consideraciones no valen solo para las ‘organizaciones con motivación ideal’; también valen para las empresas normales, solo que generalmente las gafas que nos ponemos para razonar de economía nos permiten enfocar bien algunos fenómenos pero no otros.

5)    Si los clientes se declaran contentos de comprar nuestros productos ¿de qué más nos preocupamos?

Otro punto que merece la pena poner de relieve y que tiene que ver con el anterior, es que servir verdaderamente a los clientes significa ponerse al servicio de sus necesidades y no convencerles de que compren lo que nos interesa venderles, que es algo muy distinto.

Un buen ejemplo de lo primero nos lo da un empresario recientemente entrevistado en el noticiario de la EdC que, estando poco convencido acerca de un tratamiento fitosanitario que un cliente quería hacer, hizo una comprobación sobre el terreno para llegar a la conclusión de que no merecía la pena. El cliente no daba crédito a lo que veía: “¡Has hecho 200 kms. para convencerme de que no compre tus productos!”.

Esta no es la lógica habitual del marketing, hoy más aguerrido que nunca. No hay duda de que una de las características que diferencian al sistema económico actual de cualquier otro sistema económico del pasado próximo o del pasado remoto, es la intromisión de las propuestas comerciales en la vida cotidiana de los ciudadanos. Sobre esto habría muchas cosas que decir, pero me limitaré a una sola. La intromisión de la publicidad no sería tan preocupante si no tocara un punto débil: la dificultad de definir y después mantener, entre un número más grande que nunca de posibilidades y de propuestas alternativas, un orden de prioridades sobre el destino del propio tiempo y del propio dinero para conseguir realizar un ‘proyecto de vida’ (recuerdo, entre quienes han tenido el mérito de traer este tema al debate económico, a Amartya Sen y antes que él a Giacomo Beccatini).

Así pues, entran en juego muchas más cosas que la simple elección entre un bien de consumo y otro, que es lo que les gusta a los publicistas. El peligro es que, entre el ‘ruido de fondo’ producido por el continuo bombardeo de invitaciones a la autogratificación mediante la compra de este o aquel producto, los miembros de la sociedad de consumo pierdan la orientación y se encuentren en situaciones que nunca hubieran elegido fríamente e incluso terminen por perseguir ‘no-proyectos’.

Muestra de ello es el hecho de que el crecimiento económico experimentado por muchos países en los decenios pasados encuentra dificultades para transformarse en más ‘felicidad’ (o bienestar percibido), tal y como se ha documentado en muchos estudios. El peligro es que una mayor disponibilidad de bienes convencionales, que muchas veces va acompañada de una escasez de ‘bienes relacionales’, sea contraproducente para nuestra vida personal, si no hay un proyecto de vida razonable o si no se tiene la capacidad de perseguirlo junto a otras personas. Es algo parecido a lo que ocurre con el tráfico de nuestras ciudades: una mayor abundancia de automóviles, seguramente más sofisticados y caros, en lugar de facilitar los desplazamientos, los ralentiza.

También a este respecto  la lógica de la EdC se separa mucho de la que predomina hoy y está en sintonía con las propuestas legislativas dirigidas a reducir o desincentivar la intromisión publicitaria, que empiezan a circular aunque todavía un poco tímidamente.

6)    ¿Quién se preocupa de la distribución de la renta?

Algunas de las cosas que he dicho antes apuntan a redimensionar la importancia de los bienes convencionales y de la renta que nos permite comprarlos. No me gustaría que a partir de estas afirmaciones alguien se formara la idea de que para los de la EdC repartir equitativamente la renta no sea importante. Todo lo contrario.

El tema de la justa distribución de la renta es totalmente ajeno a la lógica habitual de las empresas, que están bien contentas de dejarlo a la responsabilidad de los gobiernos, sometiéndose con más o menos gana a las consiguientes contribuciones fiscales. No me gustaría echarles la culpa; es algo comprensible. Pero es un hecho que en los últimos 20 años, por obra de varios fenómenos, las diferencias de renta se han ampliado dentro de los distintos países y también a nivel mundial, pero la opinión pública parece estar poco dispuesta a hacer algo para contrarrestar esta tendencia. El mismo pensamiento político liberal, que ciertamente no es el más intervencionista, siempre ha señalado la igualdad como uno de los objetivos que debe darse una sociedad justa, al menos en el punto de partida. Esto significa, como mínimo, educación y atención sanitaria decentes para todos los niños, con independencia de la situación económica de sus padres. Por desgracia un objetivo como ese parece no sólo lejano sino casi olvidado.

La actitud de la EdC a este respecto es claramente distinta. Lo que quiero poner de manifiesto es que si los propietarios de las empresas de la EdC están dispuestos a renunciar voluntariamente a una parte de sus beneficios a favor de personas que viven en condiciones de indigencia, es porque están ‘gritando silenciosamente’ un claro mensaje político: combatir la miseria y la desigualdad es un deber prioritario de las naciones y de la sociedad internacional; lo que estamos haciendo demuestra que creemos en ello y que pensamos que merece la pena hacer sacrificios por una economía más justa.

Podríamos continuar, pero me parece que con lo que ya hemos dicho podemos llegar verdaderamente a la conclusión de que de las ideas maestras de la EdC se desprende una visión del sistema económico y de la dirección que debe tomar que no tiene mucho que ver con la forma habitual de pensar. Las frases de Serge Latouche que hemos tomado como punto de partida representan para nosotros un desafío. Lo que estamos haciendo y lo que nos estamos proponiendo de aquí al 2031 dicen que este desafío lo hemos recogido.

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