economía de comunión

reciprocità: lettere dal mondo
Trascribimos párrafos de cartas que nos llegan de distintas partes del mundo, enviadas por algunas de las doce mil personas que participan del proyecto EdC, y que hoy logran superar la natural resistencia a hacer conocer sus necesidades económicas, con una apertura a los demás tan valiosa como la de quien decide compartir los propios recursos económicos.

Ahora ya no odio a los ricos
“También yo soy uno de los 12.000 indigentes a los que les llega la ayuda financiera extraordinaria. De este modo he podido concluir los estudios y también conocer la vida de una empresa de EdC. Desde entonces en mí han cambiado muchas cosas: antes odiaba profundamente a los ricos, porque pensaba que no se ocupaban de los pobres, sino sólo de su propio bienestar. Ahora he comprendido que el amor vivido también en una empresa cambia todo”. (Filipinas)

La escuela y la máquina de coser
“Doy gracias a Dios que con su amor se ocupa de mí y de mis tres hijos, porque con la ayuda que llegar regularmente he podido hacer estudiar a los chicos y comprar una máquina de coser que me permite trabajar y sostener así a la familia luego de la muerte de mi esposo”. (Colombia)

No pensaba que tendría que pedir
“Desde que comenzó la ayuda extraordinaria para los indigentes siempre contribuí con mucho gusto y nunca hubiera pensado que un día me habría encontrado también yo entre los que tienen necesidad de recibir ayuda. Este año no puedo dar mi contribución, sino sólo presentar mis necesidades, pero con la certeza de que delante de Dios ambas cosas tienen el mismo valor: “dar”. Experimento que formo parte de una gran familia en la que a veces damos y a veces recibimos”. (Brasil)


Erano un cuor solo...

"Es necesario que el entusiasmo con el cual se puso en marcha la economía de comunión nos acompañe siempre y no defraude las muchas expectativas de los pobres.

La queremos vivir para gloria de Dios y para que vuelva y reviva el espíritu y la práctica de los primeros cristianos:
“Eran un solo corazón y una sola alma y entre ellos no había indigentes”.


Chiara Lubich
Rocca di Papa, 1992