En la Escuela de Economía Civil se habla de “bienes relacionales”

Entrevistamos al economista Benedetto Gui, uno de los primeros teóricos que trabajó en la elaboración de este concepto, ya a mediados de los años 80.

Licia Paglione

fuente: www. scuoladieconomiacivile.itBenedetto Gui rid

Durante los días 20 a 22 de noviembre se ha impartido el módulo del Curso Avanzado de Economía Civil titulado “Los fundamentos de la Economía Civil: los bienes relacionales”. 

Uno de los profesores del módulo es Benedetto Gui, profesor de la Universidad de Padua y actual coordinador del Departamento de Economía y Administración de Empresas  del Instituto  Universitario Sophia. Gui fue uno de los primeros en elaborar, ya a mediados de los años 80, el concepto de Bienes Relacionales. Le hemos entrevistado.

 

¿Cómo cambia nuestra forma de ver la economía con la introducción de la idea de bienes relacionales?

Antes que nada, nos damos cuenta de que, además de los bienes que yo llamaría ‘convencionales’ (los que se compran en los centros comerciales, en Internet, o incluso en una consulta médica) y además de los bienes medioambientales (de cuya existencia e importancia hemos aprendido a darnos cuenta en las dos o tres últimas décadas), existe una tercera e importante categoría de bienes. Dado que el bienestar depende también de estas dos últimas categorías de bienes, no es buena estrategia tratar de atiborrarnos sólo de bienes convencionales, olvidándonos de los otros (es como si para un picnic nos preocupáramos de disponer de la mayor cantidad posible de salchichón pero no nos preocupáramos en absoluto del pan y el agua).

¿Tiene algo que ver este concepto con la forma de medir el bienestar?  

Por supuesto que sí. La forma habitual de cuantificar el consumo, calculando el gasto conjunto de las familias, que termina en el producto interior bruto (PIB) es totalmente inadecuada. Lo que ‘consumimos’ no son las bandejas de comida que encontramos en los lineales de los supermercados, sino ‘actividades’ más complejas, como, por ejemplo, una comida (pensemos en un niño a la vuelta del colegio), que dependen por supuesto de los ingredientes pero también de cómo se ha preparado (comparemos un plato de pasta recién escurrida servido en una mesa bien puesta, con la misma pasta recalentada y consumida sobre el plástico desnudo de la mesa de la cocina, tal vez al lado de alguna caja vacía y goteante), y, lo que no es menos importante, del contexto humano de esa comida (con alguien que te recibe, te escucha y come contigo, o bien en compañía de un videojuego). Lo mismo vale para los adultos y para muchas otras actividades, como salir de casa a dar un paseo y encontrarse en medio del ruido, los gases del tráfico y los coches aparcados en las aceras, tal vez mirando por el hombro porque el barrio no es de fiar, o por el contrario, en una calle tranquila habitada por personas conocidas. Sin embargo, para la forma actual de calcular el bienestar, la primera y la segunda alternativa son iguales. Es más, muchas veces la primera es más importante porque comporta algún gasto más (el videojuego, un filtro para el aire de las ventanas, o un contrato de vigilancia nocturna).

Parece un mensaje dirigido en primer lugar a los responsables políticos. ¿Hay algún aspecto de interés también para las empresas?

Sin duda. Para empezar, somos todos consumidores incluso cuando trabajamos, consumidores de relaciones con los compañeros, los clientes o los superiores. Estas relaciones pueden ponernos nerviosos, humillarnos, irritarnos o, por el contrario, acogernos, respetarnos y tranquilizarnos. Los empresarios y los directivos más espabilados han comprendido que un contexto relacional positivo vale tanto como un aumento de sueldo para retener a un trabajador con talento. O bien que si el responsable de compras está en conflicto con el responsable de producción (tal vez porque se les ha puesto a competir por un ascenso) las dos áreas no podrán colaborar. Los más espabilados lo han entendido, pero no todos, y la cultura empresarial actual no lo pone suficientemente de relieve. Pero además, volviendo a los consumidores en sentido estricto, si las empresas logran entender mejor sus verdaderas necesidades, podrán hacerles propuestas ganadoras sin necesidad de jugar con sus ilusiones o, mucho peor, de engañarles. En definitiva, podrán ganar haciendo de verdad su función, que es la de servir verdaderamente a los clientes.

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